Jesus Piece Jesus Piece

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The Game The GameJesus Piece

7 / 10

Uno de los mejores momentos que recuerdo de la historia de la televisión en España es cuando Alfonso Arús recurría a los contadores de palabras en sus programas. La cosa iba de la siguiente manera: de repente veíamos un vídeo de minuto y medio en el que aparecía Josep Lluís Núñez, el otrora presidente del F.C. Barcelona, dando un discurso en una asamblea del club. En el contenido del speech se repetían hasta el absurdo algunas palabras clave, y cada vez que se producía una repetición se escuchaba el sonido de un pitido y aumentaba el contador numérico sobreimpreso. Era una práctica habitual de “Força Barça” o “Al Ataque”, los dos programas estrella del presentador, y desde entonces se instaló en el imaginario de muchos telespectadores esa idea de prestar atención a la gente con el objetivo de detectar esas repeticiones. Si Arús comandara un espacio musical en la actualidad estoy seguro de que tendría en el rapper californiano The Game a uno de sus personajes fetiche. Me lo estoy imaginando: el sonido de fragmentos de cada uno de sus discos y los rótulos con los nombres de 50 Cent, Dr. Dre, Jay-Z, N.W.A. y Compton rivalizando frenéticamente por hacerse con la victoria final.

The Game ha hecho del namedropping su recurso expresivo más característico, pero también lo ha convertido en un enemigo contra el que cada vez parece más difícil luchar. A algunos ya les ha cansado. A otros ya les parece un gag muy parodiable. Y a otros, entre los que me incluyo, nos parece la confirmación de una idea que enseñaba su excelente debut, “The Documentary”: The Game es mejor eligiendo beats y colaboradores que escribiendo rimas. Y “Jesus Piece” probablemente sea el álbum en el que esta sensación parece más acentuada y explícita a oídos del público. La dicotomía nunca fue tan flagrante. Por un lado, las letras, otro prescindible amasijo de referencias, nombres propios, cuitas, reproches y loas –ahora es su colega y compañero de esquinas Kendrick Lamar el objetivo de sus piropos– que saben a refrito y, sobre todo, a agua pasada. La idea original de la portada del álbum –posteriormente autocensurada–, un Cristo tuneado como si perteneciera a los Bloods, parecía muy atractiva a efectos de darle nuevos aires e intenciones conceptuales al contenido del mismo, pero solo se trata de eso, de una idea que en la práctica no va mucho más allá. Por el contrario, seguimos con la misma temática de siempre: el resurgimiento de la Costa Oeste, el tira y afloja con Dr. Dre, las penurias del pasado y la crónica más o menos apañada de sus problemas con otros rappers y la industria. Un chicle ya masticado y estirado.

Pero todo lo que le falta a su apuesta lírica le sobra al apartado musical. Cool & Dre, Boi-1da, Jake One, Black Metaphor y SAP –y Dr. Dre en la versión deluxe: “Dead People” es uno de los mejores momentos de todo el lote– son los encargados de compensar las carencias de su poesía con una magnífica selección de beats. Y Kanye West, Common, Kendrick Lamar, J. Cole, Rick Ross o Meek Mill, entre otros, aportan algo más que fraseos de acompañamiento para rellenar o darle lustre referencial al proyecto: en algunas ocasiones acaban convirtiéndose en los protagonistas de la canción para salvarla. Para muestra dos botones: “Jesus Piece”, en el que ‘Ye y Common suben considerablemente el listón cualitativo de las rimas; y, sobre todo, “See No Evil”, en el que Kendrick Lamar deja claro que el único parecido razonable con su anfitrión es el barrio en el que se han criado. La conclusión a la que se llega después de unos cuantos Fifty, algunos Compton y muchos Dre y después de hits rotundos como “Ali Bomaye”, “Can’t Get Right” o el tema titular es que “Jesus Piece” es un notable álbum de The Game en el que The Game es el elemento más prescindible.

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