Life Cycle of a Massive Star Life Cycle of a Massive Star

Álbumes

Roly Porter Roly PorterLife Cycle of a Massive Star

7.9 / 10

En una entrevista del pasado año para The Quietus, Roly Porter relataba sus experiencias como carpintero y padre cuando, tras la disolución de Vex’d, el dúo del que formaba parte junto a Jamie Teasdale, alias Kuedo, decidió alejarse de la música durante un par de años. Divertido, comentaba cómo pasó la mayor parte del tiempo construyendo enormes estructuras de roble, haciendo concursos de lanzamiento de hachas y jugueteando con sierras mecánicas. Resulta curioso imaginarse en tales tesituras, tan terrenales, a alguien cuya carrera musical se ha caracterizado siempre por su apego conceptual y sonoro a un imaginario próximo a la ciencia-ficción, a la distopía posthumana, a lo espacial y remoto.

Su aproximación al género sería, en cualquier caso, la del humanista antes que la del fantasioso. Como él mismo asegura en la entrevista mencionada, a Porter le interesan los futuros posibles, la geopolítica de la ciencia, antes que las aventuras, los héroes de acción o el futurismo brillante de viajes imposibles y contactos alienígenas. A través de su música, por tanto, realizaría una exploración grave y emocionante de panoramas humanos específicos y de la relación de estos con el resto de fuerzas misteriosas, salvajes y temibles, del universo. Así pues, teniendo claro este punto de partida, no resulta difícil trazar una línea evolutiva entre aquel “Cloud Seed” (Planet Mu, 2010), último esfuerzo conjunto de Vex’d, y este “Lyfe Cycle of a Massive Star” (Subtext Records, 2013), sin olvidarnos por supuesto del imprescindible “Aftertime” (Subtext Records, 2011) que se sitúa entre ambos y que dio a conocer a un Porter que en solitario se manejaba en terrenos mucho más cercanos al ambient industrial, el noise, el drone aislacionista o las bandas sonoras que a cualquier derivación del dubstep (el primigenio, el urbano, subterráneo y nocturno) , género con el que hasta entonces se le venía asociando.

Esta línea nos llevaría entonces desde el disco del Apocalipsis, “Cloud Seed”, cuya portada mostraba una ciudad futurista en ruinas (su compañero Kuedo elegiría reconstruirla como retroutopía gibsoniana en su disco post ruptura, “Severant”, también para Planet Mu), hasta “Aftertime”, que describiría un mundo después del tiempo humano (de ahí el título), y finalmente a una cierta culminación, abriendo el zoom de la cámara hasta alejarnos lo suficiente para ver esa misma tierra en su contexto, la enormidad incomprensible del universo y la fuerza titánica, colosal, de las mecánicas celestes. El aura conceptual es fácil de detectar, ya que el disco se estructura en cinco tracks, o fases, que marcan los estadios del ciclo de vida de una estrella, desde su creación a la explosión que la destruirá. De ese material se nutre este disco, un trabajo más centrado y conciso que su antecesor (concisión que en primer lugar se refleja en su duración: poco más de 30 minutos) pero que parte de sus mismos preceptos sonoros para estirarlos y llevarlos unos cuantos pasos más allá.

Para empezar, “Life Cycle of a Massive Star” es un disco de tono y maneras bastante más grandiosos, cosa fácil de intuir teniendo en cuenta su temática, pero que además no tarda en percibirse a nivel sonoro. Los recursos de “Aftertime” (el drone, los crujidos que salen de ninguna parte y se vuelven por donde vinieron, alguna voz en segundo plano que parece no decir nada, el uso de cuerdas que parecen respirar desde otra galaxia) siguen ahí. Las sonoridades que usa son graves, espaciosas, están hechas de materia flotante, pero sólo tardamos diez segundos en darnos cuenta de por dónde van a ir los tiros, cuando unos pulsos acelerados y repetitivos entran en juego para marcar un ritmo punzante a lo Steve Reich que en el anterior disco estaba casi del todo ausente (Porter afirmaba haberse alejado conscientemente de cualquier percusión o patrón reconocible). El uso de loops distorsionados o golpes cíclicos de sintetizador dotan a estos temas de una vida nueva, y de una capacidad de agresión que en algunos momentos se echaba en falta en su mucho más abstracto predecesor. Daría la sensación de que en ese sentido Porter se siente más libre y mucho más confiado a la hora de utilizar los recursos que tiene a mano para crear paisajes, escenas, movimiento. Para crear dinámicas donde “Aftertime” era eminentemente estático, nebuloso, lejano.

El disco continúa a partir de aquí avanzando como un titán por atmósferas ruidosas y golpes de martillo, utilizando como decimos el ruido como elemento rítmico de una forma que traerá buenos recuerdos a los fans de Ben Frost época “Theory of Machines” y dejando que algunas cuerdas majestuosas entren en escena de vez en cuando, melancólicas, desnudas pero nada tímidas, en algunos de los momentos más inspirados del álbum (esa “Gravity” que realmente atrapa). Uno empieza a pensar entonces en Deaf Center, en el “Glimmer” de Jacaszek, piensa en Raime o en el “Cosmos” de Murcof, piensa en todas las estupendas películas de ciencia-ficción que se ha tragado, desde “2001: Una Odisea en el Espacio” a “Solaris”, y en que Porter también podría haber hecho una banda sonora a la altura de la que hiceron Frost y Daníel Bjarnason en 2011 o de las que suele trazar con mano maestra Jóhann Jóhannsonn. Piensa en el espacio infinito y en de dónde saldrá ese vozarrón que hace los coros en la muy épica “Birth”, pieza también recorrida por pulsos de intensidad creciente, atravesada por relámpagos que descansan (de nuevo) sobre una cama de cuerdas. Piensa sobre todo en por qué demonios tuvieron que separarse Pan Sonic después de parir el discazo que fue “Gravitoni” (Blast First Petite, 2010).

Y aunque todos estos referentes son estupendos y un disco que los trajera a colación debería ser buena noticia sin duda, hay algo en la construcción de este segundo largo de Porter que no acaba de permitirle llegar a engrosar este grupo de luminarias. Quizás sea esa duración escasa que comentábamos antes, 35 minutos que dejan con ganas de más, de un desarrollo más complejo y prolongado, de una mayor complejidad en los timbres durante un tiempo creado para perderse en él. Siendo en realidad tan ambicioso en las sonoridades utilizadas y en la temática, uno se pregunta por qué Porter no quiso estirar un poco más su propuesta para realmente permitir al oyente sumergirse más en ella. Hasta cierto punto uno tiene la impresión, motivada también por el hecho de que cada uno de los cinco cortes tenga una entidad particular bastante definida y particular, de estar escuchando píldoras o cortes muy pensados y trabajados pero que son en realidad adelantos de algo por venir que, esta vez sí, será tan salvaje como el puñetazo de ruido que se te viene encima cuando en “Giant”, último corte del disco, la estrella por fin explota. Pelos de punta entonces, y la esperanza de que Porter profundice en esta senda tan interesante que esta vez parece quedarse de alguna manera a medio camino en medio del vacío interestelar sin acabar de llegar del todo al corazón.

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