Lineage Lineage

Álbumes

Shigeto ShigetoLineage

7.9 / 10

Shigeto

Los vapores que manan de “Lineage” te anegan los pulmones con un calor reconfortante: es future beat evolucionado y convertido en una melancólica ranchera de cuyos efectos resulta imposible escabullirse. Shigeto ha vuelto con más atmósfera y menos bombo clap con un fascinante mini-LP zurcido a la lumbre de un sonido más atmosférico y adulto –si se me permite la expresión– que en su anterior esfuerzo, el notable “Full Circle”. Había expectación para desentrañar las posibilidades de futuro del prodigio de Ghostly International, y “Lineage” deja pavimentado el porvenir más inmediato de nuestro hombre con lisura ejemplar. Escuchar al Shigeto actual transmite la misma suavidad que patinar sin fricción, en el mismo vacío.

De todos modos, Zach Saginaw no renuncia a la paleta sonora que ha coloreado su aura desde siempre; líneas de bajo mortecinas, crujidos funkoides, beats enrollados como caracolas, apuntes folklóricos con tacto de wasabi, teclados esponjosos, chisporroteos cósmicos aquí y allá, tonalidad otoñal. Lo que pasa es que ahora las pinceladas de este kanji digital se revelan mucho más livianas, curvilíneas y delicadas que antes. La evocación se impone al puzzle post-hip hop, un sabio viraje hacia la profundidad emocional que distancia considerablemente al beatmaker de la maraña dillaísta agolpada en la superficie de todo este invento.

Superado el oleaje psicodélico del boom californiano, queda ahora todo un océano en calma en el que Saginaw chapotea cual recolector de coral: un descenso celestial a los abismos de un sonido acuoso, relajante, zen; música futurista para escuchar en horizontal y en suspensión de ánimos. El nuevo álbum de este productor estadounidense con ancestros japoneses es, en otras palabras, una delicada variación de la paisajística Shigeto con mayores dosis de folk alienígena, IDM nebuloso, jazz crepuscular y silencios evocadores.

Las polirritmias ondulantes, los teclados jazzies y la gracilidad del tríptico que da nombre y abre el disco dejan muy claro que el corsé se afloja, que la respiración se ralentiza y que la noche se escurre entre los dedos. “Ann Arbor Part 3 & 4” es otra gema: líneas de percusión superpuestas, efectos ondulantes, sintetizadores intimistas, breaks de geometría cambiante, voces que aparecen y se van. Incluso en “Soaring”, donde aflora el Shigeto más previsible, los resultados siguen siendo narcotizantes; los claps invernales, las melodías subyacentes, las guitarras microscópicas y los guiños de future folk levitan en los auriculares derramando hipnotismo a borbotones.

Y cuando el beatmaker se aparta de la ortodoxia percusiva del hip hop –por mucho que la deforme–, encontramos en su alquimia vías de escape apasionantes, como el chillstep feérico de “A Child’s Mind”, el drum’n’jazz quebrado de “Field Trip” o el digidub melódico de “Please Stay”. Shigeto afianza su talento a golpe de jazz atmosférico y cuaja una obra de artesanía digital finísima en todos sus detalles, incluso en su presentación, con una portada en la que vemos la casa de su tatarabuelo en Hiroshima a principios del siglo XX. Un disco, en resumen, que debería estar prohibido en verano. Esta magia sólo funciona en tiempo de bufandas y hojarasca.

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