Kiss Each Other Clean Kiss Each Other Clean

Álbumes

Iron & Wine Iron & WineKiss Each Other Clean

7 / 10

Iron & Wine  Kiss Each Other Clean

4AD

Sam Beam ha dejado atrás Sub Pop (tras tres discos y un recopilatorio de canciones sin pulir que hasta ahora figuraba como su última referencia) y, con el (históricamente) atormentado sello, ha dejado atrás también su propio tormento. Porque sí, en “Kiss Each Other Clean” brilla el sol, con la intensidad del sol que brilla después de una horrible tormenta (y sirva como claro ejemplo el tercer corte del álbum, “Tree By The River”, o Sam Beam sonando al lado sonriente de Andrew Bird), y el nuevo Beam se deja broncear a la vez que se sumerge en un universo de experimentación que ya probó (y con estupendos resultados) en el aclamado “The Sheperd’s Dog” (2007), su último álbum de estudio.

Pero esta vez es diferente. Porque Beam parece feliz. Admite que se trata de un disco descaradamente pop, que suena, en su opinión, a las canciones que oía en la radio del coche de su padre cuando era niño. Canciones de finales de los setenta, canciones como las de Steely Dan y Gerry Rafferty, canciones que tienen mucho más que ver con el optimismo arrollador (y a ratos hasta poderoso) de Jimmy Eat World que con el descorazonador pop (de autor) de, pongamos, el introvertido Ron Sexsmith. Así habla de extraños que roban besos y de tipos que meten todas sus cartas en una maleta en el arranque,“Walking Far from Home”, un blues (de elegante piano melancólico) de atmósfera borrosa (e industrial); y juega a la americana esperanzada en la, por otro lado, más cercana a lo que hasta ahora entendíamos por Iron & Wine (esto es, un amigo que te susurra sus baches al oído y te hace sentir un poco menos solo), “Half Moon”.

Brotan saxos de melodías imposibles (“Big Burned Hand” es lo más cerca del jazz que Sam Beam ha estado nunca) y de los rincones más recónditos (“Me And Lazarus” empieza como un amasijo de inputs percusionistas y se transforma, cual mariposa sonora, en algo parecido a una canción que se aleja hacia el reggae del futuro). Enloquecen las flautas (en ese artefacto de compases infinitos llamado “Rabbit Will Run”) y el xilófono juega a poner su granito de arena (en las muy setentas y coreadas “Glad Man Singing” y “Monkeys Uptown”). Y luego hay canciones que parecen más una película de gángsters que una canción (como el larguísimo y épico corte que cierra el álbum, “Your Fake Name Is Good Enough For Me”, de nuevo saxos que se asoman como pinchazos en mitad de la noche, repetitivos riffs de guitarra y un sincopado relato sólo interrumpido por los coros, en una primera parte que luego evoluciona hacia uno de los momentos más introspectivos y disfrutables del disco), y está el Sam Beam de siempre, escondido en los últimos minutos del álbum, y, aunque ligeramente maquillado, en el séptimo corte, “Godless Brother In Love”. Pese a los resultados positivos que su irrefrenable afán por experimentar (presente desde su segundo disco, “Our Endless Numbered Days”) le ha dado (y citemos aquí una vez más a su “The Shepherd’s Dog”), es evidente que lo que mejor sabe hacer Sam Beam, a juzgar por la altura que alcanzan los últimos minutos de este “Kiss Each Other Clean”, es dejarse llevar por el lado oscuro (y tormentoso) de la vida.

Laura Fernández

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