Jay Stay Paid Jay Stay Paid

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J Dilla J DillaJay Stay Paid

8.8 / 10

J Dilla  Jay Stay Paid NATURE SOUNDS

Cuando un disco post-mortem, orquestado a partir de producciones inéditas o casi inéditas, de diverso origen cronológico y factura poco unitaria, va camino de convertirse en uno de los cuatro o cinco mejores del año en el ámbito del hip hop, sólo dos conclusiones pueden extraerse al respecto: primero, que el género no atraviesa un periodo de excesiva bonanza y anda escaso de títulos memorables, y eso que este junio ha remontado el vuelo, y de qué manera, con tres o cuatro lanzamientos estratosféricos; o segundo, que el autor del susodicho álbum traspasa con creces la categoría de artista para instalarse en otros dominios, que cada uno decida cuál, pero siempre destacando el talento arrollador que implica el hecho de seguir mandando en el hip hop tres años después de tu desaparición. En este sentido, qué quieren que les diga, este crítico no tiene ninguna duda: J Dilla era un genio, un superdotado, uno de los tres artistas más relevantes de la música negra contemporánea y, por ende, la pérdida más trágica, dolorosa e injusta dentro del universo musical que servidor ha tenido ocasión de vivir en primera persona, en tiempo real, desde que tiene uso de razón. Se sintió, también en lo más hondo, el fallecimiento de Big L, Pimp C, Notorious B.I.G. o 2Pac, pero no es lo mismo, así de claro.

Lo de Big L o Pimp C fue una mala jugada del destino, sí, pero sus portentosas rimas nunca hubieran podido aspirar a cambiar el juego desde dentro, a reformular sonidos y a reconducir tendencias expresivas. Lo de Biggie y Shakur, más sobrados de duende, no dejó de ser la consecuencia más negra de la vida al filo del abismo, de la conversión poco inteligente del realismo peliculero a la realidad de película que trasciende toda ficción o relato exagerado. Dilla, en cambio, se fue en un momento creativo inalcanzable, encerrado en su estudio día y noche, empeñado en llevar el hip hop a otras cotas y dimensiones artísticas, remodelando su discurso y, de rebote, el de cientos de beatmakers eternamente pendientes de cada movimiento, de cada nuevo beat, de cada muestreo y pirueta melódica que salía de su MPC. Y se fue, para colmo de desgracias, por culpa de un lupus que ningún doctor House de turno supo o pudo curar.

No se dirá, o no se le dará importancia en muchas críticas o reseñas, pero sí en esta: buena parte de culpa del éxito de “Jay Stay Paid” la tiene Pete Rock. Me explico. La idea de este disco parte de la madre de Dilla, encargada de mover y defender el legado de su hijo, que quiso recopilar en un mismo álbum aquellos beats y aquellas colaboraciones que, por un motivo u otro, habían quedado sepultadas en un disco duro. Para garantizar la calidad, el criterio y la rigurosidad del proyecto, teniendo en cuenta la avalancha de referencias post-mortem que han visto la luz estos dos últimos años, se llamó a Pete Rock para que supervisara la selección y la integrara con tacto y sentido en el disco. No vale todo en el aprovechamiento de un cadáver, y uno de los principales baluartes de este monstruo es, precisamente, que se ha querido darle entidad, sentido y mucho cariño al proyecto. Y así sí vale. Así es como se le saca partido a un legado por explotar, así es como se rinde tributo sincero y honesto, así es como se encumbra, un poco más, el mito. En ese aspecto, nadie lo dudaba, The Chocolate Boy Wonder lo borda, como siempre. El repertorio, inmejorable; el orden, acertadísimo; y la mezcla, muy fina y sutil, posiblemente el mejor piropo posible para un trabajo así.

Ya en materia, un aviso: “Jay Stay Paid” no es Donuts (Stones Throw, 2006), y por eso no tiene el 10 de nota. Pero se le acerca. Se le acerca porque comparte con esa obra maestra el mismo perfil –larga colección de canciones breves, algunas simples fogonazos; ahí todas instrumentales, aquí un 80% del total–, la misma metodología –lluvia de samples, experimentación enfermiza con el beat, pulso más orgánico, apariencia de cajón de sastre de ideas y probaturas– y el mismo impacto intelectual y emocional: tan sólo les distancian pequeños detalles, punto arriba, punto abajo. Aquí nos damos de bruces con otra exhibición de talento a manguerazos, sin freno, a veces incluso descontrolado. En casi treinta piezas pasamos de ritmos duros y violentos a beats minimalistas y casi avantgarde, nos movemos de momentos casi tristes a arrebatos bailables, de unos cuantos temas instrumentales a colaboraciones con Havoc, Lil’ Fame, Phat Kat, Black Thought o Raekwon, de loops imposibles de funk o soul a manifestaciones electrónicas. Ahora suena a rap neoyorquino, luego a west coast post-Lootpack, más adelante a Detroit rap y después a lo que siempre quiso ser y nunca será Prefuse 73. Y así cada pista del CD, cada surco del vinilo, un viaje imprevisible pero deslumbrante por lo que entonces se suponía que tenía que ser el futuro del hip hop, ni más ni menos que nuestro presente, un enclave en el espacio y tiempo al que, desafortunadamente, todavía no ha conseguido llegar nadie. “Jay Stay Paid” confirma lo que apuntó “Donuts”: J Dilla nos llevaba tres años de ventaja. Como mínimo.

David Broc

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