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Álbumes

The Walkmen The WalkmenHeaven

8.2 / 10

Hasta “A Hundred Miles Off” (2006), disco del que no se sienten orgullosos pero también necesaria bisagra que les mostraría cual era el camino a seguir, The Walkmen entregaban obras bastante notables. Fue a partir de entonces cuando empezaron a escribirlas sólo magistrales. Y no han parado. Primero llegó You & Me (2008), donde las sublimes guitarras empezaron a adquirir ese característico repiqueteo de cristal, y luego la obra maestra Lisbon (2010), conquista absoluta de una nueva vida para el grupo, un disco bañado en poderosos resplandores sonoros y capaz de inundar con ellos vastos cielos. Hoy les toca demostrar que siguen ahí arriba y para cimentar dicha plenitud artística entregan un trabajo titulado nada menos que “Heaven”, un arduo y trascendental sexto álbum –si exceptuamos su disco-homenaje a Harry Nilsson– que les corona como reyes del rock sobrio de guitarras y que funciona como resumen perfecto de su carrera. Un catálogo tanto de virtudes como de defectos, una muestra de sus hallazgos pero también de sus lagunas a la hora de perseguir esa “melodramatic popular song” de la que tanto les gusta hablar. Para lo bueno y para lo malo, o los tomas ahora o los dejas definitivamente, mas es difícil que como grupo se planteen cambiar muchas cosas desde aquí.

La música de The Walkmen no es, nunca lo ha sido, particularmente fácil de digerir. Es aletargada y sombría, una especie de rock cansado que gana fuerzas para erguirse con una altura actoral que hace palidecer a millares de pseudo-aficionados a esta empresa. Por si alguien aún no se había dado cuenta, los Walkmen del último lustro quedan lejísimos de los Strokes con quienes tanto se les comparaba a principios de siglo. Mientras los jeans de los demás se retuercen bajo la cama, su traje pende bien almidonado del galán de noche con un estilo intransferible (presten atención a cómo se mueven sobre el escenario en su inminente concierto en San Miguel Primavera Sound), un estilo que busca otros horizontes y que propone limitar fronteras que se desdibujan con canciones hechas polvo. Aventurándose por locales abandonados por donde sólo deambula el fantasma de Ian Curtis, exhumando el legado de Sun Records, retorciendo géneros fuera de onda como el country y el calypso o buceando en la garganta de Rod Stewart, la mise en scéne de los Walkmen actuales es exquisita y reafirma que, como grupo, ellos siempre fueron otra cosa.

“Heaven” no es tan sónicamente inmaculado como “Lisbon”, pero no cabe duda que su rugosidad y su yerma apariencia son deliberadas. En la pecera encontramos al solicitadísimo Phil Ek, quien, en las antípodas del lustroso sonido con que barnizaba hace nada el Fear Fun de Father John Misty, ha rematado una austera producción que cede el absoluto protagonismo a la banda y a sus instrumentos. No hay salidas por vientos preciosistas como algunos habríamos podido presagiar a raíz de picos de “Lisbon” como “Stranded”. Tampoco hay brillos cegadores en exceso, sino que sólo se permite entrar la luz justa. Y es una luz diferente a aquella que bañaba “You & Me” con letanías plateadas y a la que el Sol reflejaba en los azulejos de Lisboa. Es una luz mate, que contrasta fuertemente los momentos más sombríos (cosas como “Southern Heart”, donde el dolor se exhibe más al descubierto que nunca: “Tell me again how you loved all the men you were after”) con los más vigorizantes, como por ejemplo “Nightingales”, donde parecen querer recuperar la fuerza huracanada de sus inicios.

Y entre ambos polos, entre el ensayo y el error, siempre con la verdad por montera, basculan todas las canciones, cayéndose y levantándose, cantando ahora desde la valentía y luego desde el descontento, impávidas o agresivas, como si fueran tentetiesos de esos que se levantan más rápidamente cuánto más fuerte es el golpe recibido. Los aullidos de Leithauser, que se deja jirones del pescuezo en cortes como “The Love You Love”, parecen no necesitar de letras para vehicular las emociones, como demuestran esos pasajes de “Nightingales”, “We Can’t Be Beat” o “Heaven” salvados con “oooh oooh ooohs”. Y cuando se apuesta por la poesía, la lírica suena llana y doliente, abollada y perezosa, jugando con el amor y sus circunstancias como si fuesen marionetas rota ( “The Witch”, “Love Is Luck”). Siempre desatando una impresionante capacidad expresiva si tenemos en cuenta lo espartanos que son los mimbres de los que surge. Así es el alma de The Walkmen: minimal en apariencia, grandiosa en esencia.

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