Infratracts Infratracts

Álbumes

Metasplice MetaspliceInfratracts

7.2 / 10

El diagnóstico del techno en los últimos años es que, salvando excepciones honrosas, ha estado viviendo en gran medida de su flamante historia, y en la mayoría de los casos mirándose al ombligo con autocomplacencia consentida por todos. Eso no ha sido impedimento para que, al socaire de Detroit y su leyenda, fueran apareciendo aquí y allá muchos productores que aportaban calidad e ideas refrescantes (que no frescas) al sonido –pienso en el continuum espacial y pulsante de autores como Redshape en su mejor momento–, pero desde el punto de vista de quien no esté muy metido en la escena y sus pequeñas manías es normal que se entienda que la cosa se ha estancado, algo que hace buena esa frase de Jeff Mills que se ha hecho célebre: “techno es aquello que no has escuchado todavía”. Por fortuna, como respuesta a la nostalgia de Detroit y sus viajes escapistas por el espacio ha ido cobrando forma una facción mucho más protestona y sucia que ha entendido que el techno tiene que ser un sonido radicalmente experimental, y por tanto aplastante e incómodo, ya sea por la vía de la oscuridad –Sandwell District–, de la herrumbre –Vatican Shadow– o la viscosidad –Blawan–. De toda esta corriente, que no es ni mayoritaria ni unificada, pero que nombre a nombre y disco a disco contribuye a mantener viva la llama del género como una ventana abierta a lo desconocido, uno de los proyectos más interesados surgidos del underground profundo es Metasplice, que se ubica estratégicamente entre la experimentación disonante y la lentitud comatosa que años atrás caracterizó parte de la producción de Pan Sonic. Su nombre saltó a la palestra a mediados de 2012 cuando aparecieron en el catálogo de un sello cuidadoso y exigente con lo que edita, Morphine Records, pero no necesariamente tan arisco. Bajo la tutela de Morphosis, en Morphine ha habido espacio para neo-Detroitianos como Ksoul o Madteo, o para detroitianos de pura cepa como Hyerogliphic Being o Anthony Shakir, pero nunca para alguien tan lanzado a sembrar el terror.

Es por esto por lo que alrededor de Metasplice se ha elevado un pequeño pero entusiasta culto. Lo que hacen Kenneth Lay y V. Hold resulta mucho más sucio que Container y más hiriente que cualquier producción de Regis o Surgeon, porque su manera de hacer apuesta por una lentitud exasperante y un continuo afilamiento de los sonidos, hasta el punto de que en vez de golpear como martillos, sus bombos y sus agudos lo que hacen es hendirse en tu oído como clavos. Dejan a otros francotiradores del techno post-industrial como Emptyset como un juego de niños, y marcan la evolución natural de los dos primeros máxis – “Topographical Interference” en 2012 y el más limitado “Decant / Churn” de principios de este 2013– hacia un territorio devastado, apocalíptico y negro. Lo bueno (o lo peligroso, según cómo) de esta dinámica es que una vez se entra en ella es difícil deshacerla, cuesta destensar la cuerda, y la mayoría de las piezas de conforman “Infratracts” están ya en el extremo más intolerable y escarpado del techno –tan electroacústico, deformado y en probeta que ya no parece ni techno–: la sucesión de pulsos comatosos y los chirridos de “Dioxinition” o el bombo distorsionado que galopa sobre frecuencias corruptas en “Concrode” no son precisamente un plato de fácil digestión.

Sin embargo, hay que observar este primer álbum de Metasplice como una catarsis necesaria en el techno contemporáneo. Hacía falta que alguien diera un toque de atención, que sacudiera los cimientos de autosatisfacción, que molestara un poco. Es completamente seguro que la huella que vaya a dejar este álbum en el presente de la música de club sea tan poco profunda (o sea, casi nada) como la que dejaron los artistas del sello Sähkö a principios de los 90 en plena campaña expansionista de Detroit y sus colonias en Europa, sumada a la alternativa dura del centro del continente y las ciudades más industrializadas de Inglaterra, pero no hay que obviar su excepcionalidad: estas ocho piezas que parecen unir con hilos de araña la experiencia electroacústica de Xenakis y Stockhausen con la del Joey Beltram de bloques geométricos de “Aonox” y los artistas contemporáneos de Blackest Ever Black y Subtext son un shock difícil de superar si la música te ha llegado a traición (escúchala con auriculares e intenta llegar hasta el final sin pedir tiempo muerto; costará). Es, además, uno de los trabajos más serios que ha dado ese espacio cada vez más desatendido de la música electrónica que es el que mantiene una relación de afinidad con el club pero que, por contra, rechaza cualquier tipo de vinculación con el baile, el ocio o la tradición establecida. Si el techno es música de máquinas, aquí tenemos una cacofonía de máquinas a punto de irse para el desguace después de un severo maltrato.

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