Imperial Distortion Imperial Distortion

Álbumes

Kevin Drumm Kevin DrummImperial Distortion

7.5 / 10

Kevin Drumm Imperial DistortionHOSPITAL PRODUCTIONS

Cuando se procede a extraer el segundo disco de este volumen doble, aparece en la foto posterior de “Imperial Distortion” una habitación presidida por un póster de Deicide. Es sobradamente conocido el pasado metalero de algunos de los actuales héroes de la guitarra procesada mediante software digital – Tim Hecker, sin ir más lejos, tiene un mini álbum creado exclusivamente a partir de samples de Van Halen–, pero el guiño de Drumm, histórico de la vanguardia noise de Chicago, va más allá del sano capricho de infancia o la boutade: aludir a Deicide, posiblemente la banda más reverenciada del death metal americano a principios de los noventa, es incidir en una esfera del metal que va más allá del doom drónico que encabezan artistas como los Sunn O))) de Stephen O’Malley. Deicide son sinónimo de satanismo incipiente, de concepto perverso del mal, de sed de sangre y activismo pagano, a la contra del cristianismo –sin coartada experimental-. Y aunque todo esto no se nota en “Imperial Distortion” porque el disco en sí es otra cosa, sí se advierte la intención de Drumm de insistir en el ruidismo sutil y en la idea de infierno –que es la de sufrimiento prolongado–: casi dos horas son las que le ocupa este estudio para guitarras infinitas y minimalistas, seis piezas que se estiran en drones congelados de más de un cuarto de hora. Hay que escucharlo con paciencia.

“Imperial Distortion” es un castigo placentero, en cualquier caso. Llámese uno sádico si le gusta el ruidismo de Drumm, pero sádico con estilazo. Es un infierno frío, también, y nótese que no hay contradicción entre ambas ideas: incluso el último círculo del Averno, el noveno, lo describía Dante como un final de descenso al hielo, con los pecadores de mayor rango –Casio, Bruto, Judas– devorados por un Satanás atrapado por la cintura entre témpanos. En otras palabras, y para no divagar más de la cuenta, este nuevo disco confirma a Drumm en algo así como el anti-Fennesz, que sería como el anticristo del ambient de las seis cuerdas. Aunque con el paso de las piezas –mantras malévolos que hunden la habitación en una presión irrespirable ante la cual sólo se pueden hacer dos cosas: o taparse la nariz y aguantar la respiración, como los niños en la piscina, o abstraerse de todo e intentar leer, mejor si puede ser un volumen de demonología– la sensación se va convirtiendo en ligera, quizá por costumbre. “Imperial Distortion” arranca por la vía difícil en “Guillain-Barre”: drones afilados, hirientes, incompasivos, una nota más seca que la mojama que, aunque no alcanza la capacidad agresora de Prurient, desasosiega lo suyo. Si es cierto que ‘el infierno son los demás’, Drumm presenta candidatura firme. Olé sus huevos.

Javier Blánquez

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