Have One On Me Have One On Me

Álbumes

Joanna Newsom Joanna NewsomHave One On Me

8.8 / 10

Joanna Newsom  Have One On Me DRAG CITY / POPSTOCK!

Joanna Newsom quiso ser compositora prácticamente desde que era un bebé. Tenía cinco años cuando les pidió a sus padres un arpa. En el conservatorio se convertiría en la rarita de la clase, estirada, empollona y fascinada por los instrumentos clásicos y tradicionales que aburrían al resto de sus compañeros. Con 28 años, hoy se ha convertido en la cantautora más superdotada de su generación y, se podría añadir, también de las inmediatamente anteriores. Pero eso no ha podido con ella: sigue visitando a sus padres cada semana y no deja de sentirse una extraña cuando pisa una gran ciudad aunque modele para Armani. En el artwork de su nuevo disco se muestra como toda una mujerona lozana y desatada. Se le nota, en general, mucho más suelta ahora que sale con Andy Samberg que cuando estaba con Bill Callahan. Exclusiva y singular, pocas cantantes despiertan tal abanico de opiniones encontradas como ella. Y, por descontado, a ninguna le han dedicado un libro como Visions Of Joanna Newsom, algo casi inaudito para una artista de carrera tan joven. Ella inventa con sus canciones un mundo ideal, un mundo que no es real pero sí posible. Es el ejemplo intachable del momento, el más especial. Joanna es única.

La publicación de su tercer disco largo representa un caso paradigmático en muchos sentidos. Por un lado, ha sido este un álbum cuyo secreto ha permanecido celosamente guardado hasta la semana de su lanzamiento: desde Drag City han conseguido que no se filtrara a la red hasta cuatro días antes de su lanzamiento. Igualmente, es uno de los títulos más esperados del momento, la dilatada continuación de un “Ys” incomparable que nos enseñó a escuchar la música de otra forma y que en 2006 le convirtió en una diosa del folk a la que apenas nadie hace sombra. Además, hay otro debate que rodea a “Have One One Me”: si su autora ya despertaba no pocas reacciones controvertidas que la tachaban de pretenciosa y excesiva, el hecho de que estemos ante un álbum triple para arpa y piano convierte a la jugada en una carámbola sólo admisible para desfases como el “Orphans” de Tom Waits. A Joanna le da igual romper (de nuevo) con todas las barreras que cualquiera hubiera imaginado y, libérrima como ella sola, entrega un trabajo que supera las dos horas con la cabeza bien alta. Por eso diremos que si un ovni abstraído del espacio y el tiempo como “Ys” te dejaba con la sensación de no poder escuchar otra cosa después, la estela de este opus te arrastra consigo con la misma fuerza, llamándote a descansar íntimamente en su seno sin atender a relojes ni calendarios. Para algunos, “Have One On Me” resultará un suplicio o una posibilidad directamente descartada desde el principio, pero para aquellos que la adoramos es un trozo de cielo. Si nos entrega una joya así por lustro, será más que suficiente.

Dentro de sus titánicas dimensiones todo fluye como tocado por una varita mágica, perfectamente equilibrado entre el más convencional “The Milk-Eyed Mender” (2004) y las proporciones áureas que trazaba el grandilocuente “Ys”. Como a ella le gusta decir, todos sus discos están guiados por un elemento de la naturaleza y, frente a las canciones-río que representaban el agua en el anterior, este es el de la tierra. Formalmente es un trabajo menos complejo que su predecesor, con letras menos oblicuas que intentan olvidarse de alegorías, fábulas y metáforas varias, para ensalzar la candidez inherente al imaginario de su compositora, y que incorporan como obsesiones el amor en todas sus declinaciones y la familia, entendida ésta como hogar que nunca se deja atrás, como nostalgia (muy visible en “Occident”). Asimismo, la madurez y la transparencia en la instrumentación también resultan bastante evidentes y enseguida, superada una escucha inicial absolutamente abrumadora en la que es imposible aprehender casi nada, queda claro que la liga de Joanna es otra liga. La calidad que lucen todas las composiciones es tan notable que el repertorio parece un desafío llamado a calcular cuánta sensibilidad folk puede soportar el oyente. Tomen por ejemplo “Have One One Me”, la canción: imposible hacer oídos sordos a la riqueza que ahí se encierra. Y es que parece casi imposible pensar que esta mujer vaya a escribir algo mediocre alguna vez. Tal exquisitez podría resultar repelente por su tremenda pureza, cuando lo que incomoda no es más que el hecho de no estar acostumbrado a tal grado de inmaculada virginidad.

Grabado y arreglado en Tokio junto a su inseparable Ryan Francesconi y mezclado en parte por Jim O’Rourke, “Have One On Me” toma como hipotexto la portentosa “Colleen” para desarrollarse a la sombra del epé “Joanna Newsom And The Ys Street Band” (2007). En cuatro temas, la grácil sirena se enfrenta sola a su arpa de doce pedales, mientras que el piano predomina en otros tantos desplazando ahora los oídos hacia el empuje soulful de Laura Nyro y la gravedad de Judee Sill. Aún así, el instrumento destacado sigue siendo el de su voz, aquí menos trémula y más templada, trastocada aún por unos nódulos en las cuerdas vocales que le dejaron sin habla durante dos meses de 2008. La pureza vocal de Joni Mitchell también se deja ver, por ejemplo en ese orgasmo de cuerdas que invade “In California”. En ocasiones, despunta un aire marcadamente bluesy, en especial en la epifanía de la final “Does Not Suffice”, en la robustez de “Soft As Chalk” o en una guadianesca y sublime “Good Intentions Paving Company” en la que coros, cuerdas y vientos aparecen y desaparecen mágicamente. A lo largo de estas dos horas de aladas sinfonías suenan koras ( “Go Long”) y mandolinas ( “Ribbon Bows”), trazos del alma medieval de antaño ( “Kingfisher”) y vientos que parecen viajar hacia el Este ( “Baby Birch”), pero en general lo que predominan, más que miradas hacia los Apalaches, son pasos firmes hacia un opulento trono en el que en su día se sentara Kate Bush, cuya figura se invoca en todo su esplendor por encima de las evidentes conexiones estilísticas. Ante tal avalancha de genio, es difícil aventurarse a poner una nota concreta a esta obra maestra. Lo propio sería dejar a la puntuación expandirse y contraerse, como si se tratara del último aliento de una Molly Bloom encerrada en el último capítulo de este “Ulises” del folk que la señorita Joanna Newsom acaba de escribir.

Cristian Rodríguez

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