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Sage Francis Sage FrancisLi(f)e

6 / 10

Sage Francis  Li(f)e ANTI

Rock indie y rap. Flequillo y gorra. Mariposeo y masculinidad. Heroína y porro. Dos mundos separados por un himen que sólo los penachos más osados pueden profanar. Y ni con ésas sale siempre la cosa bien. Hay materiales en este mundo que es mejor no mezclar: el curry y la mahonesa; la mermelada de arándanos y las croquetas de jamón; los jerseys de rayas y las camisas de cuadros… ¿Pues sabéis qué? Sage Francis ha decidido que no. Que el hip hop y el indie se pueden beber de la misma coctelera sin arrufar la nariz ni poner pucheritos de asco. No es una mala táctica para mantener vivo el street buzz. Te rodeas de una escuadra imposible de colaboradores totalmente ajenos a tu mundo y así consigues que la curiosidad de la gente se dispare como un géiser rabioso. Una lástima, de todos modos: quizás en los 90 la cosa habría removido las aguas, pero en estos tiempos de hartazgo y crisis, lo que menos apetece a un amante del hip hop es escuchar guitarras acústicas, y lo que menos apetece a un indie kid es ver a un tío rapeando sobre la vida de un ladrón de coches.

Vamos a ver, que nadie dice que Sage Francis sea un MC excrementicio. Al contrario, si algo consigue darle valor a este galimatías popfolkrockistarapcountry es precisamente su verbo, su libreta, su musculosa dicción. Sigue siendo un escritor dotado, amasa con vigor sus relatos y consigue conducir milagrosamente un autobús sin frenos por un peñasco suicida. ¿El tema estrella esta vez? La religión. Francis la aborrece y nos lo hace saber a su estilo: de forma directa, con buena literatura, con un poder indudable. El problema es la música. El problema es la incomprensible boutade de envolverse en guitarras acústicas crepusculares, electricidad indie, paisajillos folkies, blues populista y épica rock, como en los siete interminables minutos del primer corte, “Little Houdini”, o en la sonrojante “London Bridge”, un pastiche con sabor british que da hasta repelús. No os perdáis los nombres que le acompañan en el disco: Mark Linkous (descanse en paz), Jason Lytle, Chris Walla, Devotchka, Calexico… Hasta sale Yann Tiersen dando la tabarra en la anonadante –por lo de pedorra y cultureta– “The Best Of Times”. Son todos la hostia en verso en su mundo, nadie lo pone en duda, pero apestan más en este contexto que una mofeta moribunda en un quirófano. Si algo saca uno en claro de temas como “The Baby Stays” –country folk con violín granjero– o “Three Sheets To The Wind” es que en este mundo no todo vale, que lo del mestizaje, la fusión o llamadlo como os de la gana es un engañabobos. Cada loco con su tema. Los experimentos en casa y con gaseosa. Bla, bla, bla.

Eso sí, hay que decir que no todo el álbum merece arder en la hoguera. Curiosamente, los pasajes más intimistas y spoken word acaban siendo los mejores momentos del disco. “I Was Zero”, a pesar de la guitarra, tiene un punto nostálgico- memory lane muy interesante. “Diamonds And Pearls” es una bonita marcha fúnebre: ritmos letárgicos, percusión de Semana Santa, ambiente horrorcore y nada de guitarrazos –gracias, señor–. Me gusta el universo onírico de “16 Years” y su sabor a banda sonora de película de terror de los años 70. En fin, imaginemos qué pasaría si cogiéramos las letras de este disco y las encajáramos en un contexto musical hip-hop, es decir, con pelos en el pecho, beats gordos, bajos duros y samples de funk. Pues que la nota no bajaría del 7.5. Imaginemos, pues.

Óscar Broc

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