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7.4 / 10

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Tercera entrega de los ex compañeros de banda de Justin Vernon (más conocido como Bon Iver), Megafaun (antes DeYarmond Edison), un trío de Carolina del Norte que haría revolverse al mismísimo Gram Parsons en su tumba (no lo esconden, los hermanos Cook, Brad y Phil, y Joe Westerlund, son fans hasta la médula del tipo que conquistó a Emmylou Harris y firmó al menos uno de los hitos del country de todos los tiempos, el fabuloso “GP”). ¿Por qué? Porque su alt-country marciano (son adictos a la improvisación y de ella surgen joyas instrumentales de cerca de 13 minutos como “Comprovisation For Connor Pass”, una tormentosa y, a ratos, tremendamente delicada jam session que se retuerce hasta el último segundo) bebe mucho de lo que dejó a deber Parsons, pero también de otros tipos (tipos como Crosby, Stills & Nash o sus colegas Akron/Family) y el resultado es, sí, marciano. En el mini álbum que nos ocupa, “Heretofore” (corto, apenas 34 minutos, pero intenso), vuelven a explorar esos terrenos pantanosos del free folk, de las raíces ácidas, de la incómoda weird America, gustándose en las partes instrumentales (lo instrumental, en la música folk, sigue siendo el bicho raro, por mucho que M. Ward se empeñe en regar sus discos con pequeños homenajes a J.S. Bach) y convirtiendo los ruidos de ambiente (el crujido de una silla, una cuerda que se tensa más de la cuenta) en arranques de temas como “Eagle”, que a todas luces parece sacado de una versión bizarra del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles.

Grabado en una semana, probablemente en habitaciones de motel y la parte trasera de su furgoneta (lo grabaron en plena gira), pues el anterior (el sorprendente y casi psicodélico “Gather, Form And Fly”) fue registrado en cocinas y estudios de yoga, “Heretofore” es, como sus precedentes, un desvío en la ruta que el country folk marca a sus chicos. Vuelven las armonías vocales ( “Carolina Days”) y las interferencias (el tema que da nombre al álbum es, sin duda, el mejor ejemplo de la marca Megafaun: construcciones sonoras perfectas, tono agridulce, lo-fi barbudo de raíz tabernera). Vuelven los chicos adorables ( “Volunteers”) y las canciones simplemente bonitas sobre chicas bonitas que acaban torciéndose ( “Bonnie’s Song).

En definitiva, que la entrega de este año de la banda (desde que debutaron en 2008 tras la marcha de Vernon han editado un disco por año) vale la pena. Sobre todo para aquellos que echen de menos el folk que se aleja de la carretera y explora bosques y tabernas. No son Castanets (son buenos chicos, prefieren la luz de neón motelera, aunque sea cubierta de mosquitos, al giro siniestro de aquellos), pero hoy por hoy son una de las piezas clave de la nueva americana. Eso sí, para quienes busquen su mejor trabajo, nada como su primer disparo, “Bury The Square”, desde el título, toda una declaración de intenciones. Laura Fernández

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