Into The Great Wide Yonder Into The Great Wide Yonder

Álbumes

Trentemøller TrentemøllerInto The Great Wide Yonder

7.4 / 10

Trentemøller  Into The Great Wide Yonder IN MY ROOM

A raíz de la publicación de “The Last Resort” (Poker Flat, 2006) pudimos conocer al verdadero Anders Trentemøller: un hombre que podía hacer la música de baile de efecto más hipnótico de su momento –por un momento, pareció como si desde las cátedras del techno le fueran a organizar una guerra contra James Holden–, pero al que la música de club, en el fondo, le interesaba poco. Tras su peinado arquitectónicamente complejo se escondía un chico emo, un fan de Tim Burton, un aficionado a los sonidos atmosféricos del indie-rock, posiblemente un compositor de bandas sonoras frustrado. Y aquel primer álbum lo decía en lenguaje cifrado: me habéis conocido por himnos progresivos como “Polar Shift”, pero lo que a mí me gusta es este pop electrónico frágil, paisajístico, que te ponga los pelos de punta o te produzca un escalofrío. El productor danés reclamaba una libertad que el mundo cerrado del techno no suele conceder cuando tus vinilos entran en muchos charts y empiezas a cobrar más de 1.000 euros por remezcla –hay que seguir exprimiendo la situación mientras sea posible y asaltar la banca, no intentar ir por libre ni demostrar inquietudes lejos del club–, y sólo porque “The Last Resort” fue un éxito de ventas y de recepción popular –disco del año para varias publicaciones, con la alemana Groove a la cabeza–, Trentemøller pudo escapar del círculo vicioso y, por fin, hacer lo que quería.

“Into The Great Wide Yonder” llega cuatro años después –con una gira con banda de por medio de la que se extrajeron algunos segmentos especialmente atractivos para aquel “Live Ep”–, y con el hándicap de que ha aparecido sin avisos previos de por dónde podrían ir los tiros: sin remezclas, sin maxis, sólo el adelanto de “Sycamore Feeling” sin mucho margen para ponerse en situación y prepararse para recibir el golpe con entereza. Porque hay un cambio desconcertante aquí –o lógico dentro de la cabeza especial de Anders Trentemøller, en cualquier caso– que lleva el disco a un terreno que no es precisamente el de la continuación natural del detallismo electrónico y el pop bucólico de “The Last Resort”: es una ruptura hacia esa otra área de interés del danés, la banda sonora y la canción expresionista, que él lleva adelante sin un momento de duda o sin mirar atrás. Por momentos, parece como si intentara ser un alumno del Ry Cooder de guitarra árida, o como si se presentara voluntario para ponerle música al hipotético remake que Tarantino –o cualquier otro– pudiera hacer de “Pulp Fiction”: “Silver Surfer, Ghostrider Go!” es el tema más desconcertante del lote porque se adentra en las texturas de la música surf con un poso electrónico testimonial que lleva a pensar no sólo que Trentemøller es un tarantiniano impenitente –eso se da por hecho–, sino que se ha tomado el disco con la misma libertad y nivel de riesgo con el que Two Lone Swordsmen afrontaron su reconversión al post-punk y las guitarras góticas tras varios discos de neo-electro ejemplar. El momento surf sólo es uno, pero ése no es el único tema en el que el destello mágico de una guitarra define la temperatura sonora: hay como rasgueos blues en “The Mash And The Furry”, un inicio ambiental del disco en el que la única relación directa con el trabajo precedente es la alta densidad de sonido, la producción barroca –las raíces prog, al fin y al cabo, no las ha arrancado del todo– y un juego de ritmos –orgánicos, de batería real– que colindan con el post-rock de grupos como Explosions In The Sky, que es también la referencia en “Past The Beginning Of The End” si le sumamos la atmósfera lynchiana, cargada de electricidad.

Falta sacar el nombre de David Lynch, y es importante. “Into The Great Wide Yonder”, que ya con el título remite a espacios abiertos, salvajes e iluminados por una luna pálida o unos faros a lo lejos en una carretera, aspiraría a ser también la música incidental de una nueva versión de “Carretera Perdida”: quiere ser irrespirable y causar fuerte desasosiego, como en “Shades Of Marble” o la tétrica “Häxan” –que aludiendo al clásico del cine mudo danés sobre la historia de la brujería ya remite a una estética de largas sombras, horror poético y expresionismo grotesco–, o quiere ser esa música de terciopelo que también está en el libro de estilo de Angelo Badalamenti y que aquí se materializa en baladas –cruzadas con dream pop y shoegaze– como “Sycamore Feeling” (muy Hope Sandoval; la voz es de la compositora folk Marie Fisker), “…Even Though You’re With Another Girl” y la torch song de cierre, una “Tide” apasionada en la que Anders Trentemøller consuma su último giro en la dirección que siempre había deseado, la de la creación de su propio álbum abierto a una distopía noir como la sus películas favoritas. Un disco que va en una dirección precisa: quiere ser su propio “OK Computer” –¿no suena acaso “Neverglade” a los primeros Radiohead?–. Mi parecer es que el intento es válido y con momentos memorables, pero todavía inmaduro para alguien que, aunque le pese, domina más la tecnología que los resortes de la canción. Se queda a medio camino, pero el camino es francamente atractivo. La próxima vez habrá corregido los errores y, entonces quizá sí, David Lynch le llame por teléfono para trabajar juntos. Parece ser su deseo y sería la mejor de las recompensas. No está aún, pero está cerca.

Richard Ellmann

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