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Álbumes

Atlas Sound Atlas SoundLogos

8.8 / 10

Atlas Sound  Logos KRANKY- 4AD / POPSTOCK!

Lo de Bradford Cox es de otro mundo. Cuatro discos maravillosos –uno de ellos doble–, varios epés y montones de temas y covers despachados en apenas tres años no están al alcance de cualquiera. El proyecto de “Logos”, segunda entrega bajo el nombre de Atlas Sound, estuvo a punto de abandonarlo en su momento cuando se le filtraron sin querer algunas demos y temas de apoyo a través de su cuenta de Mediafire. Cox se agarró entonces un mosqueo de cuidado, pero decidió retomarlo y gracias a Dios que lo hizo, ya que en caso contrario nos hubiéramos visto privados de otra de las cimas de su admirable carrera. “Logos” es mejor y mayor que “Let The Blind Lead Those Who Can See But Cannot Feel” en todos los sentidos. En primer lugar, supone para Atlas Sound lo que “Microcastle” significó para su hermano mellizo Deerhunter, esto es, una concreción del sonido en formas más transparentes además de un ajuste más ortodoxo al concepto de “álbum” que allí se sublimara y del que cojeaba su debut en solitario. Es algo que contrasta con su idea declarada de buscar un disco de canciones más que un conglomerado en donde pese más el todo que las partes, pero digamos que por el hecho de que todo le sale bien aunque no quiera, “Logos” se degusta como un conjunto superior, el embalaje perfecto de su ya característico sonido: ese minimalismo espectral y maleable que parece mutar a cada escucha.

Su música, translúcida como su propio cuerpo, acaba convertida en algo psicosomático. A ella se accede como a través de una puerta secreta que nos desvelara todas las ideas que revolotean en su cabeza. Allí dentro, y en oposición al “mythos”, el “logos” de Cox celebra la pureza extrema de la mente: la verdad y la inteligencia basadas en razonamientos lógicos per se. Así, se sirve únicamente de su intuición para dejar que todo fluya virgen y con ese marchamo de experiencia religiosa. También orgánico y mucho más espontáneo, como él mismo anunció previamente al lanzamiento, y alejado del concepto más introvertido de aquel debut compuesto a solas en una habitación. Entendido como una experiencia de mayor alcance que no hablara sólo sobre su infancia, paranoias y preocupaciones, y apuntando a cotas de expresión más universales, “Logos” se aleja del quiste digital y multicapa que entumecía “Let the Blind…” y aparece salpicado de numerosos tramos acústicos. Llama mucho la atención otro dato que nos vuelve a poner sobre la mesa la superioridad cualitativa de Cox: casi todos los temas fueron registrados directamente en sus primeras tomas, hasta el punto de que él mismo declara no recordar haber grabado varios de ellos (!). Esto da cuenta de la grandeza de su talento: cómo depurar sin esfuerzo un sonido experimental que nunca suena pedante, cómo deconstruir las ideas para volverlas más inteligibles. Al igual que Animal Collective, Cox logra la quimera de hacer sonar cercana la vanguardia, de convertir a la psicodelia en algo tan apetecible como una golosina, de licuar el zeitgeist que nos define sin dejar de mirar hacia arriba y hacia delante.

Reciclaje inescrutable de los hallazgos de sus bandas favoritas (repasen las mil pistas diseminadas en las mixtapes que va colgando en su blog), las canciones de “Logos” dan lugar a un microcosmos en el que flotan nebulosas de bubblegum y donde los puntos de anclaje se señalan con esmero para que nadie resbale en su interior. Bien marcados en negrita, sobre el resto de temas destacan especialmente tres que desafían la horizontalidad del resto del minutaje. Uno es la magnífica “Shelia”, donde se busca el amor para no morir a solas de la mano de una envidiable melodía que se dobla. Otro es su soñada colaboración con Laetitia Sadier en “Quick Canal”, casi nueve minutos de impresión en los que, a lomos de un beat en clave Neu!, se cruza el puente que separa el krautrock del shoegaze sobre una canción-río que alcanza a los mejores Stereolab. Y luego está “Walkabout”, uno de los singles del año. Cocinado junto a Noah Lennox ( Panda Bear), es el resultado de la fascinación que la dinámica de Animal Collective como banda produjo en Cox a lo largo de su gira conjunta. En él se libra una orgásmica batalla a dos voces sobre un glorioso sample de un tema The Dovers que salió a relucir mientras echaban en el autobús de la gira una batalla de iPods. El resto de canciones no desmerecen en nada el talante de dicha tríada de singles. Frágiles misterios, todas se suceden plácidas e irreales como dulces sueños, extraterrestres baladas que vienen y van sumergidas en un viscoso líquido amniótico. En concreto, llama la atención la favorita de Bradford, una preciosa “Attic Lights” en clara sintonía con aquella grácil y ligera “Microcastle” (la canción, no el disco). Pero ya sea flotando entre loops ( “Logos”) o gemidos procesados ( “The Light that Failed”), todas brillan en manos de un mago que convierte en oro todo lo que toca y que no ceja en su empeño de abrir infinitas ventanas a la ilusión y la fantasía.

Cristian Rodríguez

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