Little Broken Hearts Little Broken Hearts

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Norah Jones Norah JonesLittle Broken Hearts

7 / 10

Sí, es cierto: el corazón de Norah Jones está roto. O lo estuvo, al menos. Este disco, el quinto en solitario en su carrera desde convertirse en la cantante de jazz favorita en las conversaciones de media tarde a la hora del té, es el resultado de pasar por momentos difíciles, por desengaños de amor y demás miserias de la vida. Norah Jones parecía la chica a la que todo le sonreía, que acumulaba éxitos en la música y alguna participación en el cine de autor, el bueno, como cuando se puso a las órdenes de Wong Kar-Wai en “My Blueberry Nights”, pero su interior es tan frágil como el tuyo o el mío. Y sí, es cierto, “Little Broken Hearts” se diferencia de sus otros discos por el dolor que contiene, por una fragilidad que siempre había estado en la obra de Norah Jones pero que aquí se percibe, si no nueva, al menos sí real. No entra en detalles en las letras, nunca nos explica con precisión qué le pasa, qué le han hecho, a quién ama o a quién desprecia, pero sin duda lo que sí nos deja esta grabación es la instantánea de una mujer cambiada, que ha sufrido un severo choque de realidad y que, en vez de hundirse, ha salido victoriosa con su material más maduro hasta la fecha.

Sólo os pido que, cuando escuchéis “Little Broken Hearts” –es más, os pido que lo escuchéis de verdad, que superéis el prejuicio y os acerquéis a sus canciones– lo hagáis sin tener en cuenta quién es ella o cuántos premios Grammy ha coleccionado, olvidando que su música ha sonado muchas veces en la sala de espera del dentista o que le gustaba a tu novia aquella tan sosa y a sus amigas de la clase de yoga. Esto es otro rollo. Por supuesto, te encontrarás con la Norah Jones sensible e incluso lánguida de “Come Away With Me” o “Feels Like Home”, pero sin rastro de jazz. Tampoco es que hubiera mucho jazz –entendiendo el jazz como algo serio y difícil– en sus anteriores discos, pero aquí ya no hay nada. Absolutamente nada. En cambio, hay instrumentación de rock de madrugada, baterías tocadas con escobillas, guitarras sigilosas y líneas de bajo serpenteantes que llevan a Norah a su segunda pasión, el melodrama pop con tintes de country-pop, o de banda sonora de película rodada de noche y en exteriores. No es exactamente lo que hace con su grupo de amigos, The Little Willies, tampoco.

La culpa la tiene el productor elegido para llevar a buen puerto este “Little Broken Hearts”, Danger Mouse. Han trabajado juntos y a lo largo de todo el disco, como si fuera una colaboración estrecha. Lo intentaron en 2009, pero no salió bien. Ahora, tres años después, se confirma que había química entre Brian Burton y la mujer de la voz de gasa, y que sólo necesitaba un empujón para entrar en esas praderas del folk espiritual y grabarse unas canciones en las que pareciera Dusty Springfield. Una tras otra, las canciones, con sus matices –en “Travelin’ On” son las cuerdas, diminutas y discretas, pero decisivas; en “4 Broken Hearts” es el bajo pulsante, en “Happy Pills” es el beat soul, que es como una canción de Gnarls Barkley sin el vozarrón de Cee-Lo; es el primer single y el más comercial de todos–, se despliegan en una sucesión homogénea y elegante, donde pesa más la melancolía y la tristeza que el fogonazo feliz. Tampoco es un disco desesperado, de lo que se deduce que a Norah Jones las cosas del alma y el corazón ahora le van mejor, pero se intuye que darle brillo a estas canciones sido un proceso necesario para sanar, para purgar sus miedos y frustraciones. A partir de aquí, quién sabe lo que ocurrirá: puede formar equipo con Danger Mouse o seguir una línea más ‘de autor’ en futuros trabajos, dando prioridad a sus necesidades del espíritu antes que a sus prioridades del bolsillo, o puede volver al jazz inofensivo. Pero tanto si mejora como regresa a su anterior rutina, Norah Jones ya tiene en su discografía su LP distinto, el que dentro de unos años recordaremos como el mejor y más especial de los suyos.

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