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Álbumes

Cymbals Eat Guitars Cymbals Eat GuitarsLenses Alien

7.1 / 10

BARSUK / MEMPHIS INDUSTRIES

Cymbals Eat Guitars aparecieron en 2009 con su debut, “Why There Are Mountains”, uno de los mejores discos autoeditados de ese año o, por lo menos, uno de los que más ruido hizo (en el sentido literal y figurado de la palabra). Por tanto, era cuestión de tiempo que un sello de peso se fijase en el talento de estos jóvenes de Staten Island y, finalmente, fue Barsuk quien se llevó el gato al agua. El sello de Seattle ha sido el encargado de poner en circulación el segundo trabajo de los neoyorquinos, “Lenses Alien”. Dos años después y pese a los cambios que ha habido en su formación –el teclista Dan Baer cedió el testigo a Brian Hamilton por enfermedad y el bajista Neil Berenholz, tras comprobar que no le gustaba actuar en directo, se bajó del barco y fue reemplazado por Matthew Wipple–, las coordenadas sonoras del cuarteto apenas se han movido un ápice. Algo que queda especialmente ejemplificado en un aspecto: los títulos de las canciones. Abren con “Rifle Eyesight (Proper Name)”, que hace un guiño evidente a “Wind Phoenix (Proper Name)” e incluso recuperan “Tunguska”, aunque esta vez rebautizada como “Another Tunguska” por los sutiles cambios a los que ha sido sometida.

John Agnello, productor de prestigio más que contrastado, se ha encargado de dar lustre a las diez canciones de “Lenses Alien”. Y se nota mucho la mano de un tipo que ha trabajado con Dinosaur Jr., The Breeders y Sonic Youth. Desde el principio, con esa orgía noise que es “Rifle Eyesight” se palpa la influencia de los de Thurston Moore, con un sonido de alta tensión muy parecido al de su último LP, “The Eternal”. Aquí, y en otras piezas como “Definite Darkness”, manejan con maestría los cambios de ritmo y los clímax, como ya hicieron en temas de su debut como “Cold Spring”, pero entonces, de manera algo más caótica. Algo que demuestra que Cymbals Eat Guitars han crecido como músicos. Y, de nuevo, siguen queriendo sonar como el indie de los noventa ( “Keep Me Waiting”). También se pueden encontrar temas de cariz más pop, de esas para corear en conciertos como “Shore Points” y la entusiasta “Plainclothes”.

Con todo, hay que achacarle varios aspectos. Como comentábamos unas líneas más arriba, no ha habido demasiado cambio musicalmente hablando entre un disco y otro. Hay canciones que se parecen demasiado, como “Definite Darkness” y “Another Tunguska”, y, además, cometen el error de ponerlas seguidas. También se han perdido esos temas atmosféricos como “Like Blood Does”, y tampoco hay ninguna heredera del post-punk frenético de “Some Trees”. Es, por tanto, un álbum menos variado que el debut, pero con canciones de suficiente calidad como para que no les penalicemos en exceso. Esto se evidencia en un segundo tramo algo más sólido, con ese breve ejercicio shoegazer ( “The Current”), un acercamiento al terreno de la balada con piano ( “Wavelengths”), los bizarros juegos de guitarra à la Modest Mouse ( “Secret Family”) y el magnífico final ( “Gary Condit”) que viene a resumir todo lo mostrado en este álbum: adornos melódicos, un desgarrador rugido de Joseph D’Agostino y unas letras que nos hablan sobre la dificultad que entraña crecer.

Álvaro García Montoliu

“Definite Darkness”

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