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Lee Gamble Lee GambleKOCH

8.3 / 10

Una de las mejores cosas que le ocurrieron a la música electrónica en 2012 fue la irrupción en la escena de Lee Gamble o, para decirlo con mayor precisión, su entrada en el sello experimental PAN, pues su carrera ya había comenzado un poco antes al servicio de Entr’acte, ese refugio para músicos post-digitales vinculados a la supervivencia de la electroacústica. Ocurre que PAN, sin dejar de ser un bastión de lo sesudo -en su catálogo hay verdaderos cocos, huesos durísimos de roer-, mantiene un vínculo flexible con la cultura rave, y en ese sentido la alianza con Lee Gamble fue la conexión definitiva que elevó a PAN hasta ser uno de los sellos relevantes de esta década -ahora mismo, por encima de Raster-Noton, por ejemplo- y a Gamble como uno de los exploradores de nuevos territorios con el olfato más fino. Paradójicamente, Lee Gamble emprendió su búsqueda de lenguajes futuros a partir de la reordenación sistemática del pasado. El primero de aquellos dos discos antológicos de 2012, Diversions 1994-1996, era una alucinación ambient formada a partir de la unión de diferentes pasajes atmosféricos sacados de viejos maxis de drum'n'bass (Lee Gamble deshuesaba los breakbeats, separaba la calma de la velocidad y, una vez tenía todos los momentos vaporosos, meditativos y relajantes, los reunía en un lienzo extenso que conjuraba más misterio que paz), y el segundo, Dutch Tvashar Plumes, trataba con las estructuras del techno de los 90, con el beat rápido y el envoltorio metálico, con patrones rítmicos irregulares y pulposos, como si de repente se hubiera puesto de moda recuperar a Cristian Vogel.

Dos años después, el productor inglés tenía varias alternativas sobre la mesa: podía lanzarse a la música de baile, aprovechando el precedente de Dutch Tvashar Plumes y el ejemplo de artistas cercanos como Frank Brtschneider, o podía no traicionar sus raíces ambientales y seguir el camino de Diversions, que al fin y al cabo fue el título más celebrado de aquella dupla -entró en el número 35 en la lista de mejores discos de 2012 según The Wire-. Pero, como ya se ha dicho antes, hay una preocupación fundamental en la manera de producir de Lee Gamble: lo nuevo, todo lo que hace es en pos de lo desconocido. Aunque haya buceado en el pasado para componer su obra, nunca ha sido con el impulso nostálgico de recuperar, sino con la intención mágica de conjurar: como Leyland Kirby, lo que encuentra Lee Gamble en el pasado son fantasmas, rastros de ectoplasma musical que vagan sin rumbo en un mar de olvido, y que le interesan únicamente por su potencial poético. Y al revisar fuentes lejanas y darles su toque personal (ya sean Omni Trio o Model 500), la música resucita con una vida distinta, parecida a lo que fue sólo en ciertos rasgos de la forma, y nunca en el fondo.

Así, KOCH no es ni ambiental ni techno, ni nostálgico ni avanzado, sino todo a la vez. Lee Gamble ha optado por una síntesis en su regreso a PAN, y además por estirar al máximo la longitud de la experiencia entregando un álbum doble -lo que antes separó en distintas entregas, ahora se confunde en un salteado desconcertante-. Aquí hay material para contentar a quien espere una segunda vuelta de la arqueología drum'n'bass de Diversions (en el corte inaugural, Untitled Reversion, o más adelante en Frame Drag- y para quien busque su dosis de bombo a latigazos ( Motor System, que es lo más cerca que ha estado del clasicismo de la Motor City; de ahí el título, se supone), pero nunca permite Lee Gamble que ningún aspecto formal domine por encima del concepto completo, que sería algo así como ocupar con sonido una vasta región de la cartografía sonora contemporánea o, quizá más probablemente, toda la extensión de su pensamiento. Lee Gamble no produce para el club ni tampoco para los pajilleros de lo experimental: produce para comprenderse, para ordenarse, para situarse en un lugar y en un momento; si existe un equivalente musical a los ejercicios de psicogeografía que se dan en literatura podría ser éste, porque suena a observación con infrarrojos del mapa de Londres, Berlín y Detroit, destacando espacios que muchas veces nos resultan familiares, pero a la vez trastocados, y desconocidos una vez se ha procedido con la mudanza.

A lo largo de todo el álbum, Lee Gamble juega con la precisión del sonido y con la sensación de lejanía o falta de enfoque ( Nueme, que es un techno con pocos BPMs, parece que se nos esté distanciando a cada compás; en vez de perfilarse y hacerse poderoso se vuelve borroso), y sobre todo intenta que el álbum no lleve nunca por un terreno familiar. Cada pista se sostiene en un suelo húmedo e inestable -no es un campo de minas, tampoco son arenas movedizas, pero nunca se tiene la sensación de pisar sobre seguro-, y es en esa textura gomosa donde KOCH consigue su objetivo final: sonar nuevo sin serlo, sonar antiguo sin parecerlo, alternar sabiamente los instantes de especulación ambiental, que pueden ser tanto frustrantes como expansivos ( Flatland, Ornith-Mimik, Oneiric Contur), con los puramente techno ( Gillsman, 6EQUJ5-7, Jove Layup.., Caudata), y salir del laberinto sabiendo que, tanto si ha sido hacia delante o hacia atrás -al final nos damos cuenta de que ni una cosa ni la otra; KOCH es puro presente-, el viaje ha merecido la pena.

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