Lost Where I Belong Lost Where I Belong

Álbumes

Andreya Triana Andreya TrianaLost Where I Belong

7.1 / 10

Andreya Triana Where I belong NINJA TUNE

Si tienes la fortuna de poseer un piso con terraza señorial y no sabes qué música poner para esa cena entre amigos post-vacaciones, corre a agenciarte el debut de Andreya Triana. Las ondas jazzies, el tono mellow y la suavidad de su exótica garganta bastarán para que tus invitados te consideren la persona más cool del sistema solar. Quién sabe, a lo mejor incluso te llevas alguna pichoncilla (o maromo) al catre a resultas de tu exquisito gusto como DJ-anfitrión. Lo cierto es que el nuevo fichaje de Ninja Tune, a quien ya habíamos empezado a disfrutar con dos maxis completados por remezclas de Flying Lotus y Mount Kimbie, posee la capacidad de mantener su propuesta musical en perfecto equilibrio en esa línea donde música para anuncio de coches y artesanía independiente se confunden. Los radicales del nu-soul electrónico no se sentirán cómodos con sus vaharadas de coffee table music, pero tampoco los que se pirran por Des’ree y similares encontrarán en “Lost Where I Belong” un hueso fácil de roer. Este groove intermedio tenemos que atribuírselo a Simon Green, aka Bonobo. El productor de alias simiesco se ha dado a conocer por su tacto a la hora de actualizar ese género antes conocido como acid jazz, y su reciente “Black Sands”, también para Ninja Tune, le acredita como un alquimista bien capacitado: no hace nada nuevo, no busca el grial electrónico, pero sus destilados con instrumentación real de trip-hop, jazz y soul cumplen su cometido, que en este caso no es otro que el de sonar como un suave rumor de fondo para que la calidez vocal de Andreya refulja con toda la fuerza posible.

En la magnífica “Draw The Stars”, un bajo y unos tenues violines se convierten en una alfombra casi imperceptible para que la vocalista londinense surfee descalza. Sus gorgoritos, por cierto, son delicatessen negroide. Todo el disco funciona bajo estos parámetros. Bonobo siembra la huerta con fondos relajados, veraniegos, nocturnos y ensoñadores para que la voz de la chica haga bueno aquello de “it’s mostly the voice” que acuñara Guru en los mejores años de Gang Starr. En la canción que da nombre al disco, por ejemplo, tan sólo escuchamos una guitarra acústica de crepúsculo playero, unas cuerdas ocasionales y una batería con escobilla; es cuando entra Andreya que el tejido de la composición adquiere toda su textura y color. Sí, podríamos decir que el disco se sostiene por entero en la garganta de felpa de una artista que ha sabido buscar un tono a medio camino entre la celebración y la melancolía: sus vaharadas melódicas a veces llegan como susurros, a veces como lamentos, a veces como la confidencia de una amante después del sexo, a veces lanzan mensajes de comedido optimismo. Sabe manejar los estados de ánimo y sabe exprimir perfectamente la cara más humeante y azulada de la voz que Dios le ha dado. En cortes como “Daydreamer” –¿es cosa mía o recuerda a Portishead?– ofrece una importante demostración de versatilidad y fuerza vocal, yendo de los falsetes a los tonos más cavernosos con una fluidez impresionante: es el mejor momento de un sucinto álbum –apenas nueve canciones– que nos descubre una cantante portentosa y nos hace pensar inevitablemente en el próximo LP. No tengo nada en contra de los breaks jazzies de Bonobo, pero es necesario subir las apuestas: con un copiloto más arriesgado como productor, la nueva esperanza negra del soul británico dejará de una posibilidad para convertirse en algo mucho más serio y mucho más grande. Con ambición, el milagro es posible. Óscar Broc

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