High Violet High Violet

Álbumes

The National The NationalHigh Violet

9.3 / 10

The National  High Violet

4AD

Hace unos meses pasaron por televisión un revelador documental. En él se explicaba cómo el enfriamiento de la Tierra le acaba perjudicando tanto o más que el calentamiento global, repercutiendo con la misma peligrosidad aunque menor ruido mediático en los efectos del cambio climático. De ahí que las caóticas jornadas en que se suspende el tráfico de aviones –como las inmediatamente posteriores al 11 de septiembre o las de la reciente catástrofe aérea internacional–, sean todo un respiro para la salud del globo, aliviándole y permitiéndole tomar aire en cuanto deja de encapotarle la polución. El caso del Eyjafjallajokull ha resultado ciertamente paradójico, ya que lo que provocó que el blanco cielo pudiera tomarse un respiro fue precisamente una enorme columna de humo negro. Trasladándonos a las alturas que nos ocupan, sirva esta introducción para comparar al volcán islandés con “High Violet”, una manifestación de bravura del mismo calibre. Un disco (el quinto ya de The National) que eclipsa las inmaculadas esferas del rock como una negra lengua de lava.

La analogía puede seguir estirándose porque lo primero que llama la atención en este flamante trabajo es el sonido saturadísimo de la inicial “ Terrible Love”, una nebulosa tormenta que irradia luz cegadora. La canción reproduce exactamente el sonido a “alquitrán caliente” que la banda se propuso plasmar para este álbum y, sí, sorprende que abran con ella (es su tema de apariencia más oscura hasta la fecha) pero también se agradece su consejo. Es la encargada de advertirnos que la senda será escarpada y pedregosa. Da igual. Debemos estar dispuestos a todo y entender que toda la negrura vendrá de la mano de una belleza casi sagrada. De hecho, el impacto no es inesperado como el del Eyjafjallajokull. “High Violet” –ya el título suena a delicatessen– era uno de los lanzamientos gordos de la temporada y el trabajo con el que The National debían demostrar dos cosas: una, si sucumbían a la comercialidad; y otra, si lograban superar ilustres cimas como “Alligator” (2005) y “Boxer” (2007). Hoy ya podemos decir que es imposible desligarlo de aquellos recuerdos y que, juntas, las tres obras maestras del grupo dan forma a un corpus de banda de rock de tan cabal magnitud como tenemos pocas. Más frontal y perverso que “Boxer” –mi top 1 de aquel ejercicio–, ésta completa a todas sus entregas anteriores convirtiéndose en la verdaderamente importante de la carrera de la banda.

Las letras, vayan haciéndose a la idea, son un infierno. Pena infinita y tristeza absoluta (también esperanza) acerca de: la desconfianza en el amor, la responsabilidad hacia los tuyos y la valentía a la hora de encarar la distancia que comportan las huidas. El desarraigo hacia la querida Cincinatti de la formación (“ Bloodbuzz Ohio”, “ England”) o la reciente paternidad del cantante Matt Berninger –resuelta en temas como “ Afraid Of Everyone” y “ Conversation 16”–, empapan versos de una desasosegante poesía preñada de fuego destructor. Entre ellas, hogueras que se prenden sólo para ver lo que consiguen matar o cabezas dentro del horno como las que quemaron The Antlers en “Hospice”. La gracia está en que resulta morboso y nada difícil identificarse con las mismas, ya sea con lo que cuentan, con cómo lo cuentan o con cómo lo canta un sobrio Matt Berninger a quien es un placer escuchar.

Con todo, lo que hace de “High Violet” un deleite y lo que acaba evitando que nos cortemos las venas es su gallardía instrumental. Han alcanzado la mejor imaginable. Sin mirar a nadie por encima del hombro y sabiendo tutear a compañeros como Arcade Fire, Interpol o Coldplay, los dandys de Brooklyn tienen muy claro hacia dónde van. Asimismo, saben de quién rodearse para lograrlo: Peter Katis de nuevo en la mesa (productor de “Turn On The Bright Lights”, no lo olviden), un Sufjan Stevens indispensable a la hora de desenredar los entresijos de “ Afraid Of Everyone”, Richie Reed Parry (Arcade Fire) convertido casi en un miembro fijo de la banda y un Justin Vernon ( Bon Iver) encargado de despedir con sus armonías la apoteósica “ Vanderlyle Crybaby Geeks”. Aunque las celebridades no se intuyan en exceso, la suma total es desmesurada. Suena a tópico, pero de la mano de todo ese equipo nada falta ni nada sobra. Todos los temas son apoteósicos, uno tras otro, y se hace imposible elegir con cuál quedarse. Cada día uno es el favorito: ahora mismo, según escribo, el premio es para “ Conversation 16” y su letra tan espeluznante como hermosa: “ I was afraid / I’d eat your brains / Cause I’m eeeevil”.

Sin embargo ayer fue la aterciopelada “ Runaway”, con su discurrir grave y flotante de pesada cortina, y el domingo esa desquiciante “ Lemonworld” inspirada en Grey Gardens. El gozo es continuo. Aristócrata y maduro, “High Violet” tiene el mismo flow que aquellos grandes discos de salón de finales de los noventa que ya casi hemos olvidado: los de Tindersticks en concreto, los de American Music Club o sus maestros Red House Painters; incluso los de unos Lambchop con quienes comparten el mismo grado de suntuosidad. Siguiendo su estela, The National no despiden sino elegancia y distinción, un saber estar y una apostura que encandilan a la primera. Lo mejor es que, sin escudarse en el impresionante cuerpo de su sonido ni en la brutalidad de las letras, el peldaño que les hace escalar hacia lo sublime se lo reservan para detalles como los fantasmagóricos coros o las solitarias trompetas. Prestando tanta atención a los pronunciados como a los diminutos trazos de su mullida orografía, perfilando metales, vientos y cuerdas como si los tallara en relieve, “High Violet” prioriza más que nunca la estilización de unos arreglos que siguen sepultados en el fondo de las canciones pero que son profusos como nunca. Por eso, frente al relamido “Boxer”, esto suena como un destructor alud de nuevas texturas. Su imborrable y preciosa caligrafía atrapa con el hechizo reservado únicamente a la alta literatura. Y eso no tiene otro nombre que el de triunfo absoluto.

Cristian Rodríguez

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