James Blake James Blake

Álbumes

James Blake James BlakeJames Blake

9.1 / 10

ATLAS-A&M / UNIVERSAL

El primer larga duración de James Blake estaba destinado a ser de esos discos, como el segundo de Burial, o los últimos de Animal Collective o Kanye West, que culminan con una recepción unánime tras varios meses previos en los que la expectación iba aumentando hasta niveles histéricos. Sin embargo, en este caso la recepción va a ser más marcadamente dividida. Algo que, he de decir, hace mucho más interesante escribir sobre él. Y es que lo que tenía que ser una nueva cima del dubstep –o más bien de eso tan difuso que se ha venido llamando post-dubstep, protagonizado por productores como Untold o Mount Kimbie, ambos pertenecientes al entorno de Blake– ha terminado provocando un sanísimo debate sobre los límites del género, debido al acercamiento de este productor londinense a un formato de canción pop más tradicional, y sobre todo a la ampliación de la paleta expresiva de la electrónica británica más inquieta hacia terrenos más introspectivos, de una manera similar a lo llevado a cabo por Kanye West, Drake o Kid Cudi en los últimos años con el hip hop en Estados Unidos.

Para algunos, la señal de alarma llegó primero con la firma de un contrato con un sello multinacional tras publicar en bastiones del dubstep como Hemlock, Hessle Audio o R&S, y sobre todo con la desmedida atención de la BBC, que ha apostado fuerte por “Limit To Your Love”. Precisamente fue esta versión de Feist lo primero que escuchamos del disco, lo que nos indicó que estábamos ante algo muy distinto de lo que se nos había ofrecido en los EPs publicados durante el 2010, sobre todo por la presencia de la voz de Blake durante toda la canción sin estar troceada y manipulada como ocurría en sus anteriores referencias, y por su alejamiento definitivo de las pistas de baile para explorar terrenos más íntimos, bordeando el sentimentalismo del pop mainstream.

Si el primer álbum de James Blake funciona no es, entonces, como un disco de dubstep. Más bien se presenta como un nuevo eslabón en esa tradición británica del soul blanco cruzado con la electrónica más inquieta del momento. Aunque la referencia más clara en este sentido es la del estadounidense Arthur Russell, debido al registro emocional sustentado en una voz inmediatamente reconocible, en la fisicidad del sonido y en los graves y silencios, también se pueden ver rastros de Robert Wyatt o Scritti Politti, ya que al igual que estos Blake ha salido de un contexto de exploración electrónica muy concreto –el sonido Canterbury y el post-punk, en los casos de Wyatt y Scritti Politti– para renovar las posibilidades del soul-pop desde una óptica más experimental.

Las canciones de este disco están lejos de ser convencionales, empezando por la espectral “Limit To Your Love”, apenas sostenida sobre unos acordes de piano, una escueta percusión, algo de reverb, muchos silencios y, sobre todo, un bajo ardiente. Por otra parte, aunque la voz ocupe un plano principal a lo largo de todo el disco, no cumple la función de mediación directa con los sentimientos del artista que se le supone al registro confesional, sino que está continuamente saboteada mediante efectos y filtros casi hasta el exceso, como si quisiera explorar hasta qué punto la voz manipulada electrónicamente puede seguir provocando sentimientos reconocibles como humanos, eliminando la fisicidad de la voz o, como diría el crítico francés Roland Barthes, el grano de la voz. Se establece así una distancia frente a los clichés sentimentales del pop, que establecen como norma esa conexión directa –o más bien la ilusión de esa conexión, aunque esa es otra historia– para así de paso subrayar el gran tema del disco, que es la soledad e incomunicación en un mundo altamente tecnificado pero dominado por la apatía, un tema ya familiar en el post-dubstep de la mano de, por ejemplo, Darkstar.

Junto a la voz, otro instrumento poco habitual en el dubstep es el piano, usado aquí de diversas maneras: en temas como “Give Me My Month” parece que está capturado en una sola toma en directo, como subraya el sonido de ambiente que se puede escuchar de fondo, e incluso recuerda al folk de Joni Mitchell, mientras que en “Why Don’t You Call Me?” Blake se entretiene troceando samples de piano y voz. También hay guitarras, ya usadas en el disco de Mount Kimbie del año pasado, en temas como “Lindisfarne II”, en el que suenan unos acordes perezosos que hacen pensar en el folk más lo-fi. También los sintes están usados de manera interesante, con una presencia casi constante desde la inicial “Unluck” hasta un “Measurements” final que recuerda a algunas de las canciones de Robert Wyatt en su etapa para Rough Trade a principios de los ochenta. Los sintes son, a la larga, uno de los elementos más distintivos del disco, pasando a un primer plano en algunos de los mejores momentos, como por ejemplo en el crescendo final de “I Never Learnt To Share”, donde llega a adquirir un sabor funky. Aunque alejado de las pistas de baile, los entramados rítmicos de temas como “To Care (Like You)”o “I Mind” son la conexión más directa con el post-dubstep de Mount Kimbie o Untold, aunque en la mayoría de las canciones funciona como esqueleto sobre el que se sostiene el tempo relajado de su peculiar visión del soul electrónico.

Finalmente, a pesar de la presencia continua de la voz de James Blake, las letras son minimalistas y esquivas, ocultando más que revelando. En la mayoría de los casos consisten simplemente en unas pocas frases repetidas una y otra vez, como si fuesen samples de otras canciones, reforzando la sensación de introspección del conjunto, aligerada por la calidez melancólica de su soul sintético y por la evidencia final del entusiasmo con el que están hechas las canciones de uno de los álbumes más interesantes de los últimos meses.

Iván Conte

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