Images du Futur Images du Futur

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Suuns SuunsImages du Futur

8 / 10

Según J. G. Ballard, para entender el presente es mejor mirar al futuro y no tanto al pasado. El escritor británico acuñó el concepto “espacio interior” para delimitar el territorio que quería explorar en sus novelas y diferenciarlo así del “espacio exterior” cultivado por la ciencia-ficción clásica. En sus propias palabras, el “espacio interior” es “ese dominio psicológico (que aparece, por ejemplo, en los cuadros surrealistas) donde el mundo exterior de la realidad y el mundo interior de la mente se encuentran y se funden”, escribió en el prólogo de “Crash” (1973). Como astronauta de las fobias y saltador olímpico en el tiempo, su diagnóstico fue que el hombre del siglo XX sufre un buen número de patologías por culpa de “un mundo cada vez más ambiguo. Los espectros de siniestras tecnologías y los sueños que el dinero puede comprar se mueven en un paisaje de comunicaciones. El armamento tecnológico y los anuncios de bebidas gaseosas coexisten en un dominio de luces enceguecedoras gobernado por la publicidad y los seudoacontecimientos, la ciencia y la pornografía. Los leitmotive gemelos de este siglo, el sexo y la paranoia, presiden nuestras existencias […] El vouyerismo, la insatisfacción, la puerilidad de nuestros sueños y aspiraciones, todas estas enfermedades de la psique han culminado ahora en la víctima más aterradora de nuestra época: la muerte del afecto”. Ballard escribió esto en los años 70, y aunque hoy suene a ciberpunk, a algún tipo de anestesia global, el futuro que imaginó y que utilizó para reflexionar sobre su tiempo es también valido para describir nuestro presente. Vivimos su mañana.

Hay pocos grupos que se hayan acercado a lo ballardiano con mayor expresividad que Joy Division. Aparte de los homenajes explícitos que Ian Curtis hizo a la exhibición de atrocidades de Ballard en su segundo disco, “Closer” (1980), la música y las letras de los mancunianos se adaptan como un traje gris a un individuo que es visto como un enfermo en sociedad, que hace de la contención de sus sentimientos su principal actividad diaria, perdido como está en un laberinto de cables, hormigón, cristal, ruido, sentidos amputados y caras desconocidas. Si Kraftwerk, que eran unos optimistas incurables, entendieron la autopista como símbolo del camino recto hacia el progreso y la ciudad como una fuente de sonidos para un nuevo folklore, lo ballardiano entiende el nudo de carreteras y la vida en el extrarradio como síntoma del cacao trascendental en el que vive ese mismo individuo. El espacio interior de Joy Division es atmosférico aunque esté cerrado herméticamente. Su música es industrial, de líneas rectas y duras, monocroma y triste, porque surgió de un escenario asimilado de tal forma. El grupo recorre las siluetas de los edificios, las carreteras y los túneles con precisión motorik mientras Curtis da voz a alguien enfermo de siglo XX, de paranoia, de depresión, enfermo por su incapacidad para empatizar y para distinguir lo verdadero de lo falso cuando todo tiene la apariencia de entretenimiento perverso. Incapaz de distinguir entre vivir una vida muerta y entregarse a la muerte como acto de desesperación vital.

Los canadienses Suuns son un grupo ballardiano a lo Joy Division. Su música es lenta y minimalista, oscura, disonante y con ecos psicodélicos. Su primer álbum, “Zeroes QC”, fue su particular “Unknown Pleasures”, un debut profundo, huesudo, repetitivo hasta la paranoia, que mutaba fácilmente desde una suerte de post-stoner rock a una disco music apocalíptica. Como unos Primal Scream a los que les hubiera dado por el opio y no por la velocidad. Como una versión todavía más maníaca de Clinic: el psych-pop entendido como pop de psiquiátrico, perfecto para masticar ideas compulsivamente con los dientes apretados. El humeante blues futurista de Portishead visto por una banda de art-rock. Según el grupo, su nuevo disco, “Images du Futur”, fue grabado en Montreal coincidiendo en su parte final con las protestas estudiantiles masivas en Quebec en mayo del año pasado, en lo que denominan “un clima de entusiasmo, esperanza y frustración”. Al margen de lo que esto haya podido influir en el hondo y limpísimo sonido del disco, que me parece que no es demasiado, la voz de Ben Shemie, que solo puede salir de un cuerpo que se retuerce sobre sí mismo como una cuerda, suena como la de alguien que sobrevive, de nuevo, en un entorno propio de una alucinación colectiva. Y es la voz de alguien que, cuando todo se vuelve insoportable, huye a refugiarse en el sueño o en otra burbuja artificial aislante del exterior. Estas imágenes del futuro de Suuns nunca quedan claras del todo ante el que escucha, más bien parecen un negativo fotográfico donde luz y oscuridad se invierten y donde el silencio ocupa su espacio como sonido.

“Images du Futur” es, por tanto, el particular “Closer” de Suuns. Ciertamente supone un esfuerzo por ampliar el “espacio interior” del grupo con nuevas texturas, por cubrir con piel su portentoso esqueleto rítmico, por cubrirlo aunque sea de una corteza de ruido ( “Powers of Ten”) o de electrónica algodonosa (la narcótica “Edie’s Dream”), rozando el shoegaze ( “Minor Work”), el post-rock y acercándose por momentos a propuestas más abstractas e imaginativas como las de Deerhunter ( “Mirror Mirror”), The Besnard Lakes ( “Holoscene City”) o incluso Godspeed You! Black Emperor ( “Images du Futur”). Precisamente Jace Lasek, de los más que interesantes The Besnard Lakes y un loco de los muros de sonido y de los arreglos inesperados, vuelve a ejercer como productor del grupo. Pero el esqueleto, decíamos, sigue intacto. La excelente “2020”, elegida como primer single, es anoréxica y mareante, y muy ilustrativa de todo lo que puede hacer el grupo con una paleta de colores que se resume al blanco y el negro. Del mismo modo que siguen dando rienda suelta a largos y elaborados arrebatos trance ( “Sunspot”) y de ahí saltan a recordarnos, de nuevo, cómo diablos debería sonar la música de baile de un refugio postatómico ( “Bambi”). El cierre del disco, “Music Won’t Save You”, enseña gran parte del negro corazón de Suuns (krautrock, electrónica obsesiva a lo Suicide y Joy Division) y, como dice su título, deja un mensaje claro: la música no te salvará (porque dios hace tiempo que ha dejado de escuchar rock’n’roll, recita Shemie). En una de las pocas entrevistas que he visto con el grupo, sus miembros aseguraban que lo suyo era rock’n’roll. Por su energía contenida y la tensión liberada, por lo primitivo de su manera de enfrentarse a los instrumentos, por el pulso que marcan, por incomodidad, que es lo que producen en muchos casos, lo de Suuns es rock del siglo XXI y un servidor no puede más que levantarse y aplaudir una vez ha terminado de contemplar el atroz cuerpo ballardiano que han esculpido en dos discos. Un rock que mira al futuro solo para poder hablarnos del presente.

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