It All Falls Apart It All Falls Apart

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The Sight Below The Sight BelowIt All Falls Apart

8.8 / 10

The Sight Below  It All Falls Apart GHOSTLY INTERNATIONAL

Durante una charla que tuve con él el año pasado, a cuenta del concierto que iba a dar en el Sónar, Rafael Anton Irisarri se quejaba de las constantes comparaciones que la prensa establecía entre el primer disco de The Sight Below, el muy bonito “Glider” (08), y la música que firmaba Wolfgang Voigt con su alias Gas. “El único motivo por el que la gente establece esa conexión”, protestaba entonces, “es el bombo en cuatro por cuatro. Quítalo y ya no tendré nada que ver con él”. Decía también que las influencias que reconocía estaban más ligadas al indie que a la electrónica, que a él lo que le hacía caer lagrimones era escuchar un disco de My Bloody Valentine, de Seefeel, de Slowdive. Que era el shoegaze, y no el techno, la auténtica fuerza motriz sobre la que se sustentaban sus canciones.

Repaso aquella charla mientras escucho “It All Falls Apart” y me doy cuenta de que, en esa búsqueda de la legaña ambiental, Irisarri ha potenciado los componentes más texturales de su discurso, sacrificando a cambio los aspectos cinéticos. Los bombos, en fin, no aparecen en el disco hasta bien adelante (es necesario esperar casi un cuarto de hora), y cuando llegan suenan premeditadamente desvaídos, forzando los filtros para evitar esa sensación punzante que podría recordar al techno, diluyendo incluso el sample original hasta que sólo queda una onda limpia, que retumba en el estómago pero no se percibe en el oído. A cambio, ganan protagonismo las guitarras y los crujidos de naturaleza indeterminada. Son estos últimos los que definen la capa base de los temas: escondidos en el fondo de la mezcla, a un volumen en general bajo, su presencia se intuye más que se siente, pero resultan claves a la hora de dar continuidad a las pistas. Y es que las guitarras, llenando todo el espacio por encima de esos detalles, se levantan como una superposición de velos: no existen apenas melodías reconocibles, antes bien, todo son texturas y notas sostenidas, drones que reverberan entre sí, provocando maravillosos efectos cromáticos; algo en lo que seguro que tiene mucho que ver la presencia de Simon Scott (ex Slowdive), convertido a estas alturas en miembro fijo del proyecto. La pieza que abre el disco, “Shimmer”, es un buen ejemplo de esto: se levanta poco a poco, enraizada en mantos de feedback y electricidad estática, y va desgranando capas y más capas de melancolía, las guitarras cayendo en cascada sobre el oyente, preparándole para la grandeza catedralicia de “Fervent”, que llega justo después.

Con “Through The Gasps In The Land” se alcanza una de las cimas climáticas del disco. Las guitarras estallan en un crisol de efectos, superponiendo sencillas melodías que se estiran durante minutos con ocasionales erupciones de distorsión, texturas burbujeantes (que recuerdan a esa proto-new age que tanto gusta a gente como Emeralds) y bombos que aparecen y desaparecen de forma caprichosa, como para recordar que existe un ritmo interno, pero que no es elemento fundamental en la canción. El resto del disco sigue caminos parecidos: más ruidosos en “Burn Me Out From The Inside” (la influencia de Slowdive es perfectamente palpable aquí), más etéreos en la intensa “It All Falls Apart”. En “New Dawn Fades”, sorprendente versión de Joy Division, aparece la voz de Jesy Fortino (la espigada chica de Tiny Vipers, es decir), cautivadora y enigmática, y queda la atmósfera teñida de tristeza, a tiempo para que la larga “Stagger”, con sus masas corales y sus ambientes acuáticos, sumerja el disco de nuevo en la oscuridad del silencio.

“It All Falls Apart”, en fin, supera con creces a su predecesor: es una obra más madura y concentrada, que sabe aprovechar mejor los recursos ambientales, que extrae petróleo de una paleta de sonidos que en ocasiones puede resultar algo limitada (la repetición excesiva de ciertos arreglos y gestos compositivos es, de hecho, el único defecto del disco), y que hasta se atreve a buscar nuevos caminos. En realidad, lo único que se echa en falta es algo de la solemnidad que Irisarri, nuestro hombre en Seattle, arranca al piano cuando se sienta delante de sus teclas. Qué se le va a hacer: habrá que adquirir de paso el exquisito maxi Reverie (Immune, 2010), que también acaba de ver la luz.

Vidal Romero

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