In Stereo In Stereo

Álbumes

Fenn O?Berg Fenn O?BergIn Stereo

7 / 10

Fenn O’Berg  In Stereo EDITIONS MEGO

Es difícil unir a la gente ocupada, y es por esto por lo que “In Stereo” cuenta sólo como tercer disco de Fenn O’Berg en doce años. Es más, de los tres éste es el único que puede entenderse como álbum/álbum –o sea, de estudio–, ya que los precedentes, “The Magic Sound Of Fenn O’Berg” (Mego, 99) y “The Return Of Fenn O’Berg” (Mego, 2002), eran migajas de directo reorganizadas para rellenar minutos de compact disc. Tiene su lógica: un directo se hace en una hora, que es lo mismo que decir un día o dos incluyendo viajes, y si se hace de manera improvisada, sincronizando software y estética del glitch, la cosa no tiene más misterio que un poquito de método, algo de diálogo previo y objetivos compartidos. Sólo así se pudo armar el genuino supergrupo de laptops –que es como el G3 de los guitar heros exhibicionistas pero con el patrocinio de Steve Jobs– que forman Christian Fennesz (o sea, Fenn), Jim O’Rourke (acotando, el O’ del alias) y Peter Rehberg, alias Pita, jefe de Mego, el Berg de todo esto y líder oficioso del proyecto por ser el que se juega de verdad el dinero. En su momento, coincidiendo con el estallido underground de la música 100% digital, la computer music para el público no conectado con la academia, Fenn O’Berg iban precedidos de cierto glamour: era una impecable colección de cromos de lo mejor de la escena experimental, los Cristiano, Kaká y Benzema del mouse. Salían a tocar por ahí y sólo necesitaban tres ceniceros.

La primera fase Fenn O’Berg funcionó bastante bien. Las portadas las decoraba Tina Frank, estaban en el cartel de festivales tipo Sónar o Art Futura y se retroalimentaban de sus respectivos prestigios individuales, Fennesz de sus habilidades a la guitarra procesada vía laptop pre- “Endless Summer”, O’Rourke de su condición de mago del estudio en la escena post-rock y Rehberg de sus discos en solitario, con Bauer o de la propia gestión de Mego, la marca austriaca líder en el territorio del ruidismo digital. No hacían nada que Farmers Manual no hubieran descubierto antes y materializado mejor, pero molaban. Y ha pasado el tiempo por fin se han vuelto a reunir, más por gusto que por clamor popular, y el resultado es un “In Stereo” que suena menos a corta-y-pega de jams regadas con cerveza y más a concepto global de audio y estructura. Se nota que han pasado unos días en el estudio GOK Sound de Tokio en el que trabaja O’Rourke, que todos andan menos liados que antes –en especial el O’Rourke post-Sonic Youth– y, sobre todo, se percibe que les apetecía volver a poner los portátiles en pompa en pos de esa aerofagia o ese regüeldo mágico con el que se suele identificar el sonido Mego, ese pasotismo electrónico extrañamente alucinado que no duele al oído pero que molesta lo justo como para estar moviendo el coxis durante los 40 y pico minutos que dura la función, como si una garrapata quisiera desgarrar a bocaditos la pared del recto.

La calma en el trabajo –una semana en Japón, hora arriba hora abajo– se traduce en dos virtudes que diferencian “In Stereo” de los pasados discos firmados por Fenn O’Berg: la ampliación de la gama de timbres, por un lado, y la intuición de un leve hilo argumental que conecta los sonidos de principio a final. Lo primero podían haberlo hecho o no, pero el sentido común lo obligaba: la única manera de no volver a hacer el mismo disco por tercera vez pasaba por ceder el protagonismo exclusivo del software para incrustar sonidos de guitarra, bajo y objetos reales. Hay que agudizar el oído, y no siempre se lo tiene tan fino como para apreciar matices que son intermitentes, puntuales o camuflados, pero el sonido se rompe por momentos y no siempre está teñido de esa pesadez de interfaz informático y de ruido limpio, de tono puro que no deja espectro de suciedad analógica a su alrededor. Lo que sería imposible en una improvisación en vivo –se aturullarían con tanto trasto, y no podrían bajar al bar mientras las matrices aleatorias van expectorando ruidera–, en un estudio se convierte en una opción apetecible. Pero más importante que la ampliación de registros e instrumentos, es cómo todos se ordenan dentro de un falso caos en las siete partes en que se divide el disco –hay una más, la segunda, que sólo se puede encontrar en la versión en vinilo, limitada a 500 copias–, y cómo lo que parece un chorrazo de audio sin domesticar es, en realidad, un arroyo de ruidos, pulsos, crujidos y lo que parecen muchos objetos de cerámica rompiéndose contra el suelo durante media hora; sonidos que se mueven de manera organizada como una bandada de pájaros, formando olas y capas que simulan una anarquía bien estructurada. No busques pop aquí, que no hay ni pizca. Mientras otros discos experimentales sólo demuestran voluntad de forzar códigos, “In Stereo” juega con los planos y contraplanos del sonido –lo del estéreo en el título es por algo, o sea–, y mantiene una unidad de principio a fin que parece tan amorfo como un vómito, pero que en realidad está tan tejida como un paño. Un paño áspero, con el que nunca te podrías limpiar tras ir al tigre, pero paño bien urdido al fin y al cabo.

Javier Blánquez

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar