Honey Moon Honey Moon

Álbumes

The Handsome Family The Handsome FamilyHoney Moon

8 / 10

The Handsome Family Honey Moon LOOSE MUSIC / LOCOMOTIVE

Lo de Brett y Rennie no es otra típica historia de amor americano, esto es, chico conoce chica, se enamoran y acaban casándose en Las Vegas o, en su defecto, Atlantic City. Lo suyo toma el desvío de, tras cuatro años felizmente casados, “montan banda de siniestro alt country especialista en murder ballads”, y, en el 20 aniversario de su probablemente particular boda, se regalan una luna de miel formato vinilo de doce clásicos de americana gótica. Porque eso es “Honey Moon”, el octavo álbum de los Sparks, un puñado de hits oscuros, a ratos épicos (una épica de taberna y silbidos, “The Loneliness of Magnets”), eternamente enamorados (a su adorable manera, como el charco de las hojas que caen del árbol, o la maravillosa “Linger, Let Me Linger”, muy Divine Comedy y, por lo tanto, muy Scott Walker) y hasta en plan guiños al maestro (uno de ellos): “Little Sparrows” toma el pulso al celebérrimo dueto entre Gram Parsons y Emmylou Harris, eso sí, a lo tremendo.

Las letras, pura literatura lynchiana (cartas de amor en la carretera, mujeres que lloran al teléfono) corren a cargo de Rennie, la chica, que se ocupa además del bajo, y la música, además de guitarras y teclado, es cosa de Brett, que le pone voz, cavernosa y temible. No, las comparaciones con Nick Cave no son gratuitas. Tampoco lo son las que ponen a la familia feliz en la pista de lo último de Mark Lanegan e Isobel Campbell, aunque lo suyo sea un juego de niños comparado con lo que consiguen los Sparks. ¿Y qué consiguen? Servirte un apetecible chocolate caliente y prometerte que no todo irá bien (¿acaso puede haber una canción más acogedora que “Darling, My Darling”?), prestarte su mejor sombrero para una ocasión especial ( “The Winding Corn Maze”) y, por supuesto, parar el coche en la cuneta y recogerte en un día soleado y terrible (hay quien podría ver incluso a un Chris Isaak metido a country boy en la roadie “A Thousand Diamond Rings”). Es decir, domesticar un género (la balada maldita), al que siempre le han sobrado tópicos (y sórdidos moteles).

Laura Fernández

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