III III

Álbumes

Ignatz IgnatzIII

7.5 / 10

Ignatz  III

KRAAK

Siendo muy fan de los dos primeros álbumes oficiales (al margen de estos existen un buen número de splits, CD-R's y casetes editadas en sellos como Imvated, Celebrate PSI Phenomenon, Bread and Animals o Scumbatapes) de Ignatz, la primera escucha de esta tercera entrega en formato largo del músico belga resulta un tanto decepcionante. El bueno de Bram Devens lleva años desarrollando bajo la capa de Ignatz (su nombre lo toma prestado del “ratón Ignacio”, uno de los personajes de “Krazy Kat”, clásica tira cómica del dibujante norteamericano George Herriman) una muy personal manera de hacer basada en la reinvención y la descontextualización de los usos propios del blues rural y la tradición del más añejo folk norteamericano. “Lo-fi folkways for aliens”, decían los responsables de la plataforma Kraak para referirse acertadamente a unas canciones obsesivas, espaciosas e hipnóticas que mezclaban elementos propios del blues del delta, folk seminal, drones, improvisación y psicodelia. Escuchando las canciones orgánicas y deliberadamente desestructuradas de Ignatz, temas tensos sostenidos sobre un débil esqueleto acústico que parecía pinzar los nervios del blues desde el centro de una tormenta abstracta cargada de fuzz y polución electríca, la mente caprichosa de uno recurría a pensar en la “Anthology of American Folk Music” de Harry Smith, en la escudería Digitalis Industries, en la new weird americana de Sunburned Man of the Hand, Jackie-O Motherfucker o No Neck Blues Band, en la idiosincrásica escena folk finlandesa, en la Velvet Underground de “The Black Angel’s Death Song” y “European Song”, en el último John Fahey, en Uton y hasta en el Bob Dylan más acústico (pasado por un buen baño de ácido) para tratar de ubicar un sonido que rebosaba los bordes de cualquier categoría estanca.En su tercer álbum como Ignatz, disco que -lo dicen las gentes de Kraak- cuenta una historia borrosa y ficticia sobre la muerte de los géneros musicales, Devens parece haber decidido alejarse de aquella suerte de folk de los Apalaches ahogado en remolinos de ambient-drone que poblaba sus primeros discos para abrazar con más fuerza que nunca la fe del blues. Lo de Ignatz es blues lo-fi y cósmico, retrofuturista y fantasmal; nuevo y enrarezido blues del siglo XXI, atonal y repetitivo, que le debe tanto a ciertas estéticas experimentales contemporáneas como a aquella pena cantada que el pueblo afroamericano hizo expresión de su alma herida en los albores del siglo XX. Si en capítulos anteriores Ignatz parecía querer reconectar con el espítitu del más espartano y básico blues acústico del delta, en “III” también asoman la cara los fantasmas del blues eléctrico de Detroit o Chicago en cortes como “The Water” o “Dead by Noon” (su parte final), canciones más crudas y elementales, saturadas de reverb, en las que la voz -siempre corrupta, sugiriendo ser reflejo de un alma enajenada y doliente- adquiere un protagonismo mayor que no siempre se agradece.La tormentosa “Eager, Eyed (BBE52080004)”, interludio instrumental de poco más de un minuto y medio de duración; el órgano litúrgico y las guitarras desafinadas y chirriantes de “The Trail” (uno se la imagina en la voz de la gran Nico y ve llegar escalofríos a instalarse en su espalda); “Two Nights & a Day”, con sus trenzas de percusiones y guitarras -piensen en el solo del “Eight Miles Hight” de The Byrds- corriendo detrás de los fantasmas del ragga indio; el drone-folk turbio a lo Zelienople de “Gone”, o la voz alucinada y angustiosa de “Dead By Noon”, recordando por momentos al inimitable Jandek, quedan como algunos de los más brillantes momentos de un álbum que nos muestra a un Ignatz siempre personal e interesante que sin embargo parece haberse dejado en el camino parte de los matices que hacían de su música una experiencia del todo intoxicante. Luis M. Rguez.

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