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Álbumes

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6.5 / 10

Ultralyd Inertiadrome RUNE GRAMMOFON

Suelos cubiertos de ceniza. Noche cerrada y fría. Viento cortante. Una estampida de lobos furiosos. Son las primeras imágenes que se te pueden venir a la cabeza cuando suenan las primeras pulsiones primarias contenidas en cualquier jam del cuarteto Ultralyd –desde 2004, sembrando la semilla del mal en Noruega–. Si el derrumbe del Valhalla, la morada de los dioses nórdicos, tuvo alguna vez una banda sonora tétrica y catastrófica, quizá pudiera haber sido ésta: hay una sensación de derrumbe en la manera en que tocan estos músicos, y el sonido recorre tu espinazo con un escalofrío. El marco general se podría resumir con una palabra: jazz-metal. Eso hacen Ultralyd: improvisan y golpean con violencia. Hace años, el fundador del grupo, el saxofonista Frode Gjerstad, consideró que al trío que eran por entonces le faltaba energía y ficharon un bajista que tocara como quien desgarraba músculos a dentelladas, Kjetil D Brandsal, por entonces miembro de la célula de free-rock experimental Noxagt. Con el tiempo se han ido sucediendo cambios en Ultralyd que han variado notablemente la composición de la banda –se fue Gjerstad, entró un nuevo saxofonista (Kjetil Moster), se mantuvieron Morten J. Olsen y Anders Hana–, pero hay algo que no ha cambiado, que es su sonido distintivo, fibroso, con brotes de ruido, entre la improvisación, el caos y la penumbra. Eso es lo que hace de “Inertiadrome”, si no su mejor LP –particularmente, me quedo con “Conditions For A Piece Of Music” (2007), que activa con más eficacia todos mis centros del dolor y del placer–, sí un trabajo compenetrado, de esos que sostienen una carrera en vez de destruirla.

Según el momento, Ultralyd tienden más hacia una versión light de la banda jazz de John Zorn o a una lectura improvisatoria de las piezas más etéreas de Metallica. Van por fases y por estrategias de ataque. Saben que el objetivo final es despedazar tu cerebro, pero no van de frente, al menos no siempre. Son algo imprecisos porque suenan a varias cosas a la vez sin concretar ningúna –les puede más la voluntad de improvisación y de dejar todo el efecto del daño en manos del azar que no ir a morder la yugular del oyente–, pero eso no es necesariamente un error de cálculo. Por ejemplo, escuchando “Contaminated Man” no se tiene la certeza de saber hacia dónde quieren ir: hay ataques furibundos de thrash metal hacia la mitad que consiguen todo su efecto demoledor cuando se insertan entre dos fases ambientales, y se sale de la escucha reclamando una bocanada de oxígeno. Pero tampoco construyen un poderoso muro de sonido, no roban todo el aire, no ahogan por completo. Más bien parecen torturarte poco a poco, como en esos interrogatorios –los he visto en las películas– en los que al rehén le hunden la cabeza en una bañera llena de agua hasta que no puede más y se derrumba.

“Geodesic Portico” sería un chapuzón forzoso, por lo tanto: sin baches tranquilos, aquí el saxo, la batería, el bajo y los teclados van en la misma dirección y te arrollan. “Street Sex”, en cambio, está estructurada de una manera más melódica, e incluso hay espacio para que todos los instrumentos tengan sus segundos de aclarado sin que el resto de músicos interrumpa (pero ojo, no hay ningún solo; lo que hay es una batería que se quita el polvo o un bajo que hace flexiones mientras el resto descansa unos segundos). En los once minutos últimos de “Cessathlon” se resumen otra vez las estrategias de Ultralyd. Vuelve a ser confuso a la vez que coherente. El bajo es genuinamente metal, pero el saxo es free-jazz. La batería, en cambio, es post-rock, e incluso hay un nervio propio del hard-funk. No acaban de sonar a Sunn O))), por lo tanto, ni tampoco tienen la dirección espacial del hard rock que encontramos en Barn Owl. La complejidad de Zorn tampoco se advierte, ni mucho menos la de Battles, pero en cambio comparten muchos logros con sus vecinos de sellos MoHa! –de hecho, Hana y Olsen son los dos componentes de MoHa!– y algunos menos con Supersilent. Al final, Ultralyd suenan más que nunca en “Inertiadrome” a una versión furiosa de los primeros Red Snapper: unos músicos de jazz atrapados en una jaula coyuntural –en el caso de los ingleses, era el drum’n’bass y el techno; para los noruegos es el doom-metal y el jazz-noise– en la que se mueven de un lado, un tanto desorientados pero con prudencia, para explorar sus límites. A veces el resultado es un dolor de cabeza, pero también son capaces de sembrar el terror.

Tom Madsen

Ultralyd - Lahtuma

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