King Night King Night

Álbumes

Salem SalemKing Night

8.6 / 10

Salem King Night

IAMSOUND

Hay algo de literario en Salem, como si la realidad fuera incapaz de alumbrar tres seres como ellos. Hay algo que obliga a ser prudente y considerar, de entrada, a John Holland, Heather Marlatt y Jack Donoghue como tres personajes de ficción, máscaras de pura invención que sólo podrían existir en una novela de JT LeRoy como “Sarah” (libro que quiso pasar por autobiográfico pese a ser una mentirijilla de principio a fin). John Holland, por ejemplo, arrastra tras de sí un historial de adicción a la heroína (financiada trabajando en una gasolinera y ejerciendo de chapero), y no hay más que verles las pintas para darse cuenta de que el trío de Michigan –con parte del equipo y su historia profundamente enraizado en Chicago– representan el prototipo white thrash: rednecks vestidos siempre de viernes por la tarde, con ropa rota y sucia, aficionados a la cerveza en el porche, con permiso de armas y vida sin esperanzas en un pueblo de mierda que, cosas de la modernidad, han acabado armados también con cajas de ritmos y sintetizadores truculentos gracias a los cuales pueden mezclar su pasión por las bases rítmicas empantanadas de Gucci Mane o Lil Wayne con atmósferas propias del bosque de “El Proyecto De La Bruja de Blair” y la mansión de “Otra Vuelta De Tuerca” de Henry James. Sí, el fenómeno viral del witch house alcanza aquí su techo expresivo por el momento en un disco que condensa todos los elementos característicos del estilo –saturación de bajos, breaks del rap de Atlanta, voces cavernosas, inclinaciones hacia el juke de Chicago y el pop etéreo del sello 4AD, residuos de cultura rave– con una lógica admirable y un resultado hipnótico. Puede parecer un trío literario, de mentira, pero Salem no es una banda prefabricada para góticos y hipsters. Es demasiado enfermo como para ser falso.

No, Salem son reales. Tienen de literario quizá el nombre que han escogido, muy obvio en su referencia a las fuerzas demoníacas –que tanto puede aludir a los juicios por la práctica de la brujería en Salem, Ipswich y otras localidades del Massachusetts colonial en 1692 como a “Salem’s Lot”, la novela sobre vampiros de Stephen King; como no podría aludir a nada de esto–, pero han estado en contacto con el lado difícil de la vida –drogas, prostitución, bohemia–, todo mezclado con un bagaje sólido en bellas artes y lo han llevado de una forma natural a una música que se desarrolla con aplomo. De hecho, algo así tarde o temprano tenía que ocurrir: si el rap del sur –Houston, Atlanta, Miami– tiene un trasfondo rural, lejos de la civilización cosmopolita, consumista y glamourosa de Manhattan o Hollywood, no era descabellado suponer que pudiera suceder un proceso similar entre la población blanca del norte a modo de reflejo deformante. Si el crunk sureño nació de la mezcla de sirope paralizante y explosivas jams de electro, el drag del Midwest es la causa de escuchar crunk y dream pop (con unas cuantas caladas al papel de aluminio con sus grumos de crack). “King Night” suena como debe ser: reptante, desesperantemente lento, acribillado por voces que parecen a punto de romperse, como una pesadilla de novela fantástica del siglo XIX: ingenua a ojos del lector moderno, inofensiva una vez se sabe que no se esconde ningún fantasma en el armario, pero de igual modo hipnótica, fascinante. Lo importante del álbum, a pesar del bombardeo de bajos (“Asia”) y el grosor de las melodías, es la atmósfera irreal que transmite, entre grotesca y romántica.

Si el “Love Remains” de How To Dress Well es vaporoso –y la fantasía tétrica de un aspirante a estrella del pop–, “King Night” es espeso como la niebla, una misma fantasía tétrica para dos tipos (Holland y Donoghue) que parece que vuelvan de cazar perdices y de una chica (Marlatt) cuyo mejor trabajo en esta vida podría ser el de camarera en una rulot, sirviendo café y huevos en el turno de madrugada. Mientras tanto, ellos sueñan con ser superventas del rap y vivir atrapados en las redes de texturas enmarañadas de “Loveless”. Hay un flow momificado en “Sick” que suena a Lil Jon comatoso, al que se le añade de fondo un coro de voces espectrales y una melodía de teclado como las de The Cure (y si no es teclado, son guitarras transparentes, punteadas y envueltas en feedback como en “Killer”, que tiene mucho de My Bloody Valentine mezclado con DJ Screw). En “Redlights” –con mucha más claridad que en “Frost”– la faringe de Marlatt imita el timbre y las caídas emotivas de Elizabeth Fraser ( Cocteau Twins). Cada tema en “King Night” añade una pieza al complejo puzle de Salem, un detalle que engrandece la paleta expresiva de un álbum que merece ser uno de los ejes en los que gira el año en curso: aunque sea objetivamente un patchwork laborioso de influencias y géneros consigue sonar nuevo y distinto al material de otros nombres de la escena witch house ( Balam Acab, por ejemplo, es mucho más europeo, con bases de dubstep y pone un interés mayor en las texturas ambient; oOoOO enfatiza la ralentización enfermiza a partir de la técnica screwed & chopped y parece crear más psicofonías que ambientes). Y además de nueva, lo de Salem también es, en definitiva, una experiencia excitante y rejuvenecedora que merece la pena sentir con el volumen enfermizamente alto, a poder ser con auriculares y fuera de casa, de noche y con el primer frío del otoño.

Javier Blánquez

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