Light Divide Light Divide

Álbumes

Jon Porras Jon PorrasLight Divide

7.6 / 10

Hay que admitir que, de entrada, cuesta tomarse en serio a un tipo que se llama Jon Porras. El recuerdo del mítico (y falso) vidente que observaba el porvenir en los tubérculos y los tomates, de nombre propio Paco, sigue demasiado reciente como para que ese apellido no caiga en saco roto. Pero una vez nos quitamos de encima el deje infantiloide que nos lleva a apreciar los chistes sobre la caca y los tontos, podremos intentar elevar nuestra estatura para mirar cara a cara a uno de los productores más sólidos y coherentes de la última escuela ambient. Jon Porras es miembro de Barn Owl, un dúo que en su ya extensa discografía ha tenido como misión rasgar la oscuridad -una mezcla entre doom al estilo de Sunn O))), abundante en estructuras repetitivas de una nota- para dejar que por sus rendijas se asomara la luz. Y desde que en 2011 debutara en solitario con “Undercurrent”, sus intentos han sido constantes y bien dirigidos. Quizá sea en “Light Divide” -¡el título lo dice todo!- donde mejor consigue esa intención de transmitir una música que sea resplandor y tiniebla, sombra y calor. Lo hace con ese matiz estético que le opone a Barn Owl: si allí todo es más sólido y terrestre, con guitarras extendidas hacia lo desconocida y apuntaladas por sintes, Jon Porras en solitario se lo monta con instrumentos analógicos. Sólo que en vez de sonar cósmico, suena cavernoso. La infinitud ctónica, un descenso al Hades.

Pero en “Light Divide” parece como si hubiera atravesado la tierra y asomado la cabeza por el otro lado para mirar las estrellas. El último corte de este nuevo disco se titula “Pleiades” -un grupo de estrellas en la Vía Láctea-, y el primero “Apeiron”, la palabra griega que aparece en los textos de filosofía antigua para sugerir la idea de infinito (el infinito metafísico, no el infinito matemático). Entre medias los tracks adoptan denominaciones más mundanas, pero la música es más ligera que nunca en la trayectoria de Porras. Las capas de sintetizadores son livianas y flotan con tranquilidad; por debajo late un pulso frío, como un dub congelado, el mismo que años atrás sostenía las primeras grabaciones de Deadbeat y actualmente las de Loscil. Es sobre todo a este segundo a quien más se acerca “Light Divide”, un disco que busca la inmensidad, pero que quiere hacerlo a escala humana, sin desarraigarse: de ahí ese equilibrio entre lo espiritual y lo terrenal, entre la luz y la tiniebla. No es el mejor disco de estas características que se ha publicado en los últimos tiempos, porque la competencia está durísima entre los neo-cósmicos, pero probablemente sí sea el que compensa con un equilibrio más cuidadoso la ambición de sus intenciones y la grandeza de sus resultados.

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