Junip Junip

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7.2 / 10

Aunque Junip no sea exactamente ‘su banda’ –porque no se trata de la jerarquía de líder más acompañantes, sino de una colaboración democrática entre iguales–, el destino del trío sueco permanece estrechamente ligado a los vaivenes de la fama de Jose Gonzalez. Elias Araya (percusión) y Tobias Winterkorn (teclados) aportan muchísimo del músculo y la piel de estas canciones de apariencia folk y son tan suyas como del que más, pero aún así nadie sería capaz de negar que cuando más altos están los índices de popularidad del cantautor al que descubrimos con aquella versión acústica de The Knife ( “Heartbeats”) a través de un anuncio de coches, más arriba estará el interés por escuchar un nuevo disco de Junip. En los últimos tiempos, si se hace memoria, estos índices parecen situarse en mínimos (no por pérdida de calidad, sino por falta de actividad), y esa sería la razón por la que el segundo álbum de la banda ha llegado sin crear apenas expectación y muy poco ruido. Recordemos que el primero sí fue un pequeño acontecimiento en el mapa independiente europeo: editado en 2010, llegaba después de diez años del nacimiento de Junip, tras numerosos retrasos y con el atractivo añadido del hype que había rodeado a Jose Gonzalez entre 2004 y 2007, y del que entonces todavía estábamos recibiendo ecos. “Fields” no era un disco estupendo y tenía sus problemas (también exigía un ajuste mental a un nuevo mensaje para el que posiblemente no llegamos a tiempo), pero apareció en un momento especialmente adecuado. Con “Junip” ocurre lo contrario: es sensiblemente mejor, mucho más cuidadoso e inspirado, formado por unas canciones bellas y hechas con cariño, y sin embargo el entorno no ha parecido demandar este regreso.

Muy mal por el entorno, habría que decir: estas diez nuevas canciones de Junip son una demostración de que el talento del trío sueco sigue bien engrasado y que no hay que dar por acabado al Jose Gonzalez capaz de dominar las artes de la seducción a fuego lento. Su voz sigue cautivando con una dulzura magnética, y entiende la producción como un ejercicio de pulcritud: la manera en que está grabado este álbum, con todos los niveles en su medida correcta para que los punteos acústicos de guitarra, la voz, la percusión y los teclados entren suaves y con una proyección de luz, es perfeccionista y delicada. Incluso en la pieza más premeditadamente ‘sucia’ ( “Villain”, que además es la más corta, no llega ni a los dos minutos), la rugosidad está cuidada y deja en las baquetas de Araya todo el peso del desarrollo. Rápidamente aparece “Walking Lightly”, que bebe de esa psicodelia folk de bandas como Mount Eerie o el Jim O’Rourke de hace diez años, y “Junip” se reencauza con gracia. Así hasta el final, sin forzar la máquina, sin accidentes, paseando por el lado amable del folk-pop. Recuperando, también, los viejos toque bossa nova de los orígenes de la banda en “Baton”. Todo fácil y todo bien.

Junip recogen algunos acentos más en su segundo álbum que ayudan a darle más relieve y profundidad. Más allá de las letras –muy de chico blanco europeo y sensible con pocos problemas graves, más allá de pequeños desajustes de los afectos–, el carácter del disco se va desarrollando a partir de matices emocionales en las cuerdas: el final es más triste que el comienzo ( “Beginnings” y “After All Is Said And Done” son una especie de folk atmosférico que tiende a la gravedad y concluyen el viaje con una sensación de que no todo es tan bello y armonioso como parece, que hay un lado oscuro que posiblemente aflore más adelante), y el comienzo es más clásico que el final, citando de manera inteligente el lenguaje aceptado del folk de porche y mecedora. En definitiva, es también la demostración de que Junip pueden existir al margen del hype de Jose Gonzalez, una banda que está preparada para existir (y crear con altos niveles de inspiración) más allá de los caprichos de la fama de temporada.

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