Hundred Waters Hundred Waters

Álbumes

Hundred Waters Hundred WatersHundred Waters

7.8 / 10

El quinteto de Florida compone, retoca y graba sus temas en absoluta colaboración, lo curioso es que para hacerlo no tienen que concertar citas entre semana ni enviarse pesados archivos por e-mail. Cuatro de ellos viven bajo el mismo techo y cuando quieren discutir o probar algo basta con bajar al salón o quedar en la terraza para testar resultados. La música es un inquilino más del lugar que habitan, el inquilino esencial, y las habitaciones de los miembros del grupo podrían imaginarse como compartimentos estancos de una gran mente creadora. Es un modus operandi cuanto menos curioso pero que no debería extrañar a nadie tras escuchar las canciones de su debut. Parecen salidas literalmente de una casa encantada.

El resto de la biografía de Hundred Waters tampoco es que difiera en exceso de las de muchos otros: chico conoce a chica, se enamoran y acaban reformulando el grupo –Levek– que él tenía junto a sus colegas de instituto. Sin embargo, durante la escucha de este su primer álbum será difícil desprenderse de la sensación de estar ante una banda extremadamente singular. En concreto, llama la atención la sensibilidad con que tratan el sonido, pues en vez de limitarse a hacerlo encajar en una serie de moldes/canciones, lo entienden como una sustancia amniótica por la que soltar a flote elementos e ideas. La música funciona como un ente vivo y parece bañada por algún tipo de materia que cuesta aprehender a la primera. Más que orgánico, es algo realmente mágico.

La impresionante técnica permanece siempre en primer plano y, de fondo, el tapiz responde a un paisaje de amplios horizontes que podría ser ese difuso amanecer propuesto desde la portada o cualquier otra vista magna de la madre naturaleza. Las composiciones echan raíces y florecen como si se tratara de plantas, situándonos dentro de cuevas minerales ( “Caverns”), bajo auroras multicolor ( “Boreal”) o a los pies de árboles de fábula ( “Wonderbloom”). Todas están construidas a partir de robustos cimientos románticos –sin ir más lejos, abren con un texto de Shelley titulado “Sonnet”–, pero lo reseñable es que estos no se utilizan como meros recursos new age sino como suplementos de una ligera y nada típica poética que les hace sonar tan complejos como contenidos, tan reflexivos como poco pretenciosos.

Gran parte del embrujo lo aporta por igual la abrumadora personalidad con que habitan los espacios construidos, recreando atmósferas de una alta capacidad evocadora y utilizando el pop como salida únicamente cuando es inevitable. La mayor parte del tiempo las dúctiles estructuras son mecidas por una prístina electrónica, contaminada de folk inglés y jazz silvestre. Son estilos que engarzan con una destreza pasmosa y que les permiten recordar a grupos a los que pocos osarían parecerse. No se sorprendan al imaginarse híbridos imposibles entre Joni Mitchell y Four Tet, o si les vienen a la cabeza nombres como Psapp ( “Wonderboom”, “· · · — — — · · ·”) o Björk, porque ya quisiera “Biophilia” contar con temas como “Caverns”. Su sofisticada autoexigencia les ha llevado a entregar un primer disco colosal y libre que les muestra preparados para plantearse tutear a referentes de ese calibre.

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