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Álbumes

Gonzales GonzalesIvory Tower

8 / 10

Chilly Gonzales Ivory Tower

GENTLE THREAT

¿ Boys Noize y Chilly Gonzales juntos? De repente, un rayo ilumina la sala. El viento barre las aceras. Hay gritos en la calle. Me acerco a la ventana y veo gente corriendo despavorida. Señoras histéricas arrancándose manojos de pelo. Coches en llamas. Muertos saliendo de sus tumbas. Niños con los ojos en sangre devorando a su profesor de gimnasia. Semejante alianza solo puede conducir a la locura, al acabose, a un diluvio universal de mocos, sangre, lefa, sudor y whisky, mucho whisky. Por un lado, un productor de gatillo fácil que acapara algunos de los himnos más silbados por los pastilleros de medio mundo; el berlinés Alexander Rhida es una máquina expendedora de hits que funciona a pleno rendimiento 24/7, un artesano de la fiesta que ha convertido el pop en disco-funk y ha sabido rentabilizar lo mejor de las enseñanzas de Justice y demás fauna. En el otro córner del ring, el entertainer en mayúsculas, el pirado, el hombre peludo, el genio incomprendido, el paisano de Terrance y Philip, el rapper esquizoide, el grandioso Gonzales. Los focos, por supuesto, se ciernen sobre su molondra, que para algo él es la estrellona.

Dos cerebros diseñados, en suma, para epatar a mascachapas y modernos por igual, dos huracanes creativos que comparan bíceps, ponen cara de malo delante del espejo y se sacan del sobaco una colección de temas que podríamos calificar como psychedelic-piano-electro-funk. Lo del piano no es gratuito y no vendrá de nuevo a los fans de Gonzales, que ya dieron buena cuenta de sus habilidades con la tecla en “Solo Piano”, curioso disco de auteur que le valió el respeto de la facción cultureta y le granjeó surrealistas comparaciones con Érik Satie o incluso Billy Joel. Por no hablar de la machada que el canadiense protagonizó el año pasado, haciéndose con un curioso récord Guiness: se tiró 27 horas seguidas tocando el dichoso instrumento sin parar. De modo que haceos a la idea, hay piano en todas las canciones, pero no hay abuso y recreación, lo que se agradece: todas las melodías están en su sitio.

El disco comienza con dos gominolas pisteras de toma pan, moja y relámete, y deja el listón muy alto para el resto del tracklist. “Kinght Moves” se despliega como una delicia disco-kitsch que haría llorar como un bebé a François Kevorkian, y la magnífica “I Am Europe” –de lo mejor del LP– es un sueño húmedo con pianos dramáticos que recuerdan a la música de “Los Vigilantes De La Playa”, hedonismo estilo Studio54 y una letra recitada en medio de la canción de lo más tronchante ( “soy un cenicero para mierdas de perro (…). Soy una axila que suda Chianti, nos dice el viejo Gonzo). En las producciones más bailables y celebratorias es donde Ridha ejecuta las mejores cabriolas y consigue darle a los loops de piano y los raps ocasionales del maestro una dimensión disco-funk absolutamente irresistible. En “You Can Dance”, el hit más sísmico del álbum, el binomio desata todo su potencial: sobredosis de claps, teclas nerviosas, bajo serpenteante, coros retro y lentejuelas setenteras. El mismo patrón sigue “Siren Song”, pero esta vez con unas guitarras eléctricas a medio camino entre “Magnum PI” y “El Equipo A” más un momento vocoder que huele a ‘eau de Daft Punk’. Pero hay en el disco algunas esquinas alejadas de las pulsiones dancefloor que, pese a los recelos, también merece la pena explorar. Son los fragmentos más paisajísticos y psicodélicos, también apreciables a pesar de su extravagancia y brillantina kitsch. “Bittersuite” es un trip de morfina al otro lado del universo. “The Grudge”, una ópera rock con raps desternillantes de regalo. “Rococo Chanel” parece una reinterpretación de las bandas sonoras de “Emmanuelle”. Y por mucho que me haga pensar en Richard Clayderman, me gusta, qué coño, me encanta “Crying”, una balada horterísima con aforismos magistrales como: “No afronto los problemas, me limito a llamar a mi camello”. Sólo un genio puede decir eso y quedarse tan ancho. Larga vida a Chilly; fuck Speedy. Óscar Broc

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