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It’s All True It’s All True

Álbumes

Junior Boys Junior BoysIt’s All True

7.6 / 10

Junior Boys  It’s All True DOMINO

Adoro a Junior Boys, pero ha habido momentos en los que no los he podido mantener en mi iPod. En mi historia emocional, que tampoco les voy a contar ahora, han sido un hilo argumental invisible que ha marcado ciertas subidas y bajadas de ánimo. La llegada de “Last Exit” (2004), a pesar de ser un disco de tintes sombríos, coincidió con una buena etapa en la que las cosas venían de cara, y le tengo un cariño extraordinaro, fue como una manifestación de poder –compositivo, en su caso; el comienzo con “More Than Real” y el beat house de “Bellona” marcaban bien un camino de épica disimulada que acababa culminando en “Teach Me How To Fight”–, pero “So This Is Goodbye” (2006) coincidió con un momento de desánimo y me cuesta regresar a él, a pesar de que lo considero el mejor de sus discos, insuperable, ahí donde Jeremy Greenspan y Matt Didemus lograron el equilibrio entre su synth-pop romántico y los grooves de la última música urbana de Norteamérica, ese sueño que en su cabeza pasaba por tomar lo mejor de The Blue Nile y Timbaland y encontrar una frontera común. En esta historia particular, “Begone Dull Care” (2009) fue un amago de desapego: me gustaron más los remixes, y en general, aunque los canadienses buscaban un cambio de orientación y abrir una nueva etapa –con el descubrimiento de la música disco sintética como un tapiz sobre el que construir maravillas pop–, al álbum le sobraban baladas y le faltaba punch.

Llego a “It’s All True” y la buena noticia es que suena desde el primer minuto como el álbum que tuvo que haber sido “Begone Dull Care”: más DJ-friendly, volcado al club con timidez, pero sin miedo esta vez. Supongo que le habrá ayudado mucho a Greenspan el haber colaborado con Morgan Geist (Metro Area) en su disco de hace tres años, “Double Night Time” (cantaba en “Detroit”, “Most Of All”…). O debería decirlo mejor: aquel impulso del momento, aquel descubrimiento vía Geist del italodisco y las galopadas de sintetizadores rizados de Moroder fue lo que le llevó a grabar “Begone Dull Care” de manera apresurada, sin haber digerido bien los nuevos inputs de aprendizaje. Fue un ensayo –nunca catastrófico, pero recordad que venían de grabar uno de los mejores álbumes pop de la década–, y a la segunda tenía que ser mejor. “It’s All True” es mejor en todos los sentidos: vuelve a contar con todo el equipo –Morgan Geist mezcla “Itchy Fingers”, Kelley Polar se encarga de la orquestación de “You’ll Improve Me”, si el oído no me falla, se incorpora aportando sonidos e ideas Dan Snaith (Caribou)–, y de principio a fin funciona como una unidad entre hedonista e introspectiva, sin puntos débiles apenas.

Hay medios tiempos, como “The Reservoir”, que parece una balada de Eurythmics, o “Playtime”, que tiene los típicos sintes de new age californiana de principios de los 80 a los que tanto partido le han sacado Ford & Lopatin y que servirían para ponerle música a la escena de amor de un remake de “Top Gun”, pero salvando esos dos obstáculos de intención lacrimógena, el resto del LP se asoma a la discoteca sin pudor con el refuerzo de esa influencia italo que en Junior Boys estaba algo apagada y que aquí se enciende de manera definitiva. “Itchy Fingers” recuerda a ese italo algo kitsch –Gary Low, Kano, Fred Ventura– pero siempre encantador en el que Jeremy, de haber sido un post-adolescente en 1981, habría encajado como un guante. “You’ll Improve Me” tiene un toque boogie y adornos ácidos, como la versión vocal de los temas de FunkinEven, y se reproduce el aceleron acid en “A Truly Happy Ending” y “Kick The Can” para marcar dos de los momentos culminantes del disco. “Second Chance” y “ep” se aproximan con buenas maneras al funk electrónico tipo Cameo, pero dejando lejos la actitud camp de sus vecinos Chromeo: hay otro tipo de reverencia, pero hacia las secuencias sintéticas, que Junior Boys entienden como materia sensible. Y lo que tiene sobre todo este cuarto disco es un cierre magnífico: “Banana Ripple” sobrepasa los nueve minutos –hay remix de The Field en el 12”– y resume todo el disco tornando todas sus hipotéticas debilidades, como por ejemplo esa inflexión vocal de Greenspan que podría parecerse a la de Rick Astley, en ventajas indiscutibles. El resultado de “Banana Ripple” es el que indica por dónde deben ir las cosas ahora: a subir el tempo, a flirtear todavía más con lo cheesy, en utilizar el encanto ingenuo de los 80 en beneficio propio –nunca por el revival en sí–, y me da que Matt y Jeremy, que parecen haberse divertido una barbaridad, tienen claro que esto hay que repetirlo y mejorarlo.

Robert Gras

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