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FKA Twigs FKA TwigsLP1

7.4 / 10

Nada ni nadie va a evitar que FKA Twigs sea una de las mejores cosas que le haya pasado a la música en lo que va de década. Ni siquiera si este disco fuera un estrepitoso fracaso. El estatus de heroína musical de Tahliah Barnett es inamovible sin salir de los dos EPs que han precedido LP1. El primero aterrizó rodeado de misterio, planchado con aspecto de white label y acompañado de cuatro piezas visuales –una por cada canción- tan impactantes como la música que los acompañaba: una suerte de R&B alienígena o trip hop futurista y una voz, la de Barnett, rebosante de dulzura, un arma perfecta para inducir al colapso emocional. Para cuando llegó el segundo EP, Twigs ya había añadido ese “FKA” a su alias artístico y Young Turks –rastreadores del joven talento musical donde los haya- ya había añadido a Tahliah Barnett a su cartera de artistas.

En ese segundo EP, FKA Twigs hizo equipo no solo con el productor neoyorquino Arca, sino que también acudió a su llamada Jesse Kanda, compañero de aventuras visuales (y tan malrollistas como atractivas) del primero. En EP2 se juntaban tres de las mentes artísticas más visionarias de su generación. El resultado, con piezas como Water Me, puso de acuerdo a fans, entendidos y fans entendidos: si pudiéramos pedirle algo al futuro es que la música popular suene así.

Sin embargo, parece que FKA Twigs ha roto ese compromiso con el futuro en su debut. Las intervenciones de Arca en el disco se reducen, Jesse Kanda –de momento- solo ha firmado la increíble portada y entran al tajo nombres imprescindibles del pop actual, del de ahora y del que vende mucho. Por un lado, productores como Paul Epworth, Dev Hynes, Emile Haynie o Clams Casino. Por otro lado, el director de videoclips Nabil convirtiendo a Tahliah en deidad antigua en el vídeo de Two Weeks. A pesar de los galones que cuelgan en la solapa de todos estos hombres, ninguno ha conseguido lo que hicieron Jesse Kanda y Arca: acercar la música actual a la que podría sonar en 2050. Ni Hours es el beat más inspirado de Clams Casino ni el vídeo de Nabil es novedoso (aunque hipnotice, la fórmula es calcada a la que se usó en el clip de Power de Kanye West) ni era necesaria la intervención de Haynie o Epworth para hacer de LP1 un disco sensacional.

Aunque Twigs ha sacrificado la experimentación y el riesgo para debutar, sigue habiendo elementos esenciales que enamoran por desconcertantes. Por ejemplo, la fricción durante todo el álbum entre la manifiesta pulsión sexual de letras y música y la mística y halo pastoral que exhala la voz de Barnett. No solo los fraseos de Preface resuenan como cantos religiosos de épocas pasadas; en Closer la sensación de estar escuchando plegarias musicalizadas también existe. Porque, en efecto, lo que canta FKA Twigs no dejan de ser plegarias, aunque carnales. El bragging sexual, tan habitual en lo más trillado del R&B, es aquí anatema. Este disco está plagado de sexo y de relaciones íntimas, sí. Pero no de los aspectos de los cuales cualquiera podría presumir, sino de aquellos que se quedan dentro de uno mismo o se reservan para confidentes expertos. Vulnerabilidad e inseguridad ( Lights On, Video Girl), angustia o dependencia emocional.

FKA Twigs, por tanto, no es infalible. Sufre como tú, como yo, como todos, las luces y las sombras de las relaciones personales, a pesar de su encanto y su talento. Esta humanización de su propia perfección es lo mejor de este trabajo. Sin embargo, del hecho de que sea infalible también mana lo peor del mismo. Si había algún artista llamado a hacer un disco que rompiera con lo establecido sin sacrificar ventas era ella. Pero se ha dejado vencer y convencer para acercar su proyecto a eso que llaman “un público más amplio”, que no deja de ser, cada vez más, un pozo de mediocridad. Aquí hay calidad, pero faltan el riesgo y la experimentación. Ojalá lleguen pronto. Al menos, antes del año 2034.

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