Let The Night Roar Let The Night Roar

Álbumes

King Cannibal King CannibalLet The Night Roar

7.6 / 10

King Cannibal  Let The Night Roar NINJA TUNE

King Cannibal le debe el nombre artístico a sus ansias por grabar CDrs de manera casera, a su ineludible pasión por fagocitar todo lo que le llega a las manos y escupirlo en forma de megamix. Lo que en su día era el arma perfecta para ligar con chicas sensibles, Dylan Richards –hasta hace muy poco conocido como Zilla– utilizaba esas sesiones para mearse encima de la cantidad de clichés estandarizados en forma de CD-mixes que empezaron a aflorar a finales de los 90 y principios de esta década que ahora se acaba. Primero con la ayuda de Buddy Peace, de Lex Records, con el que jugó una partida de ajedrez publicada como “A Friendly Game of Chess” (2003) –en la que se incluía una treintena de temas con Beck, Brian Eno, Pixies, Cornelius y Jimi Hendrix bien empastados, editados, cortados y machacados en un más que iconoclasta tracklist que parecía un chiste largo–, y luego ya a su bola, libre como el sol cuando amanece: como no estaba conforme con la cantidad de tracks que se incluían, nuestro amigo el caníbal decidió darse el atracón en solitario en la siguiente mixtape, titulada esta vez “One Foot In The Fire, One Fist In The Air” (2005).

Llegó a meter casi ochenta temas en una sesión de esas eclécticas que ahora tanto se llevan en internet y que demuestran la pericia del que la pincha (o no), por un lado, y su amplio abanico de posibilidades y desacomplejados gustos musicales, a la par que rebuscados recursos musicales, por otro. El set en cuestión se iniciaba con Laurie Anderson ( “The End Of The World”) y acababa también con ella ( “Walking & Falling”) –se ve que rinde pleitesía a la neoyorquina, porque en el primer mix ya entraba un par de veces–, pero es que entre medio sonaba desde Queen a Beastie Boys pasando por Armand Van Helden, The Herbaliser o DJ Food –por aquí deben ir los tiros, ya que se le comparó el invento en cuestión con el mix “70 Minutes Of Madness” de Coldcut de una década antes–. Según reza en su bio, tal bacanal de sonidos no podía dejar indiferente a amigos del bootleguismo ilustrado como Erol Alkan o amantes de la sampladelia empedernida como los veteranos amigos de Ninja Tune que un par de veces se jugaron la nevera de su emisora cuando decidieron llamarlo para que fuera al programa de radio oficial del sello, Solid Steel.

Su nombre empezaba a sonar. Por entonces, se convirtió también en el primer artista –sin contrato firmado con la asociación de los atunes– en participar en el club oficial del sello en Londres. Así que esos papeles había que solucionarlos de alguna manera antes de que los malos de Warp se lo quedaran todo para él, ya que había grabado con ellos “Watch And Repeat Play” (2004), otro megamix con el que él y Buddy Peace volvían del revés el legado del sello de Sheffield (y servía además de banda sonora para el DVD muestrario “Warp Vision. The Videos”). Todavía le daría tiempo a grabar un último mix como Zilla, “Grinted Teeth & Brawlsville”, mucho más elaborado que el resto y mucho más agresivo –los dos anteriores no dejaban de ser un poco inofensivos, muy de “vamos a hacer truco de magia que os vais a cagar”, muy del gusto de prestidigitador del corta y pega a lo DJ Yoda, por ejemplo–. Con este último mix nuestro devorador de CDrs de la talla XXL empezaba a sentar las bases de lo que sería su sonido oficial.

Entonces es cuando aparece “Aragami Style” (Ninja Tune, 2008), un maxi que es algo así como la piedra que le faltaba al dancehall para entrar con buen pie entre los aficionados que se pirran por el magma contemporáneo que forman el grime, el dubstep y lo que queda del drum’n’bass, y al que es cada vez más difícil descifrar su ADN original porque ya han follado entre ellos bastantes veces. Fue entonces cuando Mary Anne Hobbs lo empezó a pinchar en su emisora y King Cannibal empezó a tener entidad propia en esa vorágine de ritmos urbanos cada vez más necesitada de nuevos nombres con los que empezar a esquivar la estandarización propia de todo movimiento masivo. Y ahí estaba King Cannibal, presto a empalar el dancehall con lanzas de sintes hardcore en este “Let The Night Roar” y con el que, a más de uno, después de escucharlo, le habrá dado ganas de saltar por la ventana de un bote de alegría y subidón. Todo rebozado de un aceite algo manido ya en otras patatas que nos recuerdan el saborcillo del techno-dub del que se ha abusado últimamente pero que en verdad se deglute con mordiscos ragga.

Un disco muy de escuchar en warehouses de esas en las que, cuando estás dentro a las seis de la mañana rodeado de piesnegros, te preguntas por qué coño lo hiciste. Un álbum muy de mala hostia de productor y DJ de drum’n’bass que pega un puñetazo en la mesa porque se ha quedado sin trabajo. Muy de horror de cartón piedra a la manera de la Hammer. En el fondo, más inofensivo de lo que muestran esas formas de colmillo glotón. Muy británico a fin de cuentas.

David Puente

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