Kaitlyn Aurelia Smith - Euclid Kaitlyn Aurelia Smith - Euclid

Álbumes

Kaitlyn Aurelia Smith - Euclid

7.8 / 10

Por puro azar, Kaitlyn Aurelia Smith puso un día sus manos sobre un sintetizador Buchla -según explica, prestado por un vecino- y ahí cambió decisivamente su dirección musical. Hasta entonces, esta joven del noroeste de Estados Unidos con estudios de consevatorio había estado en bandas pop de poca trascendencia, encerrada en un lenguaje convencional, sin magia. Pero los sonidos del Buchla le hicieron ver la música en diferentes colores: esos timbres fantásticos (o fantasmales), esos repiques de agudos, esas ondulaciones y curvaturas hacia el grave, como toboganes sonoros. Empezó a estudiar el mecanismo del sintetizador y descubrió la conexión evidente con el mundo de la física, las matemáticas y la geometría: se podía hacer música pensando en formas, y el título de su álbum de debut no es casual: se llama Euclid, como el padre de la geometría (o sea, Euclides), porque cada una de las primeras piezas del álbum empezó primero como un diseño geométrico en un papel, o en su cabeza. Música como ejercicio de cálculo, audio como forma y volumen.

Mucha música electrónica, y sobre todo la música electrónica primitiva de los 60 y 70, está lógicamente obsesionada con la geometría, o con la naturaleza entendida como la representación física de las formas perfectas: muchas líneas melódicas y rítmicas suenan como espirales, o como líneas en paralelo, leves o de pesadez volumétrica. Smith, que suena muy cerca de donde lo dejó Laurie Spiegel, la pionera del Buchla -su álbum reeditado hace tres temporadas, The Expanding Universe (1980), es una masterpiece inapelable-, se regala aquí en ese tipo de prácticas, las piezas a veces se despliegan como un arcoíris o adoptan formas esféricas, saltan y vibran en trazos impolutos.

A la hora de describir el contenido de Euclid, es inevitable tener en cuenta otros momentos decisivos del sintetizador Buchla; en este caso concreto, el Seven Waves (1982) de Suzanne Ciani, más que el Silver Apples of the Moon de Morton Subotnik, ya que más allá del uso nerd de la tecnología, lo que persigue la autora es delinear canciones: todas las piezas están conformadas con una sonrisa melódica. Pero incluso así, no es un disco pop: es electrónica vintage colorista, mucho más etérea que la que podía producir el más rígido sintetizador Moog. Kaitlyn Aurelia Smith juega con eso: sin un teclado en el que apoyarse, los sonidos revolotean y se difuminan.

La primera parte es la más predecible, a la vez que la que permite un acceso más fácil al público no especializado. En esas primeras seis composiciones utiliza la voz, recordando por momentos a los comienzos de Stereolab ( Stunts), o a los remixes bailables de Laurie Spiegel que produjo Jeremy Greenspan para el sello de Caribou hace dos años ( Sundry). Pero el mejor bloque es el que conforma la segunda parte -se supone que la cara B; es el típico disco que parece hecho para escucharse en vinilo-, una colección de miniaturas, doce partes, titulada Labyrinth, y que explica Smith que empezó a componer pensando en una película muda que descubrió en YouTube. Es aquí donde se puede apreciar su destreza exclusivamente electrónica, su lado más técnico, y aunque no da pruebas de virtuosismo, tampoco las da de flaqueza: comparado con The Expanding Universe, el disco del que emana como si fuera una semilla, tiene un punto amateur, inmaduro. Y la primera parte no tiene todavía la prestancia y la solidez del Tragedy de Julia Holter. Sin embargo, los dos extremos están bien equilibrados, ella tiene ideas y muchos (muchísimos) momentos de Euclid son encantadores, brillan con una belleza intensa. Hay artista y hay futuro. Urge un segundo disco (a poder ser, no-euclidiano).

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