Lasted Lasted

Álbumes

Benoît Pioulard Benoît PioulardLasted

7.4 / 10

Benoît Pioulard Lasted KRANKY

Hasta ahora, siempre me había sucedido con Benoît Pioulard que sus discos no me parecían redondos. No me malinterpreten: entendía sus valores como escritor de canciones, su habilidad a la hora de proporcionar una vestimenta ambiental a melodías que se notaban escritas con una guitarra acústica (esa capacidad para difuminar los bordes de los instrumentos y añadir una pátina de óxido y nostalgia que, salvando las distancias, tanto le acerca a Bibio), me gustaban los arreglos que escribía, las grabaciones de campo que iluminaban muchas de las canciones y ese interés que demostraba por manejar distintas paletas sonoras. Me gustaban sus canciones, en fin, pero las disfrutaba mucho más si las escuchaba por separado que cuando venían todas juntas, empaquetadas en un compacto de bonito (y habitualmente borroso) diseño. Esa, al menos, era la sensación que tenía ante sus dos discos “oficiales” hasta la fecha, “Précis” (Kranky, 2006) y “Temper” (Kranky, 2008): que había demasiadas ideas bullendo en su interior; que parecía que Pioulard había ido escribiendo todas aquellas canciones por separado y las había juntado en un mismo envoltorio, sin prestar demasiada atención a una narrativa interna o a un concepto global. De ahí que siempre le haya preferido en las distancias cortas, con alguno de esos coquetos siete pulgadas que publica de tanto en cuando (y que no por casualidad son el formato perfecto para un artista pop), o incluso con cosas tan obtusas en apariencia como “Dakota/Housecoat”, un más que bonito experimento ambiental que tuvo que autoeditarse en 2006 ante el desinterés de los sellos con los que trabajaba.

Y sin embargo, ahora llega “Lasted” y me tengo que comer mis palabras y mis prejuicios. Y es que Thomas Meluch (que así se llama en la intimidad Pioulard) ha conseguido esta vez alcanzar un raro equilibrio entre grabación de campo y espíritu pop, entre legaña ambiental y miniaturismo melódico. Ha conseguido enhebrar todas sus voces en un discurso único, que va dejando caer canciones brillantes como perlas sobre un escenario tembloroso y emborronado, hasta construir algo parecido a una historia. O mejor, a un álbum de fotografías en el que se fueran sucediendo instantáneas tomadas a lo largo de un viaje: imágenes que pueden parecer inconexas, pero que en el fondo poseen un hilo narrativo invisible. Ya desde el principio, con un “Purse Discusses” que superpone el sonido de varios trenes cruzándose en la distancia y una nube de electricidad estática, queda claro ese carácter cinético y viajero que persigue el disco; un carácter que se acentúa al dejar en todo momento las grabaciones de campo en el fondo de la mezcla, como si fueran sonidos captados de una manera casual y distraída, para así dar más protagonismo a las preciosas canciones que florecen aquí y allá. Canciones como “Sault”, “RTO”, “Shouting Distance”, “Ailleurs” o “A Coin In The Tongue”, que ganan en impacto y presencia precisamente porque están rodeados de remansos ambientales; porque surgen inesperadas y luminosas de entre la niebla, apilando capas de guitarras, voces dobladas y percusiones tímidas, para invocar el espíritu de viejos héroes del pop triste: Nick Drake, Elliott Smith o el Mark Kozelek de Red House Painters. Héroes que no impiden a Meluch perseguir una voz propia: está contenida ahí, en “Lasted”, un disco que termina como empezó, embebido en "Nod", cinco minutos de fantasía nebulosa que suponen el preludio perfecto a las muchas cosas buenas que todavía están por llegar. La primera, no lo olviden, ese inminente disco a medias que ha grabado junto a Rafael Anton Irisarri.

Vidal Romero

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