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Kalabrese KalabreseIndependent Dancer

8.3 / 10

Han pasado seis años desde la irrupción de Kalabrese con un álbum majestuoso titulado “Rumpelzirkus” (Stattmusik, 2007), y nadie debería sentirse culpable si no recuerda su nombre, o nunca ha oído hablar del productor suizo. Técnicamente es su culpa y de nadie más: todo este tiempo ha transcurrido prácticamente en blanco, sin apenas EPs o remixes de por medio que mantuvieran, no ya la llama viva de un disco que rozaba la obra maestra, sino el simple recuerdo de su nombre. Cuando Sacha Winkler entró en juego, la situación en clublandia era también muy distinta a la de hoy: el minimal –tómese la etiqueta en sentido laxo; ya sabemos que aquella música derivada del techno y el house operado con herramientas digitales era cualquier cosa menos ‘minimalista’– estaba en su momento de máxima popularidad, en ese punto de madurez previa a la gran catástrofe que arrasó con todo al cabo de un par de temporadas. Kalabrese había entrado en escena a través del sello Stattmusik, con base en Zúrich, y su lenguaje musical se podía reducir a una descripción sencilla: a las estructuras rítmicas fluctuantes, inestables y casi líquidas de artistas como Thomas Brinkmann o Ricardo Villalobos él añadía una poderosa sensación de humanidad gracias al uso de la voz y de arreglos instrumentales propios del jazz y el funk. Además de construir verdaderas canciones armadas sobre un house vaporoso, de vez en cuando se escuchaban guitarras, trombones y saxos; era como un pariente lejano de Matthew Herbert, el precursor del giro pop de Matthew Dear, el relevo natural de Isolée, o un desdoblamiento de Jamie Lidell capaz de presentarse con garantías en un after de Ibiza en los años de dominio de las fiestas Circo Loco en DC10.

El tiempo no pasa en balde, y necesariamente Kalabrese ha tenido que resentirse de su falta de actividad en más de un lustro. “Independent Dancer” es su segundo álbum, pero a efectos prácticos –salvo para una minoría que todavía conserve las dos partes de “Rumpelzirkus” en vinilo, o maxis anteriores en Phictiv Records o Perlon– para él será como comenzar de nuevo: volverse a ganar una audiencia, un reconocimiento. El reconocimiento no le debería costar, tan pronto como se empiece a correr la voz y el nuevo disco vaya pasando de un oído a otro: Winkler no ha perdido ni un ápice de su talento como músico y sus nuevas canciones parten del mismo punto en el que se quedaron y le da un matiz más orgánico a las piezas que fueran de “Rumpelzirkus”, además de un pulso más firme: donde antes había esa flotación ingrávida del house ketamíco de antañazo ahora hay percusiones sin cuantizar mucho más dinámicas y bajos funk fibrosos que hemos escuchado repetidamente en todos los grupos de DFA que habían llevado una carrera paralela (en el tiempo y en el espacio, sin establecer nunca contacto directo) tanto antes como después del repunte de fama de Kalabrese –básicamente, The Juan McLean–. El gran problema que tiene Winkler es que su tipo de propuesta, en estos últimos años, ha sido reformulado y actualizado a partir de otras texturas por Nicolas Jaar y James Blake –se repite el esquema: productor de house, o de dubstep, que avanza hacia un formato canción con elementos de jazz, soul o funk trabajados a su conveniencia–, y eso le hace perder, aunque sólo sea por una simple sensación de oportunidad, el espíritu de los tiempos.

Pero olvidémonos de la actualidad y escuchemos “Independent Dancer” con oídos nuevos, como si “Rumpelzirkus” no existiera ni hubiera nacido tampoco Nicolas Jaar. Lo que aparece ante nosotros es un disco lujoso en el que la única palabra que no se nos ocurriría nunca utilizar –y en ese sentido nos ha venido muy bien que explotara la burbuja del tech-house a la manera berlinesa– es minimalismo: Kalabrese elabora sus piezas sin prisas, estirando la música de manera natural, con múltiples giros y desvíos, hasta que estas logran coronar un clímax de manera orgánica y sin urgencias. Algunos momentos se van hasta los diez minutos ( “Desperate Man”, con aportación vocal del veterano austriaco Khan Oral), y otros se establecen cómodamente en los ocho, después de haber desplegado un arsenal de recursos envidiable. Quizá el hecho de haber desaparecido seis años responda a una lógica creativa: Kalabrese es como Guardiola, que en cada álbum se vacía y necesita llenarse de nuevo para volver a alcanzar el nivel más alto, y eso es algo que nunca se le podrá reprochar a “Independent Dancer”: el suizo se ha vuelto a volcar completamente, ha regalado música con una generosidad apreciable sin tener que tirar de fórmula, o no aparentemente. Todo el minutaje se describe a partir de las palabras usadas antes –house, funk, jazz, pop–, pero la manera en que los elementos se entrecruzan, y la proporción utilizada en cada receta, es muy diferente. Por ejemplo, “Sihltal” (tema previamente editado, apareció en vinilo en 2012) es una luminosa jam de deep house cantada en alemán y con acordes de piano al estilo old school, más embriagadora cuanto más parece estirarse el track. Una pista antes, “Wanzka” acude a aromas de spaghetti western y afrobeat para acabar sonando, finalmente, como una de las canciones más salseras de David Byrne –del mismo modo en que “Purple Rose” hace lo propio, creando el sonido de unos Talking Heads producidos sólo con instrumentos de cristal–. No siempre canta Kalabrese sus canciones: en “Let The Good Times Roll” pone un falsete a lo Prince el también suizo A.C. Kupper (Demolition Blues), y en “Fresh And Foolish” añade aires de sofisticación lounge Sarah Palin, que nada tiene que ver con la gobernadora de Alaska.

Hacia el final Kalabrese, quizá inconscientemente, se acerca Nicolas Jaar en dos instantes finales tranquilos y casi vaporosos ( “Das Haus Am Fluss” y “Find A Place”), con pianos swing decorando una percusión expansiva de escobillas sobre los platos, pero esto llega cuando el esfuerzo previo ha sido de una complejidad titánica. Quizá el sonido que abre “Makossa” no sea especialmente afortunado –es como un gigantesco pedo de elefante sobre un beat house deconstruido que al poco tiempo evoluciona hacia una sección de metales en plan Mulatu Astakte–, pero todo redunda en lo mismo: hay colorido, hay carisma, y en cierto modo “Independent Dancer” se puede convertir en una extraña metadona para quienes todavía no se han podido desenganchar de LCD Soundsystem: como James Murphy, Kalabrese es un hombre de vastísima cultura house, post-punk y funk que canaliza décadas de influencia en una visión particular y extravagante de la canción pop. No obtendrá los mismos niveles de fama ni dejará huella en esta generación, pero nadie puede decir que no haya una exhibición de talento aquí como pocas veces se ha visto en el house contemporáneo.

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