II : MMX II : MMX

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Clubroot ClubrootII : MMX

9 / 10

Clubroot  II : MMX

LO DUBS

Primero llegó “Untrue” (2007), y el impacto fue tan intenso, tan transformador de cuerpo y espíritu, que durante doce largos meses no ocurrió absolutamente nada. La música en global se quedó petrificada por la sorpresa y la admiración. El segundo disco de Burial era diferente a todo –en la manipulación expresiva de las voces, en la cadencia de los ritmos, en el temblor al que inducían sus texturas de melancolía post-rave–, tanto que se intuía que tenía que influenciar de alguna forma al mundo de la producción electrónica –y acaso al del pop– pero sin anticipar cuándo, de qué manera. Era tan sencillo como que esa revolución necesitaba un tiempo para asentarse en los corazones de la gente para finalmente germinar en una semilla creativa. El destilado de garage y dubstep con el toque de los ángeles de Burial no era una fórmula de éxito fácil de deglutir y escupir como podía ocurrir, por ejemplo, con un single de Lady Gaga. Asimilar esto llevaba un tiempo, y el tiempo pasó, y durante 2008 apenas sucedió nada hasta que ya llegando hacia el final del año –y principios del siguiente– las primeras influencias de Burial empezaron a localizarse en vinilos de Pangaea, Phaeleh o Pariah. Y luego llegó Clubroot, sin previo aviso.

Por tanto, con Clubroot había dos posibilidades: o que te cayera profundamente mal por apuntarse sin reparos a la “estética Burial” o, por el contrario, pedirle su dirección para enviarle un ramo de flores de vez en cuando a casa. “Clubroot” (Lo Dubs, 2009) era como el disco de Burial –continuista, para precisar más– que William Bevan lleva casi tres años madurando en su leonera, y cuando uno es yonqui ya se sabe: si no te proporcionan lo que tu organismo necesita en los lugares de siempre, te lo buscas por otro lado. En todo caso, vaya por delante que Clubroot nunca nos pareció un imitador obsceno, sino un admirador profundo del sonido de aquel Burial –también el del primer disco, sin apenas voces y con un tono incluso más derrotista, más de noche cerrada y sin satisfacción, más de párpados cayendo a plomo– que había redefinido la duermevela, el dolor de alma y la cultura post-rave. Que admira mucho su trabajo lo demuestra cómo no se esconde en ningún caso: quería ser Burial para tiempos de carestía de Burial. Alguien tenía que hacerlo.

Y estamos en 2010 y seguimos sin Burial –salvando el entremés interruptus de aquel “Fostercare”–, pero volvemos a tener una nueva ración de Dan Richmond tal como le queremos: crepuscular, expansivo, emocionante hasta un punto casi caricaturesco, como si le hubiéramos pedido ser así por encargo. No se esconde ninguna retórica más en su segundo álbum: el título va al grano – “II : MMX”; segunda entrega y consignando el año en números romanos, que queda más solemne–, y la portada también. La portada habla de naturaleza romántica, tormenta emocional sin tregua, lluvia en la cara, melena al viento, de una lucha desigual con el universo. Épica, sí. Una épica que no hay en Burial, porque Clubroot por fin ha encontrado su lugar: ser la versión manierista de su modelo, engrandecida, exagerada sin perder ni la identidad ni las formas ni el rumbo. Por eso él suena más fibroso, con el sonido más subido de decibelios, más hinchado en las atmósferas hasta el punto de que no acaricia, sino que envuelve de manera pesada, como cuando el mar te rodea y te presiona en el momento en que buceas. Si Burial es el líquido fino y frío de la escarcha, Clubroot es la masa de agua salvaje del mar o una lluvia torrencial que cala los huesos. Él quiere crear una cúpula de aislamiento alrededor del oyente e invadirle los sentidos presionando los focos de percepción al límite. Es, si seguimos el ejemplo del yonqui, cambiar de dealer, irse a por el que ofrece el material más fuerte –y no necesariamente el mejor o más sano–.

“II : MMX” implica otro cambio con respecto al álbum precedente: aquí se acentúa un factor que distingue a Burial de Clubroot, que es el de la psicodelia rave. Si en Burial hay citas sutiles a músicos como Todd Edwards u Omni Trio, en Clubroot las hay a aquel house envolvente y de costa oceánica que a mediados de los 90 definió la versión radiante de la música de baile, aquella que parecía brillar con una intensidad pálida, la que parecía reproducir la punta de percepción extra que implicaba el consumo de éxtasis. Si a alguien no le suenan nombres como Rabbit In The Moon –la ciberdelia perdida de Miami– o Scott Hardkiss (alias God Within), que empiece a buscar los discos, porque la manera en que los sintetizadores se desprenden en cascada en la apertura de “Orbiting” o en “Toe To Toe” describe la experiencia de estar fuera de la propia piel con la que los citados Rabbit In The Moon titularon aquel legendario “Out Of Body Experience”, disco machacado por Sasha en la época dorada del ambient house. Porque si aquellos DJs progresivos pincharan hoy dubstep, Clubroot sería su productor de cabecera: por tener, tiene algunos elementos feos –notas de ocarina– y concesiones populistas como lo que parece ser un sample de la banda sonora de “Gladiator” en “Sjambok” –también escuchamos la voz de Lisa Gerrard utilizada en “Waterways”–. Pero estos instantes casi new age no desmerecen el conjunto: “II : MMX” es un disco de una intensidad inusual, que hay que escuchar a oscuras, con cascos, a un volumen demencial, porque sólo así entrará por donde debe: no por los oídos, sino por cada poro de la piel. A Clubroot hay que juzgarle sólo por si consigue su objetivo o fracas, y sí, este disco triunfa, cala hondo, traspasa el cuerpo, consigue esa sensación deseada de proyección metafísica hacia el infinito. Había unas expectativas, y las ha cumplido –ojo al inapelable tramo final: “Dust Storm”, “Closure”, “Cherubs Cry”– con creces.

Javier Blánquez

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