Heartland Heartland

Álbumes

Owen Pallett Owen PallettHeartland

9.1 / 10

Owen Pallett  Heartland DOMINO

Como diría Nabokov, “corremos el riesgo de perdernos lo mejor de la vida si no aprendemos a elevarnos un poco más de donde solemos permanecer”. Pues bien, saludando al maestro ruso, se podría decir que “Heartland” es uno de esos discos que ayudan a levitar, a hacer de nuestra existencia algo más bello y ligero. En cuanto entra en la tuya, enseguida se convierte en algo seductor, muy especial. Y lo hace a costa de la entrega total de un workaholic incorruptible que no entiende la vida sin el arte, sin su arte: un Owen Pallett para quien el trabajo es tanto satisfacción como exorcismo. Con treinta años y abultando su currículum a velocidad de vértigo, sin parar quieto ni un momento, desde 2006 ha formado parte fundamental de los equipos de Grizzly Bear, Great Lake Swimmers, Beirut, Last Shadow Puppets, Rumble Strips, Mountain Goats, Fucked Up, Mika y Pet Shop Boys, aportando siempre las cuerdas troncales de sus últimos álbumes respectivos.Recientemente escribía en su Twitter que acababa de completar “en diez días, el mejor disco en el que he tenido el placer de trabajar”. Puede deducirse que se refería al inminente nuevo opus de sus más estrechos colaboradores y compañeros de fatigas, Win & Régine de Arcade Fire, junto a quienes Pallett también firmó recientemente el score de la incomprendida mezcla de géneros postulada en “The Box” de Richard Kelly. Por esos derroteros y empapándose hasta el fondo de un lenguaje cinematográfico que le permita moverse con una soltura mayor que en los videojuegos –dicen que se ha cambiado el nombre de Final Fantasy porque estaban a punto de enjuiciarlo–, la música del canadiense parece abrazar ahora una panorámica en cinemascope que le llene de oxígeno y le haga desplegar todo su plumaje. Sin querer poner freno a la aventura imparable en que se ha convertido su vida artística, “Heartland” brilla como una obra cumbre, tan accesible como “Has A Good Home” (2005) pero menos ensortijada que el cerebral “He Poos Clouds” (2006). Es su trabajo más completo y el mejor escrito.Después de retrasar la fecha de lanzamiento varias veces y animado finalmente por los consejos de Van Dyke Parks, la fantasía final más libre, sensata y reflexiva de Pallett ha querido esperar a inaugurar la nueva década como un pórtico dorado. En “Heartland” se comenzó a trabajar a pleno rendimiento el pasado agosto y se le fue dando forma como sigue: primeros contactos en Islandia en los afamados Greenhouse Studios, luego grabación de cuerdas en Praga con cincuenta miembros de la Sinfónica Checa, y ya de vuelta en Norteamérica mezclas junto a Rusty Santos, el responsable del “Person Pitch” de Panda Bear. En total, nueve meses de tarea y un resultado compositivo que oscila entre los musicales, el pop de cámara, la folktrónica, el synth-pop de los setenta y el futurismo ruso. Asimismo, los coqueteos con la contemporánea apuntan a John Adams, Aaron Copland o Leonard Bernstein, y denotan un esfuerzo enfocado desde los preceptos de la música electrónica en el que las partes de la orquesta se programan como si se tratara de un sintetizador analógico. En palabras de su autor, “la sección de cuerdas puede funcionar como un generador de ruido blanco, los vientos repiquetear como en una mesa de ocho pistas, y los metales subir y bajar como filtrados en un enorme oscilador”. Dando las órdenes destaca su voz, grabada superlativamente como si hablara un idioma cautivador, arrojada por un serpenteante tobogán hacia las profundidades del corazón. Preciso y sugerentemente ambiguo, el resultado es apabullante, un choque frontal entre lo analógico y lo digital que lleva la polifonía hasta exquisitos niveles de saturación. Es así como el principito consigue, por ejemplo, que su querida “The Great Elsewhere” suene “como tres canciones de New Order tocadas a la vez”.El proyecto, que en un principio y no sin sentido del humor había declarado que versaría sobre “la nada”, se presenta finalmente convertido en una conceptual historia de amor. Allí donde “He Poos Clouds” trataba sobre la muerte, es éste un melodrama que narra la historia de amor de un granjero, Lewis, en las imaginarias tierras de Spectrum. Tomando su título de la palabra que se usa para referir el centro de poder de un estado colonizado, “Heartland” invade todos los horizontes que se propone como una estatua de chamber-pop que echase a caminar con la fuerza de un ser vivo. Las melodías se colocan en primer plano y con arreglos hermafroditas se van hinchando doce torch songs de las que alrededor de ocho o nueve son para no olvidar (una debilidad personal: “Lewis Takes Off His Shirt”, algo así como... ¿Michael Nyman meets Postal Service?). Valiente y delirante, sumido en una selva de sensaciones y sentimientos, es imposible no encariñarse con su ambición y su apostura. Es excesivo e impresionante, un territorio conquistado que se sitúa limítrofe con las fronteras del “Illinoise” de Sufjan Stevens y que, como aquel, rellena cada espacio del pentagrama sin dejar en blanco ni uno. Se va a hablar mucho de él, de su carácter de obra transversal y de ese aura de importancia que se autoconceden las distinguidas luminarias del pop sinfónico actual más liberado de ataduras. Porque cruzando pareceres con Beirut, Grizzly Bear, Nico Muhl y, St. Vincent o un Andrew Bird de quien parece el hermano descarriado, Owen se deifica aquí como uno de esos superdotados y jóvenes compositores que no tienen miedo en fundir épica y lírica, encaramándose sin dificultades a lo más alto de dicho pedestal. Cristian Rodríguez

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