Hello, Voyager Hello, Voyager

Álbumes

Evangelista EvangelistaHello, Voyager

8 / 10

CONSTELLATION / GREEN UFOSNada de buen rollo. Esa es la primera premisa que maneja Carla Bozulich. De sus canciones no se desprende un mínimo gesto de complicidad. Ni tan siquiera un guiño elitista a la conquista de snobs. La californiana explora todo su talento interpretativo desde la más absoluta radicalidad. Artista de interpretación agónica y brutal, con ella no hay medias tintas. Avisados están los valientes que se atrevan a iniciar un viaje en el que el peligro será una atracción constante y la pasión torturada el plato de cada día. La Bozulich, vestida de “Evangelista”, nos da su particular bienvenida: “Hello, Voyager”. Si les sobrecoge ese disfraz de CocoRosie gótica que luce en “Winds Of St. Anne” esperen a lidiar con el ahogo nihilista de “Smooth Jazz” (o cómo reavivar la ira descontrolada de la no wave neoyorquina), con la furiosa distorsión de “Truth Is Dark Like Outer Sea” (o la sensación de naufragar en un océano envenenado), con las figuras espectrales de “The Frozen Dress” (o cómo dejar que se te hiela la sangre) o con la diabólica suite que da nombre al disco; una de las piezas más duras que he escuchado en bastante tiempo. Supongo que hay que tener bastante talento para conseguir que el oxígeno a tu lado se vuelva un bien escaso cada vez que abres la boca. Pero hay otra Bozulich. Una señora igualmente imponente pero que sabe aplacar su furia y controlar el terror. Escuchen sin miedo “The Blue Room”. Un arpa, ligeros arreglos de cuerda y la voz siempre firme y severa de una mujer que cualquiera diría que está de vuelta de todo. No lo creo, aunque en los ochenta ya la vieron dinamitar la escena post-punk de Los Angeles o invocar el baile industrial. Ahora, en su madurez, se ha dedicado a explorar sus rincones oscuros y a encontrar rastros de belleza en la experiencia extrema. Pero “The Blue Room” alivia. Mientras te dejas mecer por su ronroneo de violines, los acordes de guitarra abren lo que es la gran ventana del disco, la que nos invita a contemplar un exuberante paisaje neoclásico con los bolsillos aún llenos de miedo. Entre la canción barroca y el ambiente versallesco, la Bozulich haría rabiar al mismísimo Rufus Wainwright. O al grandísimo Scott Walker. Es el momento brillante de un disco casi malvado. Les avisé que este viaje sería intenso y a veces hasta traumático, pero ¿de verdad les apetece coger el vuelo de vuelta? César Estabiel

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