Iradelphic Iradelphic

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Clark ClarkIradelphic

7.6 / 10

¿Qué ha ocurrido con los pesos pesados que dominaban Warp durante la edad dorada del sello, en el cambio de siglo? Veamos. Aphex Twin se conforma con chapotear en un charco de nostalgia acid no demasiado entusiasta, Boards Of Canada siguen manteniéndose tras ese velo de misterio en el que se volvieron a esconder tras editar el apagado “The Campfire Headphase”, mientras que Squarepusher se muestra tan preocupado por qué dirección tomar para el próximo disco que nunca se sabe si el camino elegido finalmente va a ser bueno o una basura. Autechre hace tiempo que abandonaron la idea de grabar algo remotamente accesible, mientras que el regreso de Plaid el año pasado pasó bastante desapercibido. Warp como sello se mantiene tan fuerte como siempre, pero no hay que dejar pasar el hecho de que sus artistas más representativos hace tiempo que van a la baja.

En el pasado, Chris Clark estuvo a la sobra de sus compañeros de escudería, todos ellos más ilustres, pero ahora les ha tomado por fin la delantera. Desde aquel “Clarence Park” de 2001 ha estado editando música de manera constante, música que suponía un desafío tanto para sus oyentes como para sí mismo. “Iradelphic” apunta a ser su trabajo más exitoso en todo este tiempo, aunque sólo sea porque es el menos difícil a un nivel formal. Sólo hay dos cortes que se vayan más allá de los cuatro minutos, y ninguno sobrepasa los cinco –la excursión más prolongada es una pieza cambiante, inflada con ritmos 5/4, titulada “The Pining” que está dividida en tres partes para mejorar su digestión–. Para un artista que siempre había tenido fama de frío, “Iradelphic” representa algo así como una subida de temperatura.

El cambio en el estado de ánimo se hace evidente desde el arranque. El disco comienza con unos punteos exquisitos en “Henderson Wrench” para, acto seguido, dar paso a un enjambre de guitarras que suenan encantadoras excepto para ese tipo de personas que reventarían un amplificador al confundir el ruido estático de fondo con el sonido real. Esta manera tan bucólica de tocar la guitarra recuerda al “Hand Cranked” de Bibio, mientras que la atmósfera pastoral y la percusión del final pueden llegar a evocar ciertas escenas de “The Wicker Man”. Y mientras en “Com Touch” nos encontramos con un Clark más familiar, con su polifonía habitual de sintes que hacen temblar el suelo con la descomposición digital de siempre, su sonido induce más a la felicidad que al miedo.

Hay veces en que esta propuesta de Clark, tan inesperadamente alegre, choca de manera extraña con sus recursos más recurrentes –ese solo en “Tooth Moves”, que parece el sonido de una sierra mecánica, y que ofrece un contraste abrasivo comparado con los suaves patrones de guitarra que suenan por debajo, como si a Rick Wakeman se le diera libertad para hacer lo que le diera la gana sobre un tema de John Fahey. De hecho, el álbum no alcanza su forma exacta hasta que no entra la voz de Martina Topley-Bird con la melódica tristona de “Open”, y así añadir unas cuantas notas amables sobre un frenético toque de platillos en clave jazz.

La siguiente contribución de Martina es “Secret”, que de hecho podría ser una variación sobre el mismo tema, ya que comparte con “Open” la misma tonalidad y tempo, desarrollando su cualidad psicodélica con una serie de zumbidos y gorgoteos entre los que cabe una ruptura rítmica inesperada en forma de bossa nova. Estos cortes son el núcleo del álbum, su centro, y ni siquiera desentonan ni se hacen extraños en medio de lo que es un trabajo fundamentalmente instrumental.

Por suerte, el resto del disco mantiene el nivel de calidad, aunque haya variaciones de estilo. “Ghosted” responde a un tipo de belleza torcida, con guitarras discordantes y oleadas de ruido que se deshacen en un puente inesperado, cantado con suavidad por el mismo Clark. El título quizá sea una referencia a los discos del sello Ghost Box; de hecho, el co-fundador de Ghost Box, Julian House, ha diseñado la portada y el tema induce esa misma sensación apagada y espectral: podría incluso ser una toma perdida de aquel disco de Broadcast en colaboración con The Focus Group.

Lo siguiente es una pieza de piano solo, “Black Stone”. Esta maniobra podría observarse como algo pretencioso y autoindulgente, pero en la práctica anda muy lejos de esos interludios de guitarra de Tom Jenkinson, tan irritantes. El sonido que emite el pedal cuando Clark levanta el pie añade un nivel de intimidad que no es nada habitual en su música, y no sería sorprendente encontrarse con este tipo de cosas en la próxima película que haga Shane Meadows para Warp Films.

Después del entretenido tríptico de “The Pining”, el álbum se cierra con “Broken Kite Footage”, un tema fantasmagórico y sin beats que recuerda, tanto en atmósfera como en armonía, al “V Letrmx 21” de Autechre. De esta manera, Clark consigue permanecer fiel al pasado de Warp a la vez que diseña su propio futuro, saliéndose de Clarence Park para pasear por Ambivalence Avenue y más allá. En estos momentos, Clark puede proclamarse si quiere como el artista más representativo de Warp. ¿Un disco de consagración o una rareza? El tiempo lo dirá, pero “Iradelphic” deja un muy buen sabor de boca.

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