Heligoland Heligoland

Álbumes

Massive Attack Massive AttackHeligoland

6.9 / 10

Massive Attack  Heligoland VIRGIN

Los años 90 podrían resumirse perfectamente en el tupé engrasado que lucía Shara Nelson en el videoclip de “Unfinished Sympahty”. Fueron tiempos dominados por la espada británica del trip-hop de Bristol: 3D, Daddy G y Mushroom –la primera formación de Massive Attack, hasta que Mushroom emigró– se cernieron sobre las colinas de la electrónica montados en un percherón napoléonico –catalejo hincado en la ceja, mano en la solapa y espirales de humo cannábico envolviéndoles la mirada– y durante unos años tuvieron a la vieja Europa escuchando atenta sus marchas fúnebres de dub, reggae y hip hop. Pero el siglo XXI ha sido una zorra despiadada con los paladines de la anterior centuria: los ha destripado y ha convertido sus otrora brillantes armaduras en harapos de pedigüeño. Ahhh, pero Mobb Deep tenían razón: sólo los más fuertes sobreviven. Portishead lo demostraron con el más que decente “Third” (2008) y Massive Attack dejaron muy claro con el EP de adelanto “Splitting The Atom” que todavía pueden darle un par de coces al ataúd antes de morir por asfixia en las profundidades del camposanto del trip hop.Se esperaba mucho de “Heligoland”. La incertidumbre acerca de su salida a la venta, el retorno de Daddy G y los rumores de que Massive Attack volvía a las tinieblas de “Mezzanine” avivaron el nerviosismo de los fans y los libelos británicos, armados con tenedor, cuchillo y servilleta ya en la pechera. Pero Massive Attack es un grupo que a estas alturas no está capacitado para dejar otra muesca en la historia de la música. El esfuerzo es encomiable y la ejecución del ejercicio prácticamente inmaculada. Robert del Naja y Grant Marshall son duchos orfebres de estudio, todavía tienen un don que ha permanecido intacto: una facilidad casi insultante para crear atmósferas. En esta tesitura, “Heligoland” es un álbum de texturas, de sensaciones. Exento de la sobreproducción de “100th Window”, el disco está diseñado como un impecable mecanismo de contención que sólo estalla en momentos de épica crepuscular –como las cuerdas, palmas y voz celestial de mi adorada Hope Sandoval en “Paradise Circus”– o en pasajes de emoción old school, como la maravillosa “Girl I Love You”, con Horace Andy desgajando unos versos de epidermis gallinácea sobre un bajo palpitante. La ya conocida “Splitting The Atom” es también otro de los grandes momentos del disco. Reptante, sensual, sólida, con esa base que huele tanto a Flying Lotus y los coros de un Andy inspiradísimo, cada vez estoy más convencido de que se trata de la piedra más preciosa en este renqueante joyero.Sin jugar en exceso la carta del factor sorpresa, 3D y Daddy G han dibujado en la arena una línea perfecta entre sueño y vigilia, sumiendo al oyente en un estado duermevela que nada tiene que ver con la embriaguez. Hasta ahí bien, el viaje abstrae e incluso hipnotiza, pero en ningún momento parece asomar por el quinto LP de estudio de los de Bristol el componente de perdurabilidad de sus obras primigenias. No hay suficientes explosiones. Cortes como “Pray For Rain”, con la voz de Tumbe Adebimpe de TV On The Radio y ralentí percusivo marca de la casa, o “Flat Of The Blade”, con Guy Garvey de Elbow, recuperan la neblina que recorría los Cárpatos de Bristol hace más de tres lustros, pero hoy en día con eso no basta. Los experimentos, el terreno donde quizás Del Naja y Marshall deberían mostrarse más acertados, se diluyen en la ortodoxia de una producción refinadísima, sí, pero sin sustancia. No entiendo lo de Damon Albarn en “Saturday Come Slow” –más efectiva que una sobredosis de Diazepam–; no entiendo la boutade de 3D con los sintetizadores en “Atlas Air”; no entiendo la folktrónica de bolsillo de “Rush Minute”; ¡no entiendo de ninguna de las formas por qué Martina Topley-Bird protagoniza dos anécdotas como “Babel” y “Psyche”! A riesgo de caer en la clásica rabieta nostálgica (empiezo a ser de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor por sistema), diré que Massive Attack siguen poseyendo una técnica depurada, siguen trazando bien los ángulos de su universo, pero, con el tiempo, han perdido algo por el camino. Algunos lo llaman alma. Otros, inspiración. Chispa. Me da igual. Lo impepinable es que ese “algo” es lo que hace que “Heligoland” se aleje de la atemporalidad prometida ( “Blue Lines”, “Protection” e incluso “Mezzanine” siguen quedando lejos) y se acerque más una simple colección de música –buena música, eso sí– para publicistas modernillos en busca del nuevo “¿te gusta conducir?”. Óscar Broc* Escúchalo en su myspace

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