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Álbumes

Jon Hopkins Jon HopkinsImmunity

8.4 / 10

La evolución de Jon Hopkins como productor ha sido lenta, pero ninguno de sus pasos ha sido en falso. Desde 2001, con paciencia y disco a disco, el músico londinense ha ido ganando experiencia en diferentes áreas de expresión y ha sido esa sabiduría –acumulada tanto en sus trabajos con Brian Eno, su deriva hacia el folk-pop y su intensa involucración en el cine– la que le ha permitido madurar un lenguaje propio, y a la vez muy atento con todo lo que pasa a su alrededor, que conduce hasta “Immunity”, que en resumen puede definirse como uno de los discos electrónicos más imaginativos del año y, por añadidura, su esfuerzo más tenaz en intentar dominar el lenguaje de la música de baile. La primera apreciación es subjetiva aunque seguro que muchos la compartirán –al menos hasta que escuchemos por fin el nuevo álbum de James Holden; no es arriesgado, no obstante, poner “Immunity” por encima del último de Apparat–, pero la segunda es rigurosamente cierta: tras dos álbumes lejanos y muy desconocidos de tempo bajo e intenciones chill out ( “Opalescent” en 2001 y “Contact Note” en 2004), Jon Hopkins empezó a marcar su territorio en el tablero electrónico con el barroco “Insides”, algo así como una versión de la IDM inglesa de toda la vida con procesos cercanos a los de la música clásica; esa vía de expresión tendría posteriormente un desarrollo mucho más directo en su banda sonora de la película de ciencia-ficción “Monsters”, y mantendría el trabajo con arreglos y armonías, pero no con toda la cacharrería electrónica, en sus colaboraciones con Brian Eno y King Creosote. Y así llegamos hasta “Immunity”.

“Immunity” es como es porque en todo este tiempo, en estos últimos cuatro años de actividad frenética, Hopkins ha estado más en contacto con la noche. Los conciertos, los festivales, los remixes, la relación más cercana con artistas (también compañero de sello) como Four Tet ha sido una influencia necesaria para expandir su lenguaje electrónico, hacerlo más tenso y, sobre todo, más subido de ritmo. La idea no es que Hopkins haya hecho un disco de baile, porque tampoco parece exactamente su intención: es cierto que comienza frenético con “We Disappear” y esa “Open Eye Signal” que podría haberse planchado perfectamente en un vinilo de Border Community, pero los vaivenes del álbum, los súbitos cambios de aceleración y los cambios de estado de ánimo (de la euforia a la bajona), hablan de una música que parece estar muy inspirada en las contradicciones biológicas que experimenta un hombre de más de 30 años que se empacha de clubbing a una edad en la que el físico no rinde tan bien como en la primera juventud. El recorrido del disco entero parece simbolizar todos esos estados de ánimo (la euforia, la tensión antes de entrar en una noche que se promete mágica, el desconfort, la paranoia, la liberación al llegar a casa, el insomnio, el bajón y el sueño), y esa podría ser la explicación de su división narrativa: los cuatro primeros temas, que se corresponden aproximadamente con la primera media hora, son furibundos, retorcidos, equivalentes a lo mejor de Apparat, Nathan Fake o Luke Abbott; los cuatro últimos, con un tramo final de 20 minutos en los que caben “Sun Harmonics” e “Immunity”, son música casi ambiental, iniciada por un piano muy Eno en “Abandon Window”, que se asemeja perpendicularmente a las texturas celestiales de piezas de su maestro como “An Ending (Ascent)”; la sensación de felicidad y agotamiento es equivalente.

De todos modos, si un corte se eleva por encima del resto, ese es “Sun Harmonics” –séptimo en contraposición con el mejor del primer tramo, “Open Eye Signal”, que está en el segundo puesto; parece como si la estructura del álbum fuera la de un palíndromo, que se lee igual por el derecho que del revés, aunque con variedad de tempos–. “Sun Harmonics” se alarga durante 12 minutos y es un buen ejemplo de house cruzado con chill out del que ya no se hace: en “Immunity” funciona igual que “Belfast” en el primer disco de Orbital, como conclusión épica, beatífica, que te hace explotar por dentro de tanta radiación positiva contenida y, al final, incontrolada. Es la música de los rayos del sol iluminando una jornada que comenzó en un estado de euforia y que acaba no se sabe si con derrota o con satisfacción, pero en cualquier caso con el cuerpo baldado y buscando desesperadamente ese nirvana de plumas al que llamamos cama. “Immunity” habla de la victoria desde su título, pero es en el fondo un disco de derrota y flaqueza, un disco humano, tan humano que la mayoría de los sonidos se han sacado de golpes sobre objetos cotidianos (zapatos, vasos sobre la mesa, en una mezcla singular entre Matthew Herbert y James Holden) para evitar las texturas digitales más obvias y aburridas. No es sólo una obra de arte, sino también un resquicio de belleza en un momento especialmente negro.

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