Hymnal Hymnal

Álbumes

Benoît Pioulard Benoît PioulardHymnal

7.8 / 10

Buscar inspiración buceando a pulmón hacia adentro u observar con ojos curiosos aquello que queda más allá de nosotros, en las afueras de uno mismo. Crear con la mirada puesta en el ahora o volver la vista atrás para evocar modismos propios de otro lugar y de un tiempo ya pasado, rescatando a media voz imágenes envejecidas, transformadas por el uso. Perseguir la redondez de esa obra de arte menor llamada canción, la perfección y pureza de sus líneas, la inmediatez en el contagio de su caudal melódico, o enfrascarse en lo contrario, en desleír sus partes, difuminar los bordes de cada instrumento, disolver sus formas hasta dar con algo menos fácilmente asible. Proceder en uno u otro sentido es una simple cuestión de enfoque, aunque siempre hay quien prefiere no tener que elegir, existir en la indefinición, siempre a medio camino entre dos puntos.

Thomas Meluch lleva ya más de una década buscando su lugar entre tanta disyuntiva como Benoît Pioulard, un proyecto empeñado desde siempre en difuminar las lindes de su sonido y de sus referencias estéticas. Alternando entre la miniatura instrumental y la canción estructurada a la manera tradicional, vistiendo esqueletos de folk escritos con guitarra acústica a base de percusiones caseras, sonidos encontrados, grabaciones de campo, telones de drone ambiental, cuerdas prestadas y detalles de electrónica crujiente, Pioulard había firmado hasta la fecha cuatro álbumes sugerentes, cargados de una adictiva forma de nostalgia de halo romántico, de una delicadeza que en ocasiones resultaba hasta incómoda. Pero a pesar de su indudable atractivo, sus primeros trabajos a menudo se percibían deshilvanados, demasiado frágiles y dispersos, como si fueran colecciones desunidas de ideas cazadas al vuelo, instantáneas capturadas en cinta, con los medios disponibles en cada momento, entre las que no parecía existir ningún tipo de narrativa interna o ligazón. Esa sensación, que comenzó a disolverse con “Lasted” (Kranky, 2009), un disco mejor cocinado, desaparece completamente tras escuchar “Hymnal”, el trabajo más cohesionado de Pioulard hasta la fecha.

Con el paso del tiempo el norteamericano ha ido depurando su fórmula, solidificando sus ideas en un discurso más unitario que se beneficia de una mayor concreción a nivel sonoro. Sigue estando ahí la escarcha ambiental, los quebradizos remansos instrumentales, las grabaciones de campo aportando grano y siseo lo-fi desde el fondo de la mezcla, ese reverb que lo envuelve todo en una especie de vaho húmedo, haciendo que suene lejano, como llegado desde una suerte de limbo de situación temporal incierta. Pero el sonido es más corpóreo, hace gala de una mayor profundidad espacial, aparece delineado y expuesto con una mayor determinación. La contribución de Felix a las cuerdas y Kyle Bobby Dunn a las guitarras puede haber tenido algo que ver.

A la mayor sensación de cohesión contribuye también el hecho de que todas las canciones tengan esta vez un punto de partida común: grabado durante un año de estancia en el sureste de Inglaterra y en distintos lugares de la Europa continental, Pioulard se inspiró en la iconografía religiosa católica, en su historia social, sus ritos y sus templos, preocupándose especialmente de reflexionar sobre las maneras en que la fe, enmarcada en un contexto de tradición ritual y comunión colectiva, ofrece consuelo y una sensación de pertenencia a sus fieles. Esa inspiración se manifiesta, sin embargo, de forma sutil, casi subliminal.

Canciones como “Hawkeye” (un número folk-pop de sonido apagado y armonía voluble, con ciertos ecos a los Sebadoh más acústicos, pero también a balada de los años cincuenta; una combinación que transmite cierta inquietud), “Reliquary” (de humor más grave y evocador, de un aire más europeo, suena como un encuentro entre Pearls Before Swine, Elliot Smith y Matt Elliott destinado a formar parte de la banda sonora de alguna vieja película de culto, aunque a nivel lírico incluya algunas de las imágenes más explícitamente religiosas del disco), “Excave” (psych-folk de melodía sinuosa y suave, soleado y florido, enrarecido a base de percusiones mecánicas) o “Margin” (uno de los momentos más extrovertidos del álbum, enfrentando imágenes de inevitable hastío por la rutina mundana y brotes de imaginación escapista) son algunas de las mejor formadas en toda la discografía Pioulard. Y esa nueva finura e intensidad se deja sentir también en las piezas más puramente ambientales, especialmente en “Gospel”, un número bisagra en clave drone, colocado estratégicamente en mitad del disco, que nos invita a flotar durante más de seis minutos sobre la cola de un cometa de luz blanca, irradiador de una serenidad imponente, de una calidez amniótica. La canción huele a eternidad, a una existencia fuera del tiempo, y magnifica lo ya expuesto en “Plays Thelma”, el último trabajo de Pioulard en Desire Path, de corte enteramente ambiental.

Benoît Pioulard ha ganado en naturalidad e inmediatez, pero también en refinamiento. Ha logrado un mejor equilibrio entre ingredientes para su alquimia, consiguiendo sonar de una forma más relajada, como si ahora se sintiera más seguro de sí mismo, más dueño de sus emociones, de su caligrafía y su voz. Habrá quien eche de menos la delicada y quebradiza belleza de algunos de los mejores momentos de su discografía previa, pero “Hymnal” desprende un aire de consolidación, nos devuelve el reflejo del Pioulard más vital.

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