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Heartbreak HeartbreakLies

7 / 10

LEX

Que I-D Magazine diga del dúo formado por Ali Renault y Sebastian Muravchix que son “el futuro de la música dance”, ¿revaloriza su propuesta o la desgasta? A Heartbreak hay que juzgarlos como lo que son: un capricho de temporada, una boutade musical con un ojo puesto en las revistas de tendencias y otro en los clubs más postureros y ¿modernos? Y sin embargo el dúo ha sido capaz de parir un disco con drama y dolor que por amanerado, incontenido y excéntrico, tiene muchas papeletas para acabar siendo algún día reivindicado por algunos como “gema a redescubrir” de la música de baile más extravagante. Las canciones de Heartbreak podrían funcionar igual de bien en una fiesta queer alojada en los bajos de algún destartalado club underground berlinés, en el desaparecido plato de Aplauso, al lado de Falko o Modern Talking en el hilo musical de una atracción de feria ambulante -autos de choque, preferiblemente-, o en cualquier lugar para el roce y el baile encerrado en los confines de Chueca. Sus canciones encajarían mejor junto a Was (Not Was), Nicky Siano o Laid Back en una de las recopilaciones “Disco not Disco” de Strut que en cualquier ámbito electrónico contemporáneo. Con razón desde ciertos medios se viene asociando el nombre de Heartbreak con el revival italo-disco en su facción más camp.

El inglés Ali Renault sirve en solitario unas bases que, aún permitiéndose un buen catálogo de destellos marcadamente retro y calculadamente hortera –esos sintes arpegiados, cajas de ritmo la mar de ochenteras-, en general se decantan por sonidos más oscuros y electrosos que hunden sus raices por igual en el techno underground de los primeros noventa, en el electro de la vieja escuela, en el heavy-metal de los ochenta y en la música disco –y post-disco- de finales de los setenta. El problema (o la bendición, según quién mire) reside en ese abigotado histrión argentino que responde al nombre de Muravchix, siempre cantando de forma afectada, siempre al borde de la entonación histérica. ¿Soy el único que agradecería una versión instrumental del álbum? Quien enfrente el oído a su tono de voz y pase la prueba, tendrá asegurado más de un momento de goce y baile desatado. ¿Se imaginan al cantante de The Darkness y a Sparks puestos de poper en un club moderno londinense? ¿A Tino Casal alternando con Alexander Robotnik en una fiesta organizada por Fanny McNamara? Pues eso. Glamour canalla, postureo y drama para hacer bailar a esa loca que todos llevamos dentro.

Luis M. Rguez

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