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Agoria AgoriaImpermanence

6.1 / 10

Agoria  Impermanence INFINÉ

Lo que ha pasado en “Impermanence” no es nuevo, ni mucho menos. Suele ocurrir en otros artistas techno cuando ha pasado un tiempo prudencial y el protagonista considera que está preparado para saltar del club –ese espacio de posibilidades limitadas, piensan, algo vulgar, en el que la creatividad está prostituida por las necesidades festivas de una recua de mocosos– al espacio de los mayores, una música en la que la electrónica de baile se abraza con el pop sensible, las sonatas para piano y la canción postmoderna. Si buscan ejemplos recientes, los encontrarán seguro: Damian Lazarus renegando de su house tembloroso de los EPs para saltar al pop progresivo de su LP en álbum, Laurent Garnier queriendo hacer jazz, bandas sonoras, música de sofá. Hay más. Es el síndrome del DJ adulto, que es en el que acaba de caer también Sébastien Devaud en su cuarto álbum. O, mejor dicho, recae con fuerza: la banda sonora ya la tenía hecha – “Go Fast” (2008); no era ninguna maravilla–, y las relaciones estrechas con la música clásica también –el single “Les Violons Ivres”, en el que la melodía estaba escrita por Rami Khalifé y Francesco Tristano–, pero ahora llega un “Impermanence” en el que se nota la duda de si estar dentro o fuera del club. Y él ha preferido fuera.

Personalmente, uno está más cerca del Agoria DJ que del Agoria productor. En lo segundo se le ha notado siempre una dependencia excesiva del clasicismo techno: Detroit y un toque de jazz, demasiado admirador de Carl Craig. Ha tenido momentos gloriosos, eso nadie se lo discute – “La 11ème Marche”, “Les Beaux Jours”–, pero al lado de discos de sesión como “At The Controls” (2007) y “Balance 016” (2010) no hay otro Agoria que valga. Es en esos mixes, en realidad, donde empezó a madurar la idea de este “Impermanence”: del eclecticismo de aquellos –con tracks de Jamie Woon, Planningtorock o Apparat en la selección– ha crecido el convencimiento de que había que dar el salto a un techno de mayor elasticidad, riqueza de timbres y ambición universal. Agoria, que fundó Infiné para editar a artistas como Francesco Tristano, Rone y Clara Moto mientras él aún cumplía contrato con Different, ya se puede considerar plenamente integrado en su propia familia. De hecho, ya lo estaba: la mayoría de estas piezas tienen entre uno y tres años de antigüedad. Sólo ahora se ven juntas.

Así, junto a lo que sabe hacer mejor –desarrollos de tech-house líquido con un matiz trance como “Libellules” y “Panta Rei” (nótese las referencias al movimiento grácil en los títulos; “panta rei” es la máxima de Heráclito que se traduciría como “todo fluye”)–, y también junto a temas que engrosas su mitología personal –está muy bien tener a Carl Craig de voz invitada, a lo Mr. White, en “Speechless”–, hay también momentos pop en los que Agoria todavía no se mueve con tanta cintura y que incrementan la sensación por momentos empalagosa del álbum. Seth Troxler no es un buen vocalista en realidad (y sí un tremendo jackmaster y DJ a la vieja usanza), y “Souless Dreamer” es pegajosa de tanto caramelo. La participación de esa especie de Mari Carmen y Sus Muñecos –con Joanna Newsom y Björk a modo de títeres– que se llama Kid A tampoco emociona, y “Kiss My Soul” y “Heart Beating” añaden un toque emo cargante, pese a las cuerdas. Y luego están los interludios, dos y breves, que añaden solemnidad, pero no ideas. Por tanto, el Agoria que mejor rinde, el del techno meticuloso, se queda en poco menos que “Grande Torino” –con strings tipo “Jaguar”– y “Little Shaman”. Tiene buen gusto, tiene ideas, eso nadie lo duda de él, pero le cundirían más si se las guardara para el techno y no para la música para tomar postres en restaurantes chic. El síndrome del DJ adulto, o sea. Ya se le pasará.

Javier Blánquez

Agoria - Panta Rei Agoria - Little Shaman (Featuring Scalde)

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