Let?s Change The World With Music Let?s Change The World With Music

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Prefab Sprout Prefab SproutLet?s Change The World With Music

9.1 / 10

Prefab Sprout  Let’s Change The World With Music KITCHENWARE / PIAS SPAIN No se asusten de aquí a final de año si abundan los sobresalientes por estas páginas. El ejercicio toca a su fin y las discográficas entregan ahora su material más valioso con la vista puesta en las consabidas listas de finales de año y en los parabienes que conllevan. El grupo que nos ocupa lo tiene todo ganado de antemano y sin esfuerzos, pero con Prefab Sprout resulta cruel hablar de oportunismo. La reaparición de Paddy McAloon en el panorama actual hay que celebrarla de la única manera que se merece: como el regreso por la puerta grande de un genio que nunca se fue del todo. Apenas existen artesanos pop de su calibre, y el simple hecho de tenerle de nuevo entre nosotros demanda automáticamente un cambio de valores, desnivela balanzas y nos obliga a medirlo todo con otro rasero.

Como las buenas leyendas, la historia de “Let’s Change The World With Music” es la historia de un secreto. De la mano de una banda que ya no existe, McAloon retoma sus días de gloria rescatando del olvido una colección de canciones a la manera en que Brian Wilson resucitara hace cuatro años “Smile”, un trabajo cuyas “profundas cuevas de la melancolía” han sido una constante obsesión para nuestro hombre. Se trata de las demos que hubieran marcado la transición entre “Jordan: The Comeback” (1990) y “Andromeda Heights” (1997), las cuales quedaron encerradas bajo llave en el baúl de los recuerdos junto a otros miles de proyectos inacabados entre los que destacan un álbum sobre el mito de Michael Jackson, una ópera generada por software y bautizada “Digital Diva”, y el acústico retrato autobiográfico “Blue Unicorn”. Compuesto en 1993, éste que ahora nos ocupa tenía que haber sido producido en su momento por Thomas Dolby y editado por una Sony que no lo supo o no lo quiso entender.

La exhumación de los once temas que se salvaron de morir sin haber nacido siquiera supone una de las mejores noticias que le podían ocurrir a un pop actual que se retuerce esquizofrénico y confuso como nunca. El clasicismo de temas como “Earth, The Story So Far” o “Ride” sienta cátedra, y la perfecta caligrafía con que se escribe todo el álbum desengrasa oídos como un potente desinfectante. Todo ello se matiza con la mejor coartada conceptual imaginable: el amor por la música es el protagonista de las letras. No es la primera vez que McAloon escribe sobre el hecho de componer canciones, pero aquí el alcance metamusical desborda cualquier idea preconcebida y, combinándose con un romanticismo exacerbado, da lugar a una jugada maestra. El resultado es toda una declaración de amor a la música y sus afueras: en forma de mil imágenes preciosas, se la reverencia como a una princesa y se la piropea como algo “más rico que el dinero y más popular que la fama”. La música como la razón de las razones, la voz de Dios, una salida justo a tiempo, la cura definitiva… Un eterno femenino, en definitiva, al que jurar amor incondicional por los siglos de los siglos.

Pero en 2009, y casi veinte años después de su concepción original, ¿a qué responden estas canciones? En plan desfasado, podríamos decir que responden a la llamada de la gloria bendita; porque todo el engranaje del disco funciona de manera pluscuamperfecta. Después de un buen lavado de cara y de un frotamiento acondicionador con ProTools, las canciones despuntan presumidas y coquetas, emperifolladas al máximo pero con una clase, una distinción y un estilazo inalterables que sobrevuelan a vista de pájaro modas, momentos y calendarios. Sin descanso se suceden intros para llorar de alegría, armonías cautivadoras, corcheas en libertad saltando entre estribillos y unas instrumentaciones soberbias que parecen haber ingerido la pócima de la eterna juventud. El tono asilvestrado y mercurial roza la plasticidad del MIDI, y los brillos irisados del tapiz instrumental tiran líneas hacia el que posiblemente sea el vergel de contemporánea más florido de la década que termina. Hablamos del enorme I Trawl The Megahertz (2003), pista clave para entender este trabajo y otro hito de McAloon del que nadie, injustamente, parece acordarse.

Casi veinte años después de haber rozado las mieles del mainstream, el bardo de Durham escala de nuevo puestos en los charts de Noruega y Reino Unido. Roba corazones allá por donde pasa y, empeñado en escribir la canción más bonita de Europa, firma un guilty pleasure arrebatadoramente rosa, pero anclado en las antípodas de la frivolidad. “Let’s Change The World With Music” es una ceremonia de pop maduro, lustroso y sensual, recomendada con fervor para amantes de la sofisticación defendida por The Blue Nile, Barry White, The Style Council, Daniel Ash o Steely Dan. Pero, sobre todo, es un regalazo de valor incalculable para aquellos que siempre confiamos en que algún día McAloon volvería a escribir algo tan bonito como “Steve McQueen” (1985). Mágico. Magnético. Magnífico.

Cristian Rodríguez

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