Head First Head First

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Goldfrapp GoldfrappHead First

7.6 / 10

Goldfrapp  Head First

MUTEMe pagan por ser imparcial. Lo sé. Pero con Goldfrapp me es del todo imposible. Will Gregory y Alison Goldfrapp han formado parte de mi particular banda sonora de adolescente con momentos sublimes y algún que otro batacazo menor. Tirando de hemeroteca, se podría quedar la mar de bien escribiendo que “Seventh Tree” (Mute, 2008) fue un álbum sorprendente, como muchos críticos dejaron dicho en negro sobre blanco en su día. Pero no fue así. Goldfrapp, sin previo aviso, nos encasquetaron su álbum más orgánico tirando de clichés pseudo-folkies sin venir a cuento y retomando, parcialmente, la madurez sonora de su debut. Alison no podía ejercer de simpatizante de lo infantiloide a lo Teresa Rabal por mucho que se lo propusiera; lo suyo –si dejamos a un lado el inicial “Felt Mountain” (Mute, 2000)– siempre ha sido y será el enaltecimiento del glitter y los estribillos lascivamente abrasivos, como ya dejara suficientemente claro en los recodos electroclash de “Black Cherry” (Mute, 2003) y la siempre reivindicable pose glam de “Supernature” (Mute, 2005). Así que, ante el fracaso comercial de temas como “Happiness” o “A&E”, su discográfica les animó a que volvieran a sus raíces. Lo que nadie podía llegar a imaginarse hace unos meses es que “Head First” sería el sueño húmedo de la Olivia Newton John de “Xanadu” o la banda sonora perfecta de un hipotético remake de “Top Gun”. ¿Otros más que se apuntan al revival ochentero? Pues sí, aunque tarde o temprano estaban predestinados a ello. Goldfrapp han engrasado la maquinaria firmando su particular homenaje de una época cargada de one hit wonders synthpoperos y melodías insulsas a la vez que vitalistas que nos hace rememorar a los iconos malditos del Hi-Nrg. La sombra del commendatore Giorgio Moroder habita por buena parte de los nueve cortes que conforman este quinto álbum de estudio, evitándonos rellenos innecesarios o temas que caigan por su propio peso en poco más de media hora. Así que un servidor interpreta este “Head First” como un regalo para sus seguidores, aquellos que hace dos años perdieron –en parte– la fe en los británicos y ansiaban su vuelta a las fotogénicas luces de neón. A muchos se les llenará la boca afirmando que este álbum es un grito desesperado por adentrarse en las listas de éxitos. Para muestra, ese adelanto en forma de single, “Rocket” –coproducida por Richard X–, que aún tomando prestadas las bases sintéticas del “Jump” de Van Halen, seguro que habrá hecho las delicias de la Electric Light Orchestra con ese estribillo destinado a alegrarnos nuestra existencia noctámbula. Como viene siendo habitual en el universo goldfrappiano, ni con esas han calado en los charts de su Inglaterra natal. La banda ha gozado desde sus inicios de una legión incondicional de fans por medio mundo, pero nunca han conseguido el braguetazo mediático –salvo con “Ride A White Horse”, su único hit rentable hasta el momento–. Si con “Strict Machine” no lo lograron del todo, del mismo modo en que ocurre con “Rocket”, ¿es que están predestinados de por vida a ser una banda de culto? “Head First” no significa un giro sonoro sorprendente; el riesgo que ha caracterizado su carrera –acertadamente o no– brilla por su ausencia. Y es más, nos deja para la posteridad las letras más sencillas y menos inspiradas que han firmado hasta la fecha. Pero ese trío de ases que conforman la ya mencionada y demoledora “Rocket”, junto con “Believer” –que me hace rescatar el “Tango In The Night” de Fleetwood Mac– y la hedonista a la par que vulnerable “Alive” –un híbrido disco de Supertramp con el “It’s Still Rock’N’Roll To Me” de Billy Joel– forman la piedra angular, ideológicamente hablando, de este trabajo que no dejará indiferente a absolutamente nadie. De todos modos, ese espejismo momentáneo de la era “Supernature” que es “Shiny And Warm” –¿un spin off de “Satin Chic"?–, y la irresistible petardada ideada por Pascal Gabriel titulada “I Wanna Life” –¿acaso no les recuerda al “Gloria” de Laura Branigan?–, han conseguido alegrar mi existencia durante estos días imaginándome que vivía en un videoclip cargado de calentadores y simpatizantes de Eva Nasarre allá por donde iba. Will Gregory, a pesar de no dar la cara como Ben Langmaid –la mitad de La Roux–, es incuestionablemente la versión actualizada de Vince Clarke. Si la cabeza pensante de los primeros Depeche Mode halló en Alison Moyet y Andrew Bell sus aliados para alcanzar cuotas vocalmente emocionales en el terreno del pop mecanizado, Gregory durante una década ha hecho lo propio con ese animal escénico kitsch que representa Alison Goldfrapp. Obviamente –teniendo en cuenta el leit-motiv del largo que nos ocupa–, Alison no ha sido capaz de arrebatarnos el alma como antaño ni con el medio tiempo “Hunt” –emulando las andanzas de Imogen Heap–, ni con la propia “Head First” –pudiendo formar parte de la última etapa de ABBA–. Para ello tendremos que seguir rememorando “Horse Tears” o “Time Out From The World”. Pero en este álbum el protagonismo absoluto recae en esos mantos de sintetizadores retros y estribillos coreables que el tándem se ha sacado de la manga, siendo del todo fidedignos al sonido que proliferaba en las radios a mediados de los ochenta. Muchos afirmaran en breve que se trata del trabajo menos inspirado del dúo. Incluso me atrevería a pronosticar, yendo de Octavio Acebes por la vida, que la mismísima Pitchfork aprobará por los pelos el álbum recalcando que se han subido al carro ochentero –como tantos otros– sin aportar nada nuevo y destacando que el poderío de Alison no se encuentra en su mejor momento, por así decirlo. Pero un servidor, por el mero hecho de hacerme desempolvar de la videoteca un guilty pleasure visual como “Xanadu” y haberme alegrado las noches como hace unos años, se encuentra más que satisfecho de renovar su fanatismo con una de sus bandas fetiches por excelencia.

Sergio del Amo

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