In the Yard In the Yard

Álbumes

Neal Morgan Neal MorganIn the Yard

6.7 / 10

A veces pasa. Los baterías de las bandas (en este caso, un batería de estudio, un batería de quita y pon, un soldado batería), se montan su propia banda. Es decir, llaman a unos cuantos amigos (famosos) e inician una carrera en solitario que, aunque siempre estará a la sombra de las ilustres figuras a las que acompaña como músico (en este caso, como batería), llenará ese vacío existencial que todo músico soldado con ambición parece condenado a arrastrar. ¿Ejemplos? Joshua Tillman, el batería de Fleet Foxes, que, como cavernoso músico de folk, es casi tres veces más prolífico que su banda cuna (de la que ya se ha separado para formar Father John Misty, a todo esto). Y, obviamente, el que nos ocupa, Neal Morgan, que, aunque está tras los platillos de los últimos trabajos de Joanna Newsom y Bill Callahan, ha editado ya dos discos en solitario.

Su primera entrega, “To The Breathing World” (Drag City, 2010), era un raro artefacto pop en el que, como en el último trabajo de Nina Nastasia (dominado por las baquetas de Jim White), predominaban los ritmos, casi tribales, de la batería de Morgan, mezclados, eso sí, con su voz de chico demasiado bueno, y ráfagas de samples que daban al conjunto un aspecto de drum’n’bass pop ciertamente singular. En “In the Yard”, perfecta continuación de aquella, nada cambia, o, digamos, no cambia demasiado. Morgan suena más lo-fi (el primer, cortísimo e indigesto corte, “On Tour”, es, sí, sólo un tipo aporreando su batería y contándole a su grabadora-diario lo que le pasó con aquella chica, una vez, hace mucho tiempo), pero la fórmula es la misma, aunque la desnudez intensifica el espíritu tribal, algo que queda clarísimo en cortes como “Fahter's Day”, y la necesidad de experimentar, sobre todo con su voz, que antes, en el más accesible “To The Breathing World”, fue un vehículo (la única capaz de cargar con el peso de la melodía) y ahora es una pieza de un puzzle que no tiene por qué encajar. Morgan la utiliza de forma instrumental, la graba en distintas pistas y la distribuye por la canción, un ulular aquí, otro un poco más allá, de manera que superpone, se presenta, se abandona, hasta el punto de construir, sin necesidad de ningún otro instrumento, un tema como “Kicking The Ball”, prácticamente el único remanso de paz de un álbum marcado por el pop de redobles y los rincones oscuros, que aleja definitivamente a Morgan del circuito de los músicos soldado que buscan su minuto de fama a solas y lo aproxima al de aquellos que intentan abrir nuevos caminos en la poblada e intransitable selva del pop experimental.

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