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Tame Impala Tame ImpalaInnerspeaker

8.3 / 10

Tame Impala  Innerspeaker MODULAR

A la mierda con ese lugar común que dice que “ la música de esta banda es puro revival, pero consiguen que suene como nuevo”, cuando en realidad quiere decir “ aquí no hay nada nuevo, pero me mola y tengo que justificarlo de alguna forma u otra”. Con un disco como “Innerspeaker” en los oídos, es fácil dinamitar obviedades como esa. Porque, sí, la voz de Kevin Parker es como si alguien hubiera exhumado a un John Lennon con las cuerdas vocales intactas y la música de los australianos Tame Impala juega a mimetizarse con unas referencias más que sobadas. Pero las canciones de este debut no “ consiguen que el revival suene como nuevo”, sino que realmente consiguen algo nuevo. Y punto. Ahora toca explicarlo. Las referencias están encima de la mesa y las vamos a ventilar cuanto antes mejor y en plan árbol genealógico: los Beatles más perdidos en su festín de lisergia, el folk británico que parte de lo pastoral sin ignorar lo guitarrero ( The Kinks), la psicodelia americana que va de lo más soft a lo más hard (es decir: de Love a Jimi Hendrix Experience), el pop británico noventero que intentó dar la espalda a las listas de la NME a base de deriva y distorsión, el nuevo psych-folk que huye de lo weird soltando todas las amarras posible ( The Skygreen Leopards): hasta aquí los colores de guerra con los que centenares de bandas se camuflan a la hora de asaltar la selva de la escena musical actual.

Ahora bien, ¿qué pasa si sumamos dos nombres tan inesperados como Battles y Four Tet? Allá donde la mayor parte de propuestas actuales se limitan a calcar un sonido rancio, Tame Impala optan por vestir las referencias con un corsé de electrónica matemática y cálida. Estos dos nombres pueden resultar ajenos en la superficie, pero no en el alma. De los de “Mirrored” (Warp, 2007) cogen la capacidad para las estructuras en las que la repetición psicodélica se proyecta de forma precisa y matemática en una huída hacia un punto de fuga en el que no hay espacio para la frialdad científica. De Kieran Hebden se quedan con la capacidad de obligar al sonido digital a yacer entre algodones analógicos que acolchan el sonido, que lo alejan de lo metálico para zambullirlo en lo orgánico. Es decir: psicodelia, vale; repetición matemática, guay. Pero frialdad, nunca. Allá donde muchos han optado por copiar el psych hipnótico como si de un festín de dispersión se tratara, Tame Impala aplican una carga de matemáticas que, sorprendentemente, resulta más cálida de lo que podría esperarse. ¿Psicodelía analógica practicada con precisión digital? Algo así.

Con producción a cargo de Dave Fridmann ( Flaming Lips), “Innerspeaker” se estructura como una guerra en dos fases: la primera parte es una correctísima batalla diplomática, mientras que en la segunda ya se huele la pólvora en las trincheras. El objetivo: conquistar un sonido único y original. Queda claro desde un buen principio que en el ejército de estos australianos militan los espectros de The Beatles al completo. “ It’s Not Meant To Be” abre el álbum casi como el score inicial de una banda sonora molona con presentación de personajes a lo Tarantino, hasta que entra la voz de Kevin Parker y la cosa se transforma en una entrega de James Bond protagonizada por los de “Revolver” (Apple, 1966). En “ Lucidity” resuena, ya desde el titulo, otra Lucy a la que se le anima a subir a un cielo con diamantes a base de palmas que se multiplican con una reiteración de exactitud matemática.

Pero no todo se va a reducir a la ascendencia de Lennon y compañía: “ Solitude is Bliss” es la canción que más se acerca a los meridianos de modernidad por la vía Stone Roses, mientras que “ Desire Be Desire Go”, el segundo tema de “Innerspeaker”, inaugura el sonido de guitarras distorsionadas, pero no distorsionadas hacia arriba, sino hacia atrás, hacia el fondo de la canción. Sobresaliendo por encima de todos estos temas queda “ Alter Ego”, la piedra filosofal en la que se han destilado las constantes del resto del disco: platillos algodonosos, guitarras en perspectiva que se pierden en el horizonte, espina dorsal de percusión milimétrica, ambientes que se expanden en eco, voces como el gas que se escapa de una botella de Coca-Cola que se ha quedado abierta durante la noche. A todo esto hay que sumar, además, el estribillo perfecto, ése que son cuatro estribillos a la vez y que, cuando parece llegar a su clímax, te sorprende saltando a otro clímax.

Para el final del álbum se reserva una guerra de guerrillas vivida por un marine con barra libre de opio. “ Jeremy’s Storm” roza el deliro lennoniano en las voces y se cierra con un bucle digresivo que da paso a un tramo de cierre en el que las canciones dejan de ser canciones para ser parte de un todo homogéneo. A continuación, “ Expectation” es pura digresión guitarrera de psicodelia sin anclas, a la deriva; mientras que “ The Bold Arrow Of Time” se erige como el bellísimo canto final del cisne, con sus siete minutos de duración y sus sintetizadores de una era galáctica únicamente imaginable en unos años 70 hasta el culo de LSD. Por último, “ Runaway, Houses, City, Clouds” cierra el álbum con una virguería definitiva y coherente: tras semejante camino, lo normal es que la voz se convierta en un elemento más de repetición para expandirse hasta el infinito y más allá. Parker repite una y otra vez “ but I don’t really mind”… Pero a nosotros sí que nos importa. Y nos interesa. Nos importa y nos interesa que “Innerspeaker” sea la el argumento óptimo para mandar a la mierda a alguien la próxima vez que diga “ la música de esta banda es puro revival, pero consiguen que suene como algo nuevo”.

Raül De Tena

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