Humbug Humbug

Álbumes

Arctic Monkeys Arctic MonkeysHumbug

7.1 / 10

Arctic Monkeys  Humbug

DOMINO / PIAS SPAIN

La adolescencia, nos guste o no, es corta. Dura lo que una descarga eléctrica. Para los Arctic Monkeys, con dos discos basta. A la tercera, va la madura. Los Monos Árticos se han convertido en los “Monos Árticos de la Edad de Piedra” (traducción de lo que vendría a ser una invención llamada “Arctic Monkeys of the Stone Age”) para presentarnos su tercer disco, “Humbug”, marcadísimo por la influencia del productor Josh Homme, guitarrista y vocalista de Queens of the Stone Age y la propia voluntad de la banda de seguir creciendo y buscándose a sí mismos. Lo bueno de todo este giro está en que Arctic Monkeys siguen demostrando que saben muy bien lo que hacen, que tienen talento y recursos para muchos años y que su techo es difícil de atisbar desde aquí abajo. Lo malo, que echamos de menos aquella urgencia acelerada, agresiva y provocadora que les hacía tan genuinos. Pero también a veces, cuando miramos el buche que rodea nuestro ombligo o las responsabilidades que llenan nuestra agenda, añoramos la pubertad. Lo dicho, no hay vuelta atrás.

Desmarcada del frenesí cardíaco y rompepistas de sus dos primeros discos, “Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not” (2006) y “Favourite Worst Nightmare” (2007), la banda nos muestra su lado más oscuro hasta la fecha, lento y complejo, tanto musical como líricamente, como si se pudiera ya empezar a plasmar, con sólo 23 añitos –edad del cantante y alma del grupo Alex Turner–, la resaca de un breve periodo juvenil de excesos. Pues sí, se puede. Cada vez suenan menos a otros referentes directos como Buzzcocks o The Libertines. Muy probablemente, a Turner le ha dado mucho que pensar su otro y verdadero proyecto (excelente y complejo además), el que llevó a cabo junto a Miles Kane, cantante de The Rascals (cuyo sonido también se asoma en “Humbug”), que recibió el nombre de The Last Shadow Puppets y que dio a luz el disco “ The Age Of The Understatement”. Cierto es que ya en “Favourite Worst Nightmare” se apuntaba un camino de más oscuridad y matices, pero los Monkeys han pasado de aquellas salpicaduras a una atmósfera y un sonido totalmente nuevo. El arriesgado y radical cambio de este grupo que en su día revolucionó el panorama musical colándose por todas las rendijas de internet no les sienta nada mal en general, sobre todo porque no pierden su identidad, no suena –demasiado– forzado. Excepto, eso sí, en algunos tramos del disco en que el homenaje a los Q.O.T.S.A. resulta demasiado evidente.

Empieza el disco con la contundencia sugerente de “My Propeller”, una hélice en la que invitan a subirse para “hacer tu descenso, lentamente”. Así será. Tanto la entrada de la batería como los constantes cambios de ritmo o los coros de fondo suponen ya una carta de presentación hacia ese sonido más stoner rock, más americanizado en comparación con su antigua y genuina identidad british. Pero resulta agradablemente abrupta la interrupción que supone en esa línea “Crying Lightning”, segundo tema del álbum, primer single y tal vez la canción más emotiva (¿la mejor?) que jamás hayan compuesto. Con un bajo distorsionado y musculado como protagonista desde el inicio, la canción tiene una atmósfera y un tono coherente con el disco, pero sin caer en un sonido excesivamente Q.O.T.S.A. Algo que sí sucede, de modo incluso lamentable, en “Dangerous Animals”, cuyo inicio invita ya, por obvio, a pasar de pista.

Lo arreglan, de nuevo, con la cuarta y fabulosa “Secret Door”, en la que sorprende la alternancia entre una bonita balada y una marcha incluso épica. Más balada todavía es la brisa de “Cornerstone”, que acaba con toda una declaración de intenciones: “llámame de la manera que quieras”. El disco prosigue en esa búsqueda a medio camino entre unas melodías que se mantienen muy brit –el disco se grabó en Estados Unidos– y la atmósfera Q.O.T.S.A. La dicotomía va a tener su punto máximo en la bipolar –incluso tri o tetrapolar “Pretty Visitors”. Aunque empieza con órgano, la canción recupera (¡al fin!) el frenesí propio de Arctic Monkeys, incluso con un poco de flow (¿no recuerda en ciertos momentos la voz ácida y provocativa de Turner a la de Eminem?). Pero de nuevo un cambio de ritmo, unas baterías de lo más stoner, unos coros de ultratumba y ese organo que reaparece. Todo muy fúnebre. O muy baibable. O bailemos sobre nuestras tumbas.

Germán Aranda

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar